Allan Fernández.1 agosto, 2017

El amor... "¡Que bonito!", pensarán algunos. "¡Que pereza!", pensarán otros. "¿Qué será?", se cuestionarán algunos. Hoy vine a escribirle al tercer grupo, los que no saben muy bien qué carajos es -o no- el amor.

La pregunta no es ociosa. Cientos de grandes pensadores han intentado definirlo. Freud mismo pensaba que, con todo lo que artistas y poetas han dedicado a dicho tópico, ya no quedaba mucho más por decir. No es cierto. Sé que ahí el doctor pecó de humilde. Sus trabajos sobre el amor son fascinantes.

Ustedes saben que acabo de caer en cuenta de que, dos años luego de escribir sobre el amor, no he dedicado una sola línea a la etimología (campo del saber que estudia el origen y significado de las palabras) del vocablo. ¡Qué mal visto! ¿Cómo nadie protestó? No me digan que nadie se había percatado de esto. Valiente ex-psicoanalista este que no se detiene a estudiar a profundidad la lengua (no me refiero al apartado anatómico ese al que tantos usos le hemos encontrado). AMOR procede de "amma", término -indoeuropeo- con que se intentaba imitar el modo en que los niños llamaban a su madre (en algunos países a las mamás aún les dicen ammas). De amma surgió "amare" -acariciar como una madre- y de este "amar". ¿Qué tal? ¿La veían venir esa relación entre mami, los apapachos y el amor?

El amor y la caricia son cómplices. No hay amor sin cuerpo. Si me dejan intentar una separación -solo con fines didácticos-, podemos pensar el amor en dos dimensiones: la etérea y la real. Tenemos por un lado el amor como eso que nos eleva, que nos pone en contacto con lo sublime. Pero no podemos olvidar el amor como algo que solicita contacto. Es muy probable que el amor en su presentación etérea nos exija descender al ámbito de los cuerpos, al de la realidad. Puede también que existan amores que nacen en el puro plano de lo físico. No aparece lo etéreo, lo sublime. Todo se queda al nivel de la calentura. Pero bueno, en realidad no creo que hayan "amores". Solo quería dejar sentado un punto: un amor sin cuerpos es una entelequia, algo ideal, desprovisto de conexión con nuestros sentidos y nuestras sensaciones.

Si al amor le quitás el cuerpo -es lo que intenté decir el párrafo anterior-, le estarías quitando potencia, capacidad de afectar, de transformar la realidad. Ese amor aspiracional, ese amor metafísico, si es que acaso existe, es realmente difícil de observar y mucho más de entender. Algunos dirán que no están de acuerdo, lo cual es perfectamente válido. Nos querrán convencer de que existen los amores del alma, los que prescinden de corporeidad. Quizás. Quizás no. A lo mejor le estamos llamando amor a otra cosa: filantropía, solidaridad, conexión espiritual...

El amor requiere del cuerpo. Estar en presencia de las personas que amamos se siente en el cuerpo. Es inevitable. El cuerpo sabe mucho más sobre el amor que nosotros mismos. Es más: el cuerpo sabe cuándo amar es lo indicado y cuándo no. ¿Han escuchado el refrán “ningún corazón engaña a su dueño”? Conozco casos en que eso sí sucedió. Quizás sería más acertado plantear que ningún cuerpo (sistema nervioso incluido) engaña a su dueño. He escuchado a cientos de personas a los que el corazón los embarcó. El cuerpo, sin embargo, intentaba desesperadamente pedirle que se lo pensara mejor. Pero, con eso de que “nadie escarmienta en cabeza ajena”... lo cual tampoco es cierto... en fin, sigamos.

El amor que se alía con el dolor es una farsa. El que requiere del sacrificio es una desvirtuación total. Ese amor que no quiere convocar la caricia, los cuerpos, el apapacho, la acurrucada, es una mala copia del verdadero amor. Sería como unos anteojos marca Kalbin Clein. El amor sin cuerpo es un invento perverso y, como tal, busca enfermar, reprimir, controlar. Quítenle a un ser humano la capacidad de experimentar el amor y le habrán quitado todo. Arránquenle el cuerpo al amor y tendremos que buscarle otro nombre. Un amor sin cuerpo -ya no sé cómo decirlo- no es amor.

El amor significa libertad, crecimiento, evolución. Parte de lo incondicional y no tiene ningún interés en retener, en frenar, en castrar a nadie. Recuerden la etimología del término. El amor, ¡significa!

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal