Redacción Perfil.27 noviembre

En sus propias palabras, la vida de Danny Carmona era desordenada, sin precaución, con prácticas sexuales inseguras y un estilo de vida no saludable.

Hace tres años, luego de un tratamiento por una infección de transmisión sexual (ITS) se le realizó el examen para detectar el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y resultó reactivo.

“Después del diagnóstico puedo decir que mi vida dio un giro de 180 grados: inicié mi auto cuidado personal, a tener prácticas sexuales seguras y a llevar un estilo de vida saludable. También pude conocer la organización de la que soy parte y colaborador y tener contacto con personas que comparten mi condición de salud; he aprendido muchísimo de sus vivencias cotidianas y de cada uno de ellos”.

Hoy Danny tiene 27 años y es educador en la Asociación Esperanza Viva, dentro del proyecto VIH Costa Rica, punto focal para la Red Centroamérica de Personas con VIH. Además de haber comunicado abiertamente su diagnóstico, se ha convertido en una cara visible del VIH “para ir eliminando el tabú y los mitos que aún existen en torno a esta condición, para erradicar el estigma y la discriminación hacia quienes la padecen. También para enseñarle a la población que no estamos exentos de infectarnos”.

“Al principio uno de mis hermanos lo tomó muy asustado pensando que ya me iba morir; mi mamá, lo tomó de una forma tan normal que me asombró, tomando en cuenta que es una persona mayor y con una educación muy diferente a la nuestra. Su reacción más bien me hizo sentir más seguro para seguir en esta lucha que hace tres años inicié”.

Y es que hoy, casi en la segunda década del siglo 21, todavía muchas personas piensan que el VIH es una sentencia de muerte y la siguen viendo tal y como hace más de 30 años.

El reto del VIH hoy

De acuerdo con los últimos datos de ONUSida (2018), en Costa Rica hay poco más de 15.000 personas viviendo con VIH, para una prevalencia en adultos (entre los 15 y 49 años), del 0.4%. Además, se registran más de 200 muertes al año relacionadas con el virus.

Otros datos de esta entidad indican que, entre el 2010 y el 2018, se presentó un aumento del 21% en nuevos casos de VIH, pero hubo una diminución del 4% en las muertes relacionadas al virus, lo mismo que una disminución del 6.72% en el radio de prevalencia.

Según el infectólogo Sergio Calderón, se estima que, por cada paciente diagnosticado, podría haber tres más con el virus y sin diagnóstico; y este es precisamente uno de los principales retos para el país: lograr que la mayoría de las personas se hagan la prueba del VIH.

“Desde el momento en que una persona empieza a tener relaciones sexuales ya existe un riesgo de contraer el VIH. Hay que educar a la gente para que se haga la prueba, hay que lograr que sea un examen normal. En este momento, las personas no están haciéndose la prueba”, dice el experto.

Otro reto importante que se debe enfrentar es el de los diagnósticos tardíos: “el virus tiene una latencia de ocho a diez años; tenemos una proporción alta de pacientes que llegan muy tarde para poder ser diagnosticados. El paciente que se capta temprano podría tener una esperanza de vida hasta mayor que la población general, porque tiene un control más riguroso”, afirma el infectólogo Mauricio Mora.

“Entre la población sigue siendo un tabú el tema del VIH; esto es un factor que ha incidido en que no se hagan la prueba y no haya pasado a ser un examen de rutina como sucede con otro tipo de exámenes de otras enfermedades. Lo otro es: al paciente que no tiene VIH, ¿cómo lo motivamos a hacerse la prueba, a que sea parte de su rutina? Hay que normalizar, universalizar y ofrecer la prueba fácilmente accesible para toda la población”, opina Mora.

Precisamente un reto adicional es el estigma, tabú y la desinformación que aún ronda a esta condición, no solo entre la población general, sino también en algunos profesionales del sector salud; en ambos casos, aún hay quienes piensan que el VIH es una sentencia de muerte, una especie de castigo por pecados cometidos y quienes tienen el virus deberían ser apartados.

El día a día de una persona diagnosticada con VIH, en Costa Rica, podría tomarse como “normal” y varía dependiendo de una serie de factores como estilos de vida, comportamiento, prácticas sexuales, apoyo emocional y psicológico, condición social y otras; no obstante, mantiene la carga del estigma y la discriminación.

Danny Carmona afirma que todavía hay retos que resolver, como la atención integral y un trato más cálido por parte de algunos profesionales de salud; a esto hay que sumarle el respeto a la confidencialidad del diagnóstico y una mayor información en todos los estratos de la sociedad para lograr una mayor inclusión.

En este sentido, el psicólogo Roberto Gutiérrez concuerda en este último punto es aún muy sensible, pues falta educar más, informar clara y correctamente y eliminar mitos: “hay una desinformación generalizada; por ponerle un ejemplo, tener VIH no es lo mismo que tener Sida”, sentencia.

Según este profesional, la clave está en que -como se hizo en una campaña informativa/educativa en Brasil- haya más comunicación, más información, más educación y más sensibilidad hacia quienes padecen la condición, pero también a la sociedad como un todo.

Hoy, hay profesionales de salud que ven al VIH como una enfermedad crónica como cualquier otra; un paciente con VIH bien controlado es una persona que puede vivir con calidad, ser productivo y aportarle a él mismo, a su familia y a la sociedad.

Además, hoy se cuenta con una batería de medicamentos de última generación que permiten una mayor adherencia del paciente y que le ofrecen una mejor calidad de vida, al tomar menos medicinas y en menores dosis; esto en contraposición al hecho de que aún hay pacientes que toman los medicamentos más viejos.

“Se puede vivir bien con el VIH siempre y cuando recibamos la información correcta, llevemos estilos de vida saludables y que cumplamos al pie de la letra con el tratamiento antiretroviral y las indicaciones del médico tratante”, afirma Carmona.