Allan Fernández.20 mayo, 2018

¡¡¡De la inseguridad!!!”, contestaron mentalmente varios queridos lectores. Pues sí. ’’¡¡De la falta de amor propio!!, contestan otros. Seguro que sí, también. “¡De las ganas de joder la vida!”. No, no lo creo. No tiene sentido. ¿Por qué alguien querría poner en riesgo su relación, si supuestamente la considera una parte importante de su vida? Hoy deseo compartirles qué nos enseña la ciencia respecto a esta incómoda -y sin embargo proliferante- parte de la raza humana, los -y las- intensos.

Cuando escribí mi aporte a esto de la intensidad (pueden accesarlo a través de este enlace), jamás pensé que tuviera tanto éxito. Es más, me impresiona que continúe teniéndolo. No tenía idea de que tantas personas estuvieran lidiando con personajes así. Con bastante frecuencia en consulta escucho personas citando o parafraseando fragmentos de dicho escrito. “Tal como usted lo describió, es que viera que...”.

Sin embargo, psicológicamente hablando, todo debe poseer una explicación, si entendemos explicación como el modo más útil -hasta ese momento- de comprender un fenómeno. La ciencia trabaja con hipótesis, siendo estas parciales por naturaleza. Si deseamos encontrar “verdades” indiscutibles, tendremos que alejarnos del campo científico y movernos hacia algún dogma. Las creencias estrangulan el deseo de comprender. La ciencia lo oxigena.

Un grupo de investigadores del Departamento de Ciencias Psicológicas de la Universidad de Vermont (E.U.A.), publicó hace un poquito más de un mes los resultados de un estudio con niños, en el cual se establece que los niveles de conflicto en los padres, afectan la estabilidad emocional e incluso el procesamiento cognitivo (“cognición” hace referencia a la capacidad de comprender) de sus hijos.

Que vivir en una casa donde los padres se irrespeten, se pasen gritando, se engañen -uno a otro o mutuamente-, tengan problemas de vicios, jueguen a la puntería intentando impactar la cabeza del otro con una pieza de la vajilla, etc., vaya a crear un daño duradero en sus hijos, no parece necesario subrayarlo. Sin embargo esta investigación fue más allá. Las familias en que los conflictos no llegaban a semejantes niveles de dramatismo, también afectan la capacidad de comprender la realidad de los hijos provenientes de semejantes entornos.

¿Se han preguntado por qué algunas personas se ponen tan mal cuando no conocen el paradero de su media mitad? Pues bien, puede que aquí tengamos un fragmento de dicha respuesta. Los niños procedentes de familias en las que el conflicto se encuentra demasiado presente, sin importar si las escenas familiares son muy decadentes o no, desarrollan la nada grata “capacidad” (más parece una discapacidad) de sobre-vigilancia. Alguien sobre-vigilante es alguien que desea constatar, segundo a segundo, el estado actual de las cosas. Lo encontramos como un rasgo bastante presente en las personas obsesivas y con facilidad termina convirtiéndose en una compulsión. Ya podrán entender por qué algunas personas pasan revisando el estado de conexión de su pareja.

La mente de alguien intenso es una especie de infierno personal. Si observa el estado “en línea” podría pensar que su otro está jugueteando con alguien más. Si lo encuentra “desconectado” podría pensar que se están comunicando -esos dos- a través de otro medio. Su capacidad para crear escenas imaginarias angustiantes es casi un don. ¿Y cuál creen ustedes que fue la emoción mayormente encontrada en estos niños provenientes de familias conflictivas? ¿Se rinden? Vamos, piensen un poquito. Es una palabra que empieza con “a” y finaliza con “d”. No, “ardid” no. ¡¡¡ANSIEDAD!!! (lo escribí en mayúscula y con signos de exclamación, intentando emular el modo de escribir de las personas intensas).

¿Explica esta investigación el origen del Trastorno Obsesivo Compulsivo? No. Todo en lo humano es multifactorial. Los fenómenos psicoemocionales no suelen ser causales, menos aún casuales. Responden a diversas causas. ¿Quiere esto decir que toda persona intensa procede de una familia conflictiva? No, tampoco podríamos concluir eso. Lo que sí podemos hoy observar, gracias a la ciencia, es que el intenso y la intensa de hoy quizás proceden de familias inestables. Siendo esto así, la locura que se les activa al emparejarse no tiene tanto que ver con su pareja, como sí con su historia. La desaparición momentánea del otro los pone en contacto con el niño emocionalmente dañado que su familia ayudó a ensamblar. Cuando la pareja no contesta, se convierten en niños desprotegidos. Por eso gritan, lloran, se revuelcan, amenazan, se vuelven agresivos. Como los chiquitos mal-criados.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com