Andrea González Mesén.22 febrero

No tienen ni cuatro años de edad, aún dependen de sus padres en todo, pero algo tienen claro: con un “berrinche” obtienen lo que desean. Esos micro episodios en el supermercado, en el parque o en la reunión familiar son las señales de alerta para poner límites a tiempo y evitar lo que cada vez más se vive en las familias: la agresión de los hijos a sus padres.

Este tipo de conducta es conocida como violencia filioparental, que es aquella actitud violenta que ejercen los hijos hacia sus padres de forma reiterada con el fin de mantener el control de las dinámicas familiares.

Existen varias teorías sobre la raíz de la actitud agresiva de los hijos hacia sus padres. Un estudio realizado por la Universidad de Deusto Esther Calvete y publicado en la revista Developmental Psychology, encontró dos principales causantes del comportamiento: padres extremadamente permisivos o con carencias afectivas, y ambientes violentos dentro de su núcleo familiar.

“El sentimiento de culpa por pasar poco tiempo con los niños es de los principales limitantes de los padres para imponer autoridad. Delegar el cuido a terceros –principalmente abuelitas– en entornos permisivos con poca estructura y guía, desencadena niveles muy bajos de tolerancia. Al toparse con un no responden muy fuerte en términos de enojo”, asegura Eugenia Chacón, sicóloga experta en menores.

El poco desarrollo de la tolerancia se vincula al uso del internet. El apego no sano y el abuso de aparatos electrónicos como juegos de video repercute en el aislamiento y en un nivel más alto de enojo e irritabilidad sobre todo cuando se les establece límites.

El estudio determinó que aquellas familias con poco o ningún calor humano durante el primer año de investigación, tuvieron como resultados niños y jóvenes más narcisistas, con sentimientos de desconexión y poco amor en la adolescencia, perfiles que pronostican agresiones de los hijos a sus padres.

Chacón coincide con lo publicado por el estudio en que los chicos nutren su actitud violenta, incluso hacia sus padres, al convivir en entornos agresivos, con padres transigentes que en repetidas ocasiones evitan que sus hijos respondan por las consecuencias de sus actos.

“Muchos padres acuden al colegio como abogados defensores cuando lo ideal es dejar que los hijos asuman las consecuencias de sus actos. El quitarle autoridad a figuras de mando empodera a los niños de forma violenta”, refuerza.

El menor aprenderá por observación que el comportamiento agresivo es reforzador de su voluntad.

Dejar las reglas claras desde el primer momento es indispensable para evitar agresiones a futuro.
Dejar las reglas claras desde el primer momento es indispensable para evitar agresiones a futuro.
¿Qué hacer?

Ante un caso de violencia, el primero preferiblemente, es necesario poner un alto. Indicar de forma muy clara que eso no es correcto y seguidamente analizar la razón por la que el menor reaccionó de esa forma.

Chacón afirma que es necesario cuestionarse el comportamiento como padres, realizar un análisis propio y luego plantearse como madre o como padre las medidas disciplinarias correctivas tanto para el menor como para el adulto.

Pablo Chaverri, investigador del Instituto de Estudios Interdisciplinarios de la Niñez y la Adolescencia (Ineina) de la Universidad Nacional, mencionó que más que analizar cuál es el perfil del niño es necesario ver el perfil del adulto. “Son los comportamientos del adulto los que pueden controlar o no la situación”, dice.

En una investigación experimental realizada por el Ineina sobre el desarrollo del autocontrol en los niños se cuestiona la idea de que el autocontrol está asociado únicamente a rasgos del menor, y pone sobre la mesa la influencia del contexto en el que ese menor se desenvuelve.

Para poder demostrar la hipótesis se le ofreció un dulce a cada niño, con la promesa de que si esperaba un determinado tiempo para comerlo, al final obtendría dos. Se sabe que aquellos que esperan al segundo dulce tienen mejores relaciones a futuro. Hasta aquí el autocontrol está en función del niño.

En otro ejercicio, le solicitaron a un grupo de niños realizar un dibujo con unas crayolas dañadas y que pronto se las cambiarían por unas en buen estado. Los chicos a los que se les cambiaron las crayolas –es decir a los que se les cumplió la promesa– fueron capaces de esperar hasta 12 minutos por el segundo dulce. Mientras que aquellos a los que se les falló previamente no lograban esperar.

“Es necesario que los padres sean consistentes en el manejo de límites y del cumplimiento de promesas, para que el niño tenga confianza en esa palabra y por ende en esa figura de autoridad y de respeto. Yo me autocontrolo porque tengo certeza de que algo va a pasar, de lo contrario no lo hago”, explica Chaverri.

El incumplimiento constante de la palabra genera mella en el estado del menor. Las figuras significativas en su entorno ayudarán a definir positivamente su autocontrol. Por el contrario, cuando un niño no sabe qué esperar de sus padres, vive en la incertidumbre emocional, y esto dificulta la creación de vínculos fraternos.

Chaverri sugiere que la conducta disruptiva debería entenderse desde la situación emocional. “Cuando las relaciones son afectivas difícilmente habrá berrinches y agresiones. Desarrollan más seguridad de sí mismos”.

La sicóloga recomienda una educación positiva y lamenta que dos tercios de los padres en Costa Rica estén de acuerdo con el uso del castigo físico como medida de corrección. A pesar de estar claro que la repetición de actitudes es lineal con el comportamiento del menor.

Silencio

Aceptar que un hijo agrede a sus propios padres no es fácil, ser juzgado por la sociedad y la “vergüenza” en la que caen muchos progenitores ha convertido este comportamiento en un tema difícil de abordar o detectar.

Cuando no se trabaja a tiempo se presentan adolescentes de muy difícil acceso. Convirtiendo la situación en una bola de nieve, puede llegar a no tener amistades adecuadas y asumir conductas de riesgo que conforme pasa el tiempo se vuelve mas complejas como el consumo de drogas, alcohol, problemas en relaciones de pareja, problemas laborales, entre otros.

Si esta conducta no se logra corregir en la juventud, es probable que de adulto sea protagonista de violencia de género y mantenga la misma conducta inapropiada hacia sus padres.

La denuncia en todo caso es uno de los recursos, que según los expertos, puede ayudar a hacer “reaccionar” al agresor. Sin embargo, es una decisión que en la mayoría de casos despierta el temor por las represalias.

Pida ayuda y trabaje para detener las conductas agresivas en toda dirección. Tome conciencia de que las promesas fallidas despiertan desconfianza a la palabra del tutor. Converse, analice, actúe. Tenga presente que la agresión de un hijo a su padre es señal inequívoca de alerta.