Allan Fernández.26 agosto

El colega Juan David Nasio, en su célebre “El libro del DOLOR y del AMOR” (1998), plantea algo francamente desesperanzador: si se quiere evitar el dolor psíquico, se debe evitar el amor. Nunca se está tan cerca de sufrir, como cuando se ama. ¿Por qué? Siempre y cuando mi ser amado me trate como yo deseo, las cosas marcharán bien. Sin embargo, basta que esa persona empiece a tratarme mal, para que el dolor nos visite y se aloje en nuestro interior.

Entonces”, piensa alguien. “¿Qué hacemos? ¿Quedarnos solos?”. Pues no. La soledad puede ser todo un semillero de sufrimiento, sobre todo para el que no ha aprendido a aprovechar dicho estado. En estas épocas en las que el ruido se convirtió en nuestro hábitat, la soledad puede resultar infernal para algunos, lo cual es una lástima. Es más fácil escuchar nuestro interior cuando nada -ni nadie- nos distrae.

Cuando amás a alguien -o a algo-, dicho objeto se convierte en algo “esencial”. Requerimos de su presencia. El percibirlo nos genera tranquilidad. Su ausencia nos sume en la duda. El tiempo, muchas veces cómplice de nuestros dolores emocionales, nos ayuda a acostumbrarnos a dicho objeto. Nos habituamos. Ese preciado objeto se convierte en algo “familiar”. Siempre y cuando ese objeto se comporte como lo esperamos, no habrá de qué preocuparse. Si los objetos amados no se transformaran con el tiempo, los psicólogos clínicos -así como los fabricantes de antidepresivos- tendríamos mucho menos trabajo. Pero ustedes lo saben: todo lo que existe está afecto a transformación. Es una ley universal. El cambio es natural.

Si revisamos someramente nuestra historia, en alguno de nuestros nada celebrables quebrantos amorosos, recordamos ese momento en que observamos algo que nos paralizó: nuestro ser amado no se mostraba tan conectado como antes. Días antes todo parecía de acuerdo al plan (al nuestro, recuerden que el plan del otro es algo que a lo que no tenemos acceso). Sin embargo, algo se sentía diferente. Surgieron problemas en la conexión. En ese punto, el cual requiere de una rápida intervención, tenés 2 caminos: dar tiempo, con la esperanza de que dicho problema se solucione solo o abrir un canal de comunicación con el otro. Obviamente, el primer camino es arriesgado y algo infantil. El segundo, comunicarse, es el modo adulto. Las parejas adultas se comunican. Las parejas infantiles se pelean y se separan y se reconcilian y se separan y se reconcilian. La madurez de una relación no depende solo de la cantidad de años de conocerse. Se requiere, sobre todo, de la edad emocional de los miembros de la pareja. Edad EMOCIONAL, léase bien.

¿Y con hablarlo se soluciona?”, se pregunta alguien. No necesariamente. Pero si te tomaste el tiempo para construir tu relación con alguien apto, las razones del por qué de la desconexión podrían solventarse, si ambos lo desean. La experiencia clínica me demuestra que, cuando en una pareja, uno desea trabajar en los puntos de desconexión y la otra persona no, el fracaso -tanto de la terapia como de la pareja- será el resultado normal. “Pero bueno”, piensa alguien. “Yo conozco parejas en las que uno quería estar mejor y la otra persona no y vivieron 60 años juntos”. Acá voy a caer bien mal: vivir 60 años juntos cualquiera lo logra -sobre todo si uno, o ambas personas, no creen poder sobrevivir en soledad-. Vivir BIEN -sanamente- 60 años, ¡eso sí es algo admirable!

La posibilidad de que una relación amorosa llegue a un final no deseado es siempre una posibilidad real. Yo puedo amar con locura a alguien. Esa persona puede jurarme amor eterno. Sin embargo, eso en nada predice el futuro. Cuando alguien les dice “te amo”, siéntanse bien. Cuando alguien les dice “te amaré por siempre”, pídanle a esa persona que no prometa algo que no está en sus manos cumplir.

Mi trabajo ha estado plagado de historias de desamor. En un buen número de ellas, el problema principal era la incapacidad de “superar” alguna relación amorosa. Llegaron los que terminaron su relación y de pronto dudaron de dicha decisión. Llegaron a los que les terminaron y no lograban comprender el por qué. Llegaron los que buscan la fuerza -o al menos el plan- para terminar su relación actual. Incluso llegaron los que sueñan con que su pareja actual decida abandonarlos, con tal de no tener que ser los que le anuncien al otro tan infausta noticia. Llegaron los que se excedieron prometiendo amor eterno y los que creyeron en dicha promesa. Sea cual sea el escenario, hayás sido el que quiebra o el quebrado, el engañador o el engañado, no existe otra vía por medio de la cual “superar” dicha lesión emocional: el atravesamiento del duelo psicológico.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal