Allan Fernández.19 septiembre, 2015

¿A cuánta distancia debemos mantenernos con el fin de que nuestra pareja sienta que estamos allí? Esa es LA Pregunta. ¿Será una cuestión medible? ¿Será la misma distancia para hombres que para mujeres? ¿Habrán momentos en que lo agradable es sentir la cercanía y en otros querríamos que no se nos acerquen demasiado? ¿Tenemos que pedirle a nuestro ser amado que se acerque o aleje, o esperamos que dicha persona adivine la distancia correcta?

Si contesto todas las anteriores interrogantes afirmando que cada ser humano es diferente, no estaría contestando nada (al menos nada valioso). Por supuesto que todos somos diferentes. Sin embargo, en esto de emparejarse, si nos fijamos con atención, observaremos algunos rasgos comunes. Recordemos, por ejemplo, la época en que apenas empezabamos a salir con nuestra pareja. ¿A qué distancia deseabamos a esa persona? Fácil, ¿verdad? La queríamos adherida a nuestro ser. Fantaseábamos con una fusión total. El momento en que nos despedíamos sentíamos que nos arrancaban algo. La vida no era más que la suma de momentos en que estabamos en presencia de ese exótico ser. Su ausencia significaba una dolorosa detención del tiempo. Dicho en términos coloquiales, y aprovechando que lo he escuchado varias veces en consulta, "éramos unos pegas!".

Sin embargo, ese estado idílico, romántico y, visto desde afuera, algo ridículo, fue dando paso a un estado un poco más "normal". Nuestro cerebro nos recordaba que existían otros quehaceres, quizás no tan arrebatadores, pero igualmente importantes (pasábamos del "enamoramiento" al "amor", utilizando una diferenciación ofrecida por el Dr. Freud). La cotidianeidad nos asestaba una bofetada: la fusión era imposible. Ella tenía que encargarse de su vida. Yo tenía que encargarme de la mía. Habríamos querido mudarnos a la par de su casa. Cambiar de carrera y universidad, de religión y de afiliación política. Soñabamos con sincronizar nuestros relojes para así tomar siempre el mismo bus. Incluso hasta pensamos en matricularnos en su gimnasio (el colmo de la desesperación). Pero todo lo anterior era inútil: yo tenía cosas de qué encargarme. Ella también. Yo quería encargarme solo de ella (y esperaba que ella sintiera lo mismo), pero no era posible. Cuál fusión ni qué ocho cuartos! Existía una distancia real entre su vida y la mía.

Escribió alguna vez un maestro budista del cual disfruto mucho su lectura, que a nuestra pareja debemos tratarla siempre como si fuera un invitado de honor. Se lee tierno, pero no siempre lo recordamos. Al inicio nos salía casi automático ese trato diferenciado. Luego, esa persona, dando un salto de fe, decide acompañarnos en este recorrido llamado existencia y, por una extraña situación, empezamos a dejar de tratar a esa persona como invitada de honor. Incluso, no es este el peor escenario. Peor sería que ande yo por la vida asumiendo que debo ser tratado como invitado de honor.

La presencia de mi pareja dependerá, tanto de sus recursos (de tiempo, emocionales, incluso económicos), como de mi habilidad de comunicación. Quiero decir que no podemos exigir al otro estar allí siempre para nosotros (en casos de tan extremas carencias emocionales, una mascota es mucho mejor opción). Sí podemos, y acá viene lo de la comunicación, solicitarle su presencia en esos momentos en que sentimos requerir su compañía. Una de las cosas lindas de convivir por mucho tiempo es que te ahorrás dichas solicitudes. Con los años, tu pareja termina reconociendo lo que es importante para vos y viceversa.

¿De qué presencia estoy hablando? De presencia emocional, psicológica, claro está. Si, como escucho ahora con demasiada frecuencia, tu pareja te visita todas las noches pero no despega su mirada de su celular, te convendría no abrirle la puerta de tu casa con el fin de lograr, al otro lado de la pantalla, captar su atención por vía electrónica.

Concluyendo: no habríamos podido resistir la intensidad del enamoramiento. Y sí, yo se que hay gente que sostiene que aún se encuentran enamorados 40 años después, pero, en términos de energía psíquica, eso es materialmente imposible (déjenlos pensar eso, no le hacen daño a nadie). Convertir dicho arrebato en eso que llamamos amor es la clave de este complejo juego llamado relación de pareja. El amor no requiere fusión. Requiere oxígeno, requiere respeto, requiere aceptación de las diferencias.

¿Tratás a tu pareja como invitada de honor? Muy bien. ¿Te tratan como invitado de honor? Te felicito. ¿Nunca te trataron como invitado de honor? ¿Qué seguís haciendo allí? ¿Te trataban como si fueras invitada del palco presidencial pero ahora te mandaron a gradería popular? ¿Por qué lo permitís?

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal