Mónica Morales.7 agosto

Hay momentos de la vida donde la autoestima juega al sube y baja. La adolescencia es uno de esos momentos, donde empezamos a cuestionarnos quiénes somos, qué nos gusta, cuál es nuestro valor como personas.

En el mejor de los casos, salimos airosos de tantas preguntas y vamos formando nuestra personalidad. En otros casos, menos exitosos pero tristemente comunes, se generan crisis de identidad y baja autoestima.

Quienes piensan que es solo una etapa de la edad y le restan importancia, se equivocan. La autoestima es el empuje diario con el que la persona enfrenta los diferentes escenarios de la vida. Así que si usted es una persona en plena adolescencia, es mejor que siga leyendo con atención.

Si bien es cierto la adolescencia es también un momento del desarrollo, una etapa más en el proceso biológico, también es un periodo de transición hacia una independencia social y económica, donde además se afianzan expectativas, pensamientos y emociones.

Este proceso es importantísimo porque define mucho de lo que somos de adultos y es en la juventud donde se establecen hábitos y conductas… buenas o malas.

Y también es cuando aceptamos que no somos personas perfectas, que tenemos aspectos positivos y otros por mejorar. Sin embargo, es importante determinar si nos vamos a enfocar en las características buenas de nuestra personalidad o si nos quedamos viendo solo lo negativo.

“La percepción que lleva al adolescente a identificarse en sus aspectos buenos y otros no tanto. Esta auto imagen se basa en las interacciones con otras personas y las experiencias vividas”, explica la sicóloga Ana Yendry Morales.

Jóvenes, no hay quite, todos pasamos por este proceso de cuestionarnos, querernos o rechazarnos un poquito. Para eso sirve la adolescencia, para impulsar un desarrollo adecuado y ser adultos plenos.

Para hablar de una autoestima fuerte en los jóvenes debemos tomar en cuenta la búsqueda de identidad o ese “ser uno mismo”.

La OMS define la adolescencia como el periodo después de la niñez y antes de la edad adulta, entre los 10 y los 19 años. Se trata de una de las etapas de transición más importantes en la vida del ser humano, que se caracteriza por un ritmo acelerado de crecimiento y de cambios, superado únicamente por el que experimentan los lactantes. Pero además de los cambios físicos, también es un momento de cambios emocionales y sicológicos.

“Nos movemos entre la dependencia y una independencia que se logra solo al alcanzar la madurez”, explica Morales.

“La adolescencia, significa para el adolescente la pérdida definitiva de su condición de niño, rol que conocía muy bien, y en el cual se sentía cómodo y seguro. Pero al mismo tiempo empieza a ganar derechos, libertades y responsabilidades”, agrega.

Adolescencia: una edad de muchas presiones

Aunque la adolescencia es sinónimo de crecimiento excepcional y gran potencial, constituye también una etapa de riesgos considerables, durante la cual el contexto social puede tener una influencia determinante.

Fiestas, alcohol, drogas y sexo… aunque suene alarmista, es una realidad. Esas son la tentaciones que empiezan a aparecer en la adolescencia. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada vez las presiones para consumir alcohol, tabaco u otras drogas y para empezar a tener relaciones sexuales, se dan a edades más tempranas.

El riesgo es elevado. Durante la adolescencia no se ha terminado de formar la personalidad ni se tiene la madurez suficiente para entender las consecuencias. Una mala decisión, por pequeña que sea, puede terminar en traumatismos, embarazos no deseados e infecciones de transmisión sexual (ITS), entre ellas el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

“Los patrones de conducta que se establecen durante este proceso, como el consumo o no consumo de drogas o la asunción de riesgos o de medidas de protección en relación con las prácticas sexuales, pueden tener efectos positivos o negativos duraderos en la salud y el bienestar futuros del individuo”, detalla un artículo de la OMS. Es decir, sus conductas de joven pueden marcar su vida de adulto.

A todo esto hay que sumarle la influencia de la tecnología, los efectos de las redes sociales y las consecuencias que el acoso escolar o bullying tienen sobre los adolescentes. Las nuevas dinámicas de interacción nos brindan la fantasía de que otros tienen una vida perfecta, mientras que en nuestra realidad debemos enfrentar momentos felices y difíciles por igual.

“Hay que tener conciencia de que los seres humanos no nos caracterizamos por la perfección sino por una personalidad con virtudes, destreza, habilidades y defectos”, detalla la sicóloga Morales.

Tres procesos fundamentales para crear la identidad

Autoconocimiento: llegar a conocerse nos da la capacidad de entender que la persona misma es responsable de su felicidad o infelicidad, en sus manos esta lograr el cambio que necesita para mejorar la autoestima. Tres pasos vitales del autoconocimiento: aceptación, determinar si hay algo que nos nos gusta y deseamos cambiar; detección, mentalizarse de que se deben hacer cambios en la personalidad; y, acción, donde tenemos los dos puntos anteriores claros y tomamos cartas en el asunto.

Autorrespeto: disfrutar de la aprobación de otros o el apoyo es algo positivo, pero depender de ello puede ser un comportamiento destructivo para su superación personal y además muy desgastante. Si el adolescente percibe que tiene esa necesidad de aprobación de las personas o de “quedar bien” innecesariamente, corresponde lea los siguientes ejercicios: cuando alguien le sugiera que tome alguna actitud que no sea de su agrado simplemente agradezca por su opinión, pero manténganse firme en su postura. Ignore cualquier intento de manipulación de alguien que no está de acuerdo con su punto de vista. Evite de manera consciente la costumbre de disculparse por todo.

Autoaceptación: Una vez que el adolescente aprenda a respetarse a sí mismo atraerá respeto de los demás. Aquí hay algunas pautas para aprender a respetarse: pensar en cómo su comportamiento afecta a las personas que lo rodean, tener en cuenta lo que se dice antes de soltar palabras hirientes, buscar primero entender para luego ser comprendido, asumir la responsabilidad de su comportamiento y evitar guardar rencores.

Fuente: Dra. Ana Yendry Morales Blanco, sicóloga clínica (tel.: 8872-0670 / licda.moralesb@gmail.com), y sitio web de la Organización Mundial de la Salud (https://www.who.int).