Lineth Valerio, asesora de bienestar personal (innerteachers.com).20 agosto, 2019

Existe la idea que, al sostener a un recién nacido, cantarán los pájaros y un olor a rosas rociará la cabeza de las madres.

Ese primer contacto visual con un bebé, que usualmente es narrado como el momento cuando las madres conocen el verdadero amor, no es más que el reencuentro consigo mismas; a quien miran en los ojos del niño es a sí mismas.

Ya sea el primer hijo o el quinto, se abren distintos departamentos de la conciencia con un único fin: que esa mujer renazca y se dé a luz a sí misma.

Lo oculto

Con la maternidad se revelan temores, inseguridades, carencias, heridas, perspectivas, dones y capacidades desconocidos por la mujer adulta, quien, en su afán por crecer y adaptarse, se fue olvidando de mirar hacia adentro.

El nuevo integrante de la familia es una invitación a que la madre dirija su la mirada hacia dentro y se conozca a sí misma para poder criar a otro ser humano. Sin embargo, es la mujer la única que puede decidir si asume la maternidad como una tarea más o como una puerta al autoconocimiento.

Las emociones

El embarazo es un ejercicio de confianza en lo incierto;en lo que no se ve ni se puede controlar. Si la mujer que concibe ha buscado su confianza en lo que ella puede intervenir, 40 semanas de gestación serán la primer puerta que la invita a pasar del control a la confianza.

El parto es un punto de inflexión. La interpretación que le dé al dolor hará que el proceso sea más intenso o, por el contrario, más llevadero.

Si la mujer ha ocultado, bloqueado o ignorado su dolor emocional para protegerse de él, el nacimiento será la oportunidad de reinterpretar el dolor. Este momento invita a las madres a pasar de la defensa a la vulnerabilidad.

Después, durante la etapa postparto, se genera un espacio energético en el que el alma de la madre se redefine y el alma del niño encuentra su lugar en el mundo.

Si la madre ha definido su identidad en su rol de esposa, compañera, profesional o deportista, en estos meses de transición podría perder todo punto de referencia sobre sí misma y surgiría la pregunta “¿quién soy?”, al mismo tiempo que un bebé llora tratando de encontrar la respuesta para sí mismo.

El postparto es una pausa a todos los roles previamente desempeñados por la mujer, para que, desde esa nueva conciencia, redefina los que sean congruentes y desee sostener en esta nueva etapa de su vida.

Al ver crecer a los hijos, las madres pueden crecer con ellos en paciencia, flexibilidad y observación… siempre y cuando deseen mantener abierta la puerta del autoconocimiento. De esa forma, desde la dentición hasta la adolescencia de sus hijos serán etapas que les seguirán mostrando a las mujeres áreas de su vida que desconocen.

Las creencias

Durante el crecimiento de los hijos, las estructuras y pilares sobre los que la madre se construyó a sí misma deberán ser puestos a prueba para confirmar si son amigables con el estilo de maternidad que desea ejercer.

Las creencias son ideas que se han sostenido en el tiempo hasta que se convierten en lo que fielmente se da por verdadero. Por ejemplo, si una mujer profesional se juró a sí misma no renunciar a su carrera o profesión por sus hijos, pero al verse con un niño en brazos está considerando que quedarse en casa ya no se siente a renuncia, podría sentirse contrariada.

Por otro lado, la mujer que se visualizó en casa con sus hijos a quien, una vez inmersa en la dinámica familiar le surge la necesidad de realización personal a través de un emprendimiento, podría experimentar gran confusión.

El autoconocimiento provocado por la maternidad exige de las madres una poderosa vulnerabilidad que les permita soltar las estructuras, promesas y pactos que ellas mismas se han hecho.

La identidad

Si las creencias son ideas que se sostuvieron por mucho tiempo, la identidad serían roles adquiridos con la idea de “eso soy”.

Si la mujer se identifica con su aspecto físico, la maternidad y sus efectos la invitarán a amar incondicionalmente su cuerpo en todas las etapas de su vida como madre.

Cuando la mujer se identifica a sí misma con un estilo de vida y los horarios de un bebé no le permiten mantener dicho estilo, la maternidad y su ritmo la invitarán a pausar o, en su defecto, a acelerar su rutina.

Si la mujer encuentra en su autonomía e independencia su identidad, al encontrarse con un hijo que la toma como referencia para su propia seguridad y estabilidad, es posible que la maternidad le obsequie el don del amor y la entrega.

La libertad

El autoconocimiento les permite a las mujeres la libertad de ser ellas mismas. Eso se refleja en gracia, empatía, autocuido y honor por su labor.

La maternidad se puede vivir en resistencia o en conciencia; puede ser un caos o una bendición.

Cuando una madre se reconoce a sí misma, evita concebir a sus hijos como responsables de su tristeza, frustración, culpa e incluso cansancio.

Los hijos necesitan madres conscientes, en conexión con sus emociones y necesidades, que se puedan encargar de sí mismas y cuya felicidad no dependa de un niño que recién se está adaptando a la vida en términos de alimentación, sueño y comportamiento.

Preguntas para el autoconocimiento en la maternidad

  • ¿Cuál es mi mayor temor como madre y qué relación tiene con mi historia personal?
  • ¿Qué emociones han prevalecido en mi maternidad? ¿Qué necesidades reflejan?
  • ¿Qué creencias pueden estar obstaculizando mi propio bienestar como madre?
  • ¿Qué me ha definido como mujer? ¿Estoy dispuesta a redefinirme?
  • ¿Me he tomado el tiempo para procesar la maternidad como una oportunidad de autoconocimiento?