Por: Allan Fernández.  10 enero, 2016

El título de este humilde escrito es la segunda parte de un sabio refrán. La parte inicial reza: “el que se mete a redentor”. El significado de dicha enseñanza es fácil de obtener: algunas personas quisieron ayudar a alguien, el cual aparentemente requería ayuda y, al final, el que ayudó, terminó sufriendo. Algunas personas quisieron lograr algo con alguien más, mas no lo lograron. O, quizás sí lograron algo: sufrir.

Cuántas veces he escuchado esto en mi consultorio: “ay doc, mi pareja ha tenido una historia tan pero tan terrible que uno entiende por qué hace las cosas que hace. Yo sé que estoy sufriendo, pero es que ha sufrido mucho. Pobrecit@”. Cada vez que escucho esto, y dependiendo de la confianza de la persona sentada frente a mí, gusto intercalar una pequeña broma: “si usted quiere ayudar gente con historias terribles, estudie psicología o colabore con la Cruz Roja. No es necesario establecer una relación amorosa”. Es que algunas personas, más que pareja, parecen andar buscando sujetos de estudio psicológicos.

¿Y qué, está mal querer ayudar a alguien?”, pues no. Es solo que me parece que querer ayudar a alguien no asegura que esa persona vaya a cambiar. Es más, ni siquiera implica que esa persona deba amarnos por eso.

Uno de los grandes errores de casi todas las escuelas de pensamiento psicológico fue desterrar la dimensión instintual presente en los seres humanos. Pensar que un ser humano perdió su capacidad instintual resulta fruto del más ignorante oscurantismo, patrocinado por ciertos dogmas religiosos. Lo animal, llegaron a pensar algunos, debía ser visto como “el mal”, “la parte oscura”, “lo pecaminoso”. De ahí que algunas personas, por motivos no muy loables, quisieron hacernos creer que los humanos somos seres no-animales. Grave error.

El ser humano es un ser instintual. ¿Han ustedes observado como una persona cuya vida corre peligro, logra proezas, en otro momento, imposibles de concebir? Todos hemos visto videos de personas que movieron automóviles con el fin de liberar a alguien atrapado. Personas que saltaron alturas impresionantes, con tal de preservar su vida. Personas que, irracionalmente, pusieron su vida en riesgo con tal de salvar a alguien que ni siquiera conocían (en un incendio, asalto, etc.). Esos actos, siento decirlo, no son actos lógicos. En momentos como esos, si es que alguien ha estado presente en situaciones afines, nuestra parte cerebral racional cede el volante a nuestro instinto. El instinto es mucho más fuerte que cualquier miedo o idea que nos hayan instalado. En esos momentos -siento quitar el romanticismo de los anteriores ejemplos- actuamos como animales. Actuamos por instinto. Allí donde algunos ven estoicismo y heroísmo, la biología observa impulso instintual.

No tengo idea de para donde va este tipo, ya no se si dejar de leer o quedarme”. Si ya se quedó hasta acá, lo invito a terminar esto. Ya casi aterrizo. ¿Cuenta el ser humano con la capacidad de observar señales cada vez que corre peligro? Debería, ya que nuestros familiares menos evolucionados (incluso los domesticados), mantienen intacta dicha capacidad. Cuando un animal presiente correr peligro (sea que reconozca la presencia de un depredador o el desconocimiento del terreno en el que se encuentra), no se queda allí averiguando si su intuición es acertada. Su sistema nervioso cuenta con la capacidad de activar toda una serie de procesos, los cuales, le permitirán emprender la retirada. Los animales, gracias a su instinto de sobrevivencia, evitan el peligro. Parecieran actuar con más inteligencia que nosotros, sus primos primates humanos.

En el ámbito de las relaciones sentimentales, 8 de cada 10 consultantes reconocen -tarde o temprano- haber observado desesperanzadoras señales en su última relación, desde las mismísimas primeras salidas, las cuales predecían un doloroso final. No voy a ofrecer ejemplos. Recuerden algunas de sus pasadas fallidas relaciones. En la naturaleza, ningún ser vivo medianamente normal se habría quedado a esperar allí la llegada del sufrimiento y la decepción. Desafortunadamente, el ser humano perdió contacto con su parte instintual. Con un instinto de sobrevivencia medianamente desarrollado, esa habría tenido que ser la primera y última salida con esa persona que aún nos asalta en sueños (pesadillas).

Es que yo creí que se le iba a quitar, que iba a madurar”, me han confesado. Algunos, con mucha más honestidad, aseguran haber contado con la autoconfianza suficiente para hacer madurar -para cambiar, para transformar- al otro. Lo siento. Ese dolor se lo pudieron haber ahorrado. Nadie cambia a nadie. Solo cambia el que lo desea y se esfuerza. Andar de redentor por la vida, tal parece, está reservado únicamente para seres con características muy particulares. Que no vayan a terminar “crucificados” por allí o en un via crucis que se resiste a acabar.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez