Allan Fernández.2 septiembre

¿Conocen el refrán? “Vísteme despacio que tengo prisa”. ¿Qué significa? Creo que algo así: cuando tenés que enfrentarte a algo realmente importante, tenés que tomarlo con paciencia, con calma. Tenés que aprender a controlar tus ansias y, por ende, tus expectativas.

Justo ayer, en ambientes completamente diferentes, fui enfrentado a la misma pregunta: entonces, ¿cómo saber cuándo una relación tiene futuro? Entonces, ¿Qué les parece si le entramos a esto de los indicadores?. Y si algo de lo que estoy a punto de compartir no coincide con su relación actual, no se paranoiquee. Tranquilo. Tranquila. Esto no es una herramienta diagnóstica. Es un simple comentario.

¿La edad para correr menos riesgo? Gracias a la doctora Hannah Fry ya lo sabemos: arriba de los 27 años. Los “college sweethearts” cuentan con pocas posibilidades de sostener una relación exitosa al llegar a la madurez. Ojo. Puede que terminen juntos, pero no necesariamente porque estaban bien, tanto como pareja así como individualmente. Pónganle por favor atención a esto: la relación apropiada es esa en la que te sentís bien en ambas dimensiones: te gusta estar con esa persona y te gustás como individuo. El que no haya logrado ese nivel no está listo, lo cual no quiere decir que no pueda intentar emparejarse. Solo conlleva un riesgo mayor... para la otra persona.

Ya no en un sentido estrictamente cronológico, requerimos de personas realmente adultas. Quiero decir que la cantidad de años vividos no nos proporcionan ninguna seguridad de que estemos en presencia de alguien, no solo mayor, sino adulto. No es tan fácil reconocerlos a simple vista, pero podemos observar, por ejemplo, ¿cómo es la relación que mantiene con su familia de origen? Me refiero al nivel de preponderancia que le brinda, ya sea a su familia nuclear y/o al resto de su árbol genealógico. No estoy afirmando que requerimos que esa persona los odie. Simplemente debemos observar cuánta independencia ha conseguido a través de los años. Madurez, llanamente. Todos conocemos a alguien que continúa cómodamente disfrutando de las mieles del ser “hijo” o “hija” perenne. A esos, dicho en argot gastronómico, les falta rato para salir del horno. ¿Cuánto? No se. Pero les falta... Es más, hasta la Biblia secunda mi opinión -no sucede mucho-: “por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Lo de “una sola carne” me parece escalofriante, pero sobre esto he insistido muchísimo en anteriores entregas.

Hablando de independencia, sería importante que esa persona ya haya vivido por su cuenta una o dos temporadas. El vivir alejados de la zona de comfort de la que todos procedemos, nos permite desarrollar una serie de habilidades, tremendamente importantes, a la hora de convivir con alguien cuya visión de mundo no tiene por qué asimilarse a la nuestra. Vivir “solo” podría ayudarte a conocerte con profundidad, lo cual no es un resultado lógico tampoco. “Podría”, no es un hecho. Algunos, algunas, mentalmente continúan en su casa... en una especie de cuna imaginaria/cordón umbilical.

Y ya que mencioné lo de la convivencia, la prueba “realmente real”, si deseamos determinar quién sí y quién no, requiere de un tiempo de convivencia previa al matrimonio. Así no nos endeudamos en costosas ceremonias y/o aburridos discursos legales. Convivir -para este que escribe- es un “must”, una obligación. De no ser así, estás realmente apostando por una verdadera sorpresa. Y no sé si ya lo descubrieron, pero existen dos tipos de sorpresas: las maravillosas y las otras.

Yo podría seguir, pero no deseo insistir en aspectos tan obvios. Lo titulé así ya que estoy convencido que la clave principal es el tiempo invertido en conocer a esa persona. En esta sociedad que nos incita a desear todo YA, no les va a quedar más que ir con mucha calma, si lo que quieren es, no solo conocer, sino establecer algo robusto con alguien apto. No creo que debiera urgir, a no ser que la urgencia sea por construir algo interesante de a dos. Que nos urja, no emparejarnos, sino encontrar nuestra estabilidad integral.

Ah, la foto. Fue tomada por el fotógrafo Siyah Beyaz. Me recordó una anécdota personal: yo no leí mucho de García Márquez, pero recordé que mi esposa insistía en que sería mejor que nosotros viviéramos algo parecido a lo que se relata en “el amor en los tiempos del cólera” (dos personas que se atrevieron a estar juntos hasta su vejez). Nunca me sonó... ni leerme el libro, ni su propuesta. Yo sentía que era ella. Aún lo siento así. No iba a esperarme. No me esperé. No es que me urgía. Es que algo me decía que con ella estaría mejor... y así ha sido.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal