Allan Fernández.27 marzo, 2016

En la primera parte de esto mencioné el sospechoso miedo que se activa en miles de personas cada vez que se emparejan. De la reflexión respecto a qué tan felices somos, a la hipótesis de que quizás si nos lo estamos preguntando es porque no lo somos tanto, hasta el cuestionamiento de nuestra relación actual. Esa seguidilla de procesos cognitivo/emocionales convierte a muchos en asiduos lectores del -muy gustado- género literario conocido como "autoayuda".

Paso lista a las letanías más usuales en mi consulta, relacionadas estas a los miedos:

- ¿me estaré conformando?

- ¿me amará realmente?

- ¿irá a cambiar? (esta es, por mucho, la más peligrosa)

- ¿me llegará a querer algún día la suegra?

- ¿y si me busca mi ex?

- ¿madurará?

- ¿dejará algún día de enfiestarse?, etc., etc., etc.

A este miedo a la felicidad le podemos entrar desde 2 lados. Ambos son hipotéticos. Uno surge de la creatividad del padre del psicoanálisis, el famoso Sigmund Freud, santo patrono de la psicología latinoamericana, el cual hasta terminó alimentando la prosa del también controversial Ricardo Arjona (controversiales por razones diferentes, obviamente). La otra proviene de la neurociencia (parte de la ciencia que estudia el cerebro y sus recovecos).

En 1916 Freud escribe un textito muy interesante, en el cual -apartado segundo-, la atención del lector queda capturada, gracias a un título muy mercadeable: "los que fracasan al triunfar". No hay forma de no leer algo con tan sexy título. En él, Herr Freud, fiel a su propuesta de los sentimientos edípicos y las culpas infantiles (a él el tema de la culpa le encantaba), nos propone una hipótesis muy sugerente: algunas personas se sienten mal, no al fallar, sino al triunfar.

"¿Qué es eso tan raro?", se pregunta alguien. En realidad no es raro. Conozco bastantes personas que calzarían perfectamente con esta descripción freudiana (yo mismo recuerdo momentos de mi vida que bien podrían explicarse según esta sugerente tesis). No está de más aclarar que voy a simplificar su teoría a niveles muy pero muy básicos.

Para no hacerlo muy largo, algunas personas, al momento de triunfar, activan un proceso en el que, desafortunadamente, llegan a sentir que no merecen triunfar. ¿Cómo así? Pues bien, piensen en alguien que procede de una pareja de padres cuya relación fracasó. De su historia, lo que esa persona puede recordar es cómo mamá -o papá, o mamá y papá- sufría por su relación. La postal que se le viene a la mente, cada vez que recuerda su relación de origen, es alguien triste, alguien frustrado, alguien decepcionado. De pronto, esta persona conoce a alguien equilibrado, entiéndase sano en sentido psicológico. Al inicio todo marcha de maravilla. Sin embargo, en algún momento, empieza a experimentar ciertos malestares. No es que su pareja se haya "convertido". Es solo que, más allá del bienestar que experimenta al estar con alguien estable, empieza a ser presa de toda una serie de sensaciones incómodas.

Freud, si pudiera comentar este "extraño" fenómeno, diría algo así (en alemán): eso que lo está haciendo sentirse mal es el sentimiento de culpa, ya que, inconscientemente, siente que, al estar bien con su pareja, de algún modo está traicionando a sus padres, ya que ellos no lograron ser felices. Al venir de padres sentimentalmente fracasados, no puede lidiar con el hecho de "ganarles". Si esta persona triunfa en su relación, habrá superado a sus papás. Eso, por cuestiones inconscientes, no puede suceder. Hay que padecer, igual que papá y mamá. Hay que ser solidarios. No se merecen los viejitos que yo les demuestre que sí se podía sostener una relación sana.

Resultado final, según Freud: esa persona se va a traer su -sana- relación al suelo, si no es que antes toma conciencia de su proceder. El desenlace final de alguien que no se sienta bien en una buena relación, será siempre el mismo: dicho humano, inconscientemente, buscará los modos de "pasearse" en su relación. Cuando esta relación se haya acabado, aún y cuando sin duda se sentirá triste y contrariado, logrará apaciguar sus sentimientos de culpa. Volverá al rango de sus papás. Es una especie de loca solidaridad familiar. Si mis papás sufrieron, yo sufro. Asumo que a algunos no les está gustando mi escrito...

Puede que Freud tenga razón... puede que no. Pasemos entonces a la segunda hipótesis. Allá por los setentas, el investigador norteamericano Paul MacLean estremecía los cimientos de las ciencias humanas, al proponer su hipótesis sobre la evolución cerebral. Según él, nuestro cerebro, aún y cuando ha evolucionado, continúa conservando las versiones más “arcaicas”. Dicho en términos coloquiales: cada “upgrade” de nuestro cerebro se acopla a las versiones anteriores. No las desinstala. Más bien, les cae encima, sin eliminar las previas. En síntesis: el ser humano posee un cerebro simiesco, el cual, gracias a la evolución, se ha perfeccionado. Sin embargo, en la base de nuestro apartado cerebral, la versión de nuestros antepasados continúa allí y -he aquí lo más controversial- aún funciona, lo cual quiere decir que, en momentos particulares, seguimos pensando -y actuando- como monos.

"¿Y esto a mí qué?", se pregunta alguien. Pues bien. A usted esto le incumbe. Ahora, si piensa que la historia humana empezó con un tipo y una tipa, los cuales, chingos hablaban con culebras y se alimentaban de manzanas, va a ser difícil que nos podamos poner de acuerdo. Tiene usted todavía oportunidad de cerrar esta ventana y ponerse a hacer otra cosa. Hágalo... le doy tiempo...

Ok. Si sigue aquí podemos continuar. La parte más arcaica de nuestro cerebro MacLean la llamó "cerebro reptiliano". Imagínense. Es más arcaica -más básica, más animal- de lo que creíamos. Ni siquiera la llamó "cerebro simiesco". No. El tipo quería llamar nuestra atención. Cerebro reptiliano: existe una parte de nuestro cerebro que reacciona como reaccionan los cerebros de las lagartijas que viven en nuestros cielorrasos. Es tremendamente irracional. Es impulsivo. Es asustadizo. Solo conoce 2 estados: "tranquilidad" y "peligro". Es compulsivo. Cada acto que se repite, por una cuestión de ahorro de energía vital, es convertido, gracias a esta parte de nuestro cerebro, en un ritual, en un destino... en una compulsión. Esta parte de nuestro cerebro, dicho en tico, "no se quiere joder la vida". Lo que ya conoce es considerado normal y, a partir de esto, busca repetirlo "per secula seculorum" (se algunas cosas en latín ya que de niño era monaguillo).

¿Están listos para lo que viene? Maravilloso. Un autor que estudio en estos momentos propone una tesis muy sugerente: si nuestro cerebro más arcaico busca repetir aquello que conoce -aquello que nos resulta "familiar"- y, alejándose de la lógica y la razón, busca re-producir lo ya conocido, entonces, podríamos utilizar esta idea para intentar comprender, por qué, algunas personas intentan hacer de sus relaciones actuales una copia de la relación de la que proviene. ¿Entienden el punto? Si la "manada" de la que yo procedo -mi familia, mi clan- lo que me enseñó es a sufrir por amor, a sentir culpa, a pensar que la felicidad no existe o que no la merecemos, a hacer cosas con las cuales alimentar mis malestares y locuras, mi cerebro reptiliano, interesado en dejar todo como siempre ha estado, me va a ayudar a buscarme a alguien con quién re-actuar la historia de mis padres. Una vez que logre sufrir, como sufrían mis creadores, lograré demostrar de cuál clan procedo. Es, como lo dije mientras escribía sobre Freud, una loca solidaridad familiar.

Considero que estas hipótesis no se contradicen. Lo que Freud observó bien podría ser la resultante de lo que MacLean nos propone. ¿Quiere esto decir que papá y mamá son los culpables de que no logremos ser felices? Si usted llegó a dicha conclusión, se nota que anda usted buscando culpables a quiénes hacer responsables por sus decisiones. No hay culpables. Es su RESPONSABILIDAD -no su culpa- trabajar su equilibrio mental y, gracias a esto, lograr romper los paradigmas familiares que anda cargando. Si papá y mamá no supieron ser felices no tendría por qué ser considerado un destino ineludible...

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com