Allan Fernández.25 agosto, 2015

Sostener una relación sentimental es fácil... no, no lo es. Una serie de factores, tanto internos como externos ponen a prueba, diariamente, la calidad y consistencia de dicha unión.

No me malentiendan, por favor. Casarme ha sido, por mucho, la experiencia más maravillosa que he vivido. Mi esposa, haciendo gala de una paciencia cuasi-franciscana, ha sabido tolerar a este que les escribe. Creo que no soy un tipo difícil con el cual convivir, pero uno se inventa cada cosa de sí mismo, que sería mejor preguntarle a ella...

No, no es fácil. Los seres humanos somos cambiantes y, por si fuera poco, cargamos con una historia. En esa historia se encuentran ideales, rollos, fantasmas, miedos, herencias psicológicas, etc. Decidir estar con alguien implica, entre otras cosas, convivir con la locura del otro, la personal y la familiar. Así como algunas personas, en la actualidad, le solicitan a su posible futura pareja aportar los resultados de un hemograma, con el cual demostrar que no se trae ninguna patología peligrosa, quizás tendríamos que solicitar, al menos, dos cosas más: un dictamen psicológico y la posibilidad de asistir a una reunión familiar. Ya con eso el salto de fe se vuelve algo menos riesgoso.

En el 2007, cuando finalizaba mi maestría en psicología clínica, decidí, por cuestiones prácticas, explorar teóricamente el mundo de las relaciones sentimentales. 9 de cada 10 consultantes llegaban a mi consultorio a hablar de sus padecimientos amorosos: a algunos les faltaba amor, a otros los tenía empalagados. Unos soñaban con encontrar compañía. Otros rezaban por perder la compañía actual. Para algunos, una relación vendría a resolverles la vida. Para otros, su vida iba bien aspectada hasta que se emparejaron. Todo esto me hizo pensar que era un buen momento para crear alguna especie de comprensión, la cual me permitiera ayudar a esas personas.

Hoy, casi una década después, he tenido el honor de recibir un considerable número de estimables consultantes, los cuales, en nuestra primera reunión, aseguran estar totalmente dispuestos a intentar "lo que sea" (así lo dicen) con tal de no perder su relación. Esa confesión, esa búsqueda de lo que sea, viene cargada de buenas intenciones. El problema es que, como bien dicen nuestros abuelos: "de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno". Nada más "concho" (para utilizar un término bien nuestro) que trabajar en psicología clínica para descubrir, un par de meses luego de salir de la facultad, que las intenciones no alcanzan.

Algunas parejas lograron, por empeño, honestidad y disciplina, fortalecer su relación, al punto de no necesitar continuar con su proceso terapéutico. Otras, por razones que hoy no invocaré, intentaron, con lo que yo llamaría prótesis mágicas, sostener aquello que se venía cayendo a pedazos.

¿Por qué hablo de "magia"? Porque, acudiendo a eso que los antropólogos llaman "pensamiento mágico", se permiten creer, de un modo fantaseado, que un acto artificial vendrá a resolver un problema real. Algunos quedaron embarazados. Otros se embarcaron con una hipoteca. Conozco parejas que se matricularon en un doctorado. Algunos se tatuaron una frase, separando el sujeto -de la oración- en el brazo de uno de los dos y el predicado en el brazo de la otra persona. No faltan los que depositaron toda su fe en el crucero al Caribe o en la excursión a Europa. Los más religiosos eligieron Tierra Santa o el Vaticano, como modo de comprometer a cualesquiera fuerza benefactora en esta cruzada llamada "mantener la relación a toda costa". Siento confesarlo pero... muchas de esas parejas continúan, metafóricamente, ”en el aire”. Están evitando volver a su realidad. Algún día, cuando ya le hayan dado 3 vueltas al planeta Tierra, tendrán que reconocer que lo único que los une son las fotos de los viajes y la deuda contraída.

No le pidamos a París curar aquello que ya salió dañado desde el aeropuerto de Alajuela. Será la ciudad del amor, pero no creo que sea mágica. Como bien dijo alguna vez una querida amiga: "aquello que tenés que sostener es porque ya se quebró".

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal