GDA , ROSANA DECIMA.1 noviembre

El aburrimiento, los nervios, la tristeza o el enojo a veces hacen correr a muchos a la cocina o al supermercado en busca de comida como un consuelo o silenciador de eso que está pasando y se quiere evitar. Es lo que se denomina hambre emocional que puede ser normal si es algo que sucede en casos puntuales o puede transformarse en un trastorno serio si se convierte en un hábito.

El hambre emocional “es un tipo de ansiedad que nos hace comer, no porque tengamos hambre sino por problemas o situaciones personales que no sabemos canalizar o gestionar. La comida termina siendo un vehículo para gestionar las emociones”, explicó a El País la licenciada en sicología Julia Alderette.

Si la conducta compulsiva de comer por dejarse llevar por las emociones se sostiene en el tiempo hay varias consecuencias posibles: sobrepeso, obesidad, posibilidad también de sufrir trastornos alimenticios como trastorno por atracón y bulimia, entre otros.

Hay que tener en cuenta, además, que en la mayoría de los casos, los alimentos preferidos de estas emociones no suelen ser justamente saludables: siempre se eligen opciones cargadas de azúcar, harina, preparaciones fritas o gaseosas.

Alderette, que trabaja como terapeuta en la Asociación de lucha contra Bulimia y Anorexia (Aluba) en Uruguay, dijo que es importante distinguir entre el hambre emocional y el real: el primero aparece de repente mientras que el otro lo hace de forma paulatina. Otra de las diferencias que se observan, detalló, es que “cuando hay hambre real luego de comer uno se siente bien, satisfecho; pero cuando el hambre es emocional luego de comer aparece culpa, vergüenza e insatisfacción”.

La sicóloga sostuvo que algunos posibles desencadenantes que llevan a que una persona coma de forma impulsiva y sin tener en cuenta las consecuencias pueden ser: soledad, tristeza, baja autoestima, inseguridades, aburrimiento, enojo, estrés, diferentes vivencias traumáticas, entre otros. También puede ocurrir que la persona asocie estados, emociones, vivencias confortables y placenteras con la comida.

Hay que estar alerta cuando el hecho de refugiarse en la comida pasa a convertirse en un hábito y en una conducta que se vuelve incontrolable: “En ese momento se comienza a depender totalmente de la comida para satisfacer las necesidades emocionales. La comida puede convertirse en un alivio temporal, momentáneo a un problema, sentimiento, emoción o vivencia mucho más profundo”.

Mindful eating

La sicóloga Margarita Ungo agregó que una de las consecuencias que trae el hambre emocional es que “cuando sistemáticamente usamos la comida u otra cosa para evitar sentir algo, vamos teniendo cada vez menos recursos para afrontar lo que de verdad nos está pasando, que puede ser que sea sentirnos solos, tristes, enojados. Entonces tapamos eso con la comida y nos volvemos menos hábiles para conectar con lo que de verdad nos está pasando”.

Ungo sostiene que, de esta manera, “nos volvemos menos capaces de ser resilientes frente a las adversidades de la vida. No entendemos bien lo que sentimos, no desarrollamos esa capacidad de autocontenernos de un modo virtuoso”.

Es una tendencia mundial aplicar técnicas del Mindfulness para complementar tratamientos en trastornos de la alimentación. Esta práctica se trata de una serie de ejercicios que ayudan a aumentar la capacidad de ser consciente sobre determinadas situaciones cotidianas.

El mindful eating enseña cómo disfrutar la comida de forma consciente y sin remordimientos. La profesional destacó que si el comer emocional es problemático y se convirtió en un hábito, hay que consultar con un profesional. Pero ante esa hambre emocional que puede considerarse “normal”, hay ciertos consejos que sirven para el control. En el programa de mindful eating hay diferentes prácticas, como por ejemplo: tomarse un tiempo antes de comer, chequear cómo se siente uno y agradecer por el alimento.

“Se pueden hacer unas respiraciones conscientes, observar cuál es el hambre que está presente, por qué tenemos ganas de comer, todo eso nos permite llevar más consciencia”, agregó. Ungo añadió que “para conectar con las sensaciones de saciedad precisamos comer lento”, por lo que es bueno, por ejemplo, bajar los cubiertos luego de cada bocado. “Debemos estar muy presentes en la boca, masticar más de lo que solemos masticar, entonces vamos a hacer una comida más prolongada y damos más tiempo de que lleguen las señales del cerebro de saciedad”.

En caso de padecer hambre emocional y si esta se convierte en un hábito, hay que acudir a un profesional. Un sicólogo es el más indicado para ayudar a que la persona pueda comenzar a trabajar en sus emociones, a canalizarlas de una forma saludable a través de la palabra.

Consejos para evitar comer por impuso
  • Mantener cierto menú diario de comidas ayuda a controlar esos ataques de hambre.
  • Incluir alimentos saciantes, como por ejemplo frutas y verduras.
  • Hacer deporte: la actividad física ayuda a reducir la ansiedad.
  • Realizar técnicas de relajación y respiración.
  • Es probable que luego no se coma tan compulsivamente.
  • No dejarse llevar por el “me apetece”.
  • Se necesita distinguir entre la necesidad fisiológica de comer y el comer de forma compulsiva canalizando así diversas emociones.