Allan Fernández.11 abril

No dudaría que alguna telenovela se haya titulado igual a mi publicación de hoy. ¿Alguna vez se han preguntado por qué las novelas causan semejante impacto en tantas personas? ¿Por qué parece que algunas personas se obsesionan con ellas? Incluso, ¿no les parece interesante que algunas personas confundan la realidad con lo que observan? A mí me parece muy interesante... y triste. Ya volveré a esto.

"La novela personal/familiar del neurótico”. Así llamaba Sigmund Freud a lo que los consultantes iban compartiéndole en sesión. Según él, dichos relatos guardaban relación entre sí. He ahí otro descubrimiento del padre del psicoanálisis: emocionalmente hablando, no somos tan originales como pensamos. Cuando hemos experimentado los estragos del desamor -por citar un solo ejemplo-, creemos que eso nunca le ha sucedido a nadie. Los más conscientes quizás presienten que esto ya le ha sucedido a alguien, pero inmediatamente concluyen que el nivel de intensidad no ha sido experimentado por nadie.

En esa novela personal, como en toda novela, aparecen personajes. Unos son estelares, otros son secundarios, otros son relleno. Algunos actúan bien. Otros no tanto. Se pensaría que cada uno de nosotros somos, sino los directores y guionistas de nuestras novelas, al menos los actores principales. Pero no siempre es así. Es más. Ustedes no me lo están preguntando, pero convertirse en el director y productor de nuestra novela está reservado para unos cuantos. Se requieren años de trabajo interno, introspección -”insight”- y sobre todo, toma de decisiones, muchas de las cuales incómodas y por ende no muy disfrutadas por el resto del reparto, si es que realmente deseamos tomar control de nuestra existencia. Algunos lo llaman madurez, auto-control, otros sabiduría o incluso experiencia. Lo que sí les puedo asegurar es que detentar dicho sitial de privilegio requiere de un arduo trabajo. Para toda aquella persona que no desee o que no sepa cómo lograr esto que vengo someramente describiendo, no le queda más que continuar su vida como un eterno “casting”, en el que otros le dirán cómo, cuándo y hasta qué momento actuar. No logró emanciparse. Aceptó un destino impuesto: ser un objeto para los otros.

Hablando de objetos (”chunches”, como les decimos acá), en el campo de las obsesiones, requerimos de algunos ingredientes básicos. Dos en realidad. Necesitamos a una persona y a un objeto. “Espere”, me interpela alguien. “¿Y en el caso de las personas que se obsesionan con otras personas?”. Muchas gracias por su intervención. He aquí mi respuesta: en ese caso que usted cita, una de las personas se convierte en un objeto. Eso quiere decir que no está siendo considerada persona. Se degrada su status: pasa de persona a chunche.

El mismo Freud al que hice referencia párrafos atrás, estudió a profundidad las obsesiones -él mismo era uno-. Esa falta de límites en la que incurre la persona obsesiva, alimentó sendos párrafos de su obra. Hoy podríamos decir que el conocimiento que poseemos respecto al ámbito de las dependencias, se lo debemos en gran medida a su ingenio como investigador del alma. El obsesivo, por lo general, se involucra en novelas altamente dramáticas. Podríamos, utilizando un término coloquial, plantear que al obsesivo -y la obsesiva- los culebrones les atraen, por lo general de un modo inconsciente. Aquellas personas que buscan conscientemente estar inmersos en enredos y entredichos, siguiendo con la terminología freudiana, les llamaremos hoy histéricos e histéricas. Eso lo dejamos para otra publicación.

No voy a hacer esto muy largo. Prefiero brincar inmediatamente al tuétano de esto: aquella persona que se obsesiona por alguien, persigue algo que no encontrará en dicha persona. ¿Se entiende? Al obsesivo le falta algo que nadie posee. De ahí que -y esto lo digo con profundo respeto-, al no accesar al objeto de su obsesión, hagan cosas tan locas. Pero lo loco no es lo que hacen. Lo loco es que alguien piense que eso es amor.

El que depende no ama. El que ama no requiere obsesionarse. El que se obsesiona no está bien. El que no está bien no puede amar. Y, como agregado: el que busca ser la obsesión de alguien, tampoco está bien y por ende tampoco está en condición de amar.

Dejé una pregunta abierta al inicio de esto. Decía que algunas personas confunden la realidad con lo que observan a través de una pantalla. En el mundillo de las redes sociales sucede con frecuencia. Algunas personas, faltas de una vida consistente, rica en experiencias, con un propósito o misión clara, olvidan que lo que aparece en redes es una edición. Es un “collage”. Son solo fragmentos de vidas. Este tema del impacto de las redes en el psiquismo humano me resulta muy interesante. No me obsesiona, pero volveré a él otro día.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com