Andrea González Mesén.30 abril

Somos lo que comemos emocionalmente hablando. La intolerancia alimenticia y algunos tipos de dietas poco saludables pueden alterar la función química del cerebro y por ende nuestro estado de ánimo.

Le ha pasado que se irrita con facilidad o que no sabe por qué anda de mal humor, quizá deba prestar más atención a lo que está comiendo.

Expertos confirman que efectivamente nuestro estado de ánimo está directamente vinculado con el tipo de alimentación que tenemos y nuestro estilo de vida, sí de una forma involuntaria.

El siquiatra Óscar Barquero explicó que la relación entre la intolerancia alimentaria y el estado emocional de las personas tiene que ver con aspectos fisiológicos, y cómo el desorden de las sustancias cerebrales repercute a nivel digestivo, y viceversa, los desórdenes digestivos afectan las sustancias cerebrales.

Nuestra relación con los alimentos se da en dos vías: la sicológica, se refiere a la forma en la que vemos la comida y el significado que le hemos dado, pueden representar diferentes estados emocionales. La otra vía es fisiopatológica o cuando se ven involucradas enfermedades.

Resulta que existen sustancias cerebrales que están relacionadas al aumento o reducción del apetito, y otras que están vinculadas al aumento o reducción del apetito ligado al estrés -a partir de este punto la palabra estrés se vuelve clave para comprender qué es lo que pasa con nuestro cuerpo-.

Cuando aparece el estrés en nuestro cerebro se libera una sustancia llamada cortisol, que es la que nos hace desear ciertos alimentos como los azúcares simples, las harinas y las comidas rápidas.

En esos momentos también se dan desbalances en sustancias que generan problemas en la digestión, específicamente la acetil colina o la noradrenalina, que están relacionadas con el sistema nervioso autónomo y la manera en que nuestros intestinos se movilizan y facilitan los procesos de digestión.

Entonces se vuelve un círculo de afecciones porque nuestro estado de estrés nos lleva a comer por ejemplo grasas saturadas y harinas refinadas, pero ese mismo grado de estrés afecta nuestro intestino, que finalmente es el que va a procesar con dificultad esos alimentos.

Del intestino a las emociones

El cambio en las emociones se puede presentar también en la dirección contraria. Es decir, lo que comemos puede influir en el estado de ánimo. “Uno es lo que come”, sentencia Barquero.

Eso sí, la relación no es directa. No es que cierto alimento en particular lo puede poner de mal humor, pero sí el tipo de dieta está relacionada con la forma en cómo nos sentimos, y eso se debe a la repercusión que tiene la comida en las bacterias de los intestinos.

Todo sucede en nuestro tracto digestivo a través de las microbiotas, unos pequeños microorganismos que al desbalancearse pueden generar alteraciones en el estado de ánimo, ansiedad, tristeza y depresión. También se relaciona con problemas de salud de origen inmunológico como artritis, lupus y hormonas tiroideas.

Estas bacterias llamadas microbiotas son las encargadas de producir la mayor cantidad de serotonina en el cuerpo. Aunque alguna parte sí se produce en el cerebro.

Son relevantes porque el cortisol y la serotonina deben estar equilibrados para lograr un buen funcionamiento del cerebro. Su producción dependerá de qué tan saludables están esas bacterias intestinales, y esto último dependerá a su vez de lo que comemos.

Los azúcares simples, las grasas poli saturadas, frituras, poca cantidad de fibra y vegetales, impide la producción de esas sustancias químicas lo que va a generar un estado de estrés cerebral a nivel bioquímico que puede reflejarse en alteraciones emocionales.

Las microbiotas no solo se alteran con lo que comemos, sino que con nuestros hábitos en general como el dormir mal o ingerir comida que no podemos tolerar.

Incluso el uso de antibióticos podría alterar a estos microorganismos.

“Un testimonio muy fuerte de una paciente que después de haber tomado un antibiótico de amplio espectro, es decir que mata mucho bueno y mucho malo, le cambió la microbiota y de ahí empezó a presentar muchos problemas de depresión. Al estudiar el caso no era ningún evento en particular que la tenía deprimida, sino que toda su micobiota se había alterado por el uso de este antibiótico”, comentó la nutricionista Gloriana Arce.

Si usted sabe que es intolerante a la leche, al gluten y los sigue consumiendo va a seguir lastimando su sistema digestivo, ese lastimar es sinónimo de cambios en la microbiota y esa alteración tiene consecuencias también emocionales.

Cambios bruscos en el estado de ánimo, sentirse deprimida o triste, ansiosa, dificultad de sueño, cansancio, irritable, con poca energía, problemas para concentrarse, sin que exista un problemas atípico al estrés normal cotidiano, son señales de que algo está malo en esa microbiota.

Recuperar la microbiota toma su tiempo pero se logra. En las primeras dos a tres semanas de implementar cambios en el estilo de vida ya debería de mostrarse una mejoría.

Incorpore rutinas de sueño más sanas, practique ejercicio, cocine a partir de ingredientes naturales, elimine ingredientes irritantes.

El consumir productos alterados químicamente o con pesticidas, altera cómo funciona nuestro cerebro químicamente. Entre más artificial, más químicos y más pesticidas consuma más va a dañar su microbiota.

Prefiera carnes provenientes de ganado alimentado solo con pasto y no con granos, pollo de gallinas de pastoreo, huevos y vegetales orgánicos. Todo tiene una relación directa.

Si ya existe un desbalance en áreas como la tiroides o problemas depresivos anteriores debe prestar mucha más atención al tema de cómo se alimenta.

Los prebióticos, microoganismos que existen de forma natural en los alimentos, nos ayudarán a mantener la microbiota estable. Ojo que son distintos a los probióticos.

Los prebióticos están presentes en los productos fermentados como el kefir, el miso y la kombucha, los pepinillos, repollos en sawer crow, entre otros. Una alternativa natural es la cebolla.

La nutricionista Nathalie Solera también resaltó la relevancia de la absorción de nutrientes para el correcto funcionamiento del cerebro.

Solera explicó que las personas con intolerancias alimentarias generalmente se acompañan de síndrome de malabsorción de nutrientes, afectando la liberación de serotonina (la hormona de la felicidad), un neurotransmisor que se encarga de modular procesos conductuales como el estado de ánimo, el apetito, la sexualidad o la atención.

Por otro lado el balance de sodio, potacio, zinc, magnesio y fósforo, resultan vitales para el funcionamiento normal del sistema nervioso, por ende de nuestras emociones.

En resumen, somos lo que comemos y en definitiva nuestro comportamiento dependerá de la calidad de alimento que le demos a nuestro cuerpo. Mantener hábitos saludables y evitar una dieta cargada en grasas y azúcares nos ayudará a ser más estables emocionalmente.

Fuentes: Nathalie Solera Quesada, Nutricionista, Consultas Nutrición; Instagram: @Nathylanutri y @Consultasnutrición / Teléfonos: 8808-7129 / 8837-5398 / 8387-9685; Dr. Oscar Barquero Fernández, médico psiquiatra, Clínica Atman en Momentum Pinares. Contacto: 4700-3473 / 8357-0141; Dra. Gloriana Arce Clachar, nutricionista. Tel.: 2223-1717. Web: www.centrodenutricion.co.cr.