Allan Fernández.2 diciembre, 2015

Cada vez que alguien se apresuró al iniciar una relación, corrió un alto riesgo de terminar sufriendo. Procedo a explicarlo...

El miedo a la soledad es un miedo eminentemente humano. Nadie quiere estar solo. Algunos -lo digo con mucho respeto-, tuvieron que habituarse a la soledad. No les quedó otra opción. Es que la soledad no es un estado natural para el ser humano. Somos animales gregarios. Estamos diseñados para estar rodeados de otros seres humanos. Es por esto que muchas personas, solo al pensar en estar solos, experimentan una incómoda sensación. Nuestra naturaleza nos ayudará a intentar esquivar la soledad a toda costa. Se invierte en este caso el refrán: mejor mal acompañado que solo.

Situación hipotética : me siento solo. Requiero alguien que quiera acompañarme. No voy a ponerme muy estricto. Casi cualquiera que quiera acompañarme me resulta interesante. Todo lo que quiero es no sentir el efecto de la soledad. No me gusta cómo se siente. Me abro a la experiencia de ser acompañado... por cualquiera.

Muchas de las historias que he escuchado en mi consultorio inician como la que acabo de describir. Utilizar criterios tan vagos como los anteriores me colocan en una situación de riesgo: si los requisitos que espero del otro se reducen a un interés en hacerme compañía, ¿cómo asegurarme que sea la persona indicada? ¿Qué tal si esa persona, desafortunadamente, sufre de lo mismo? Mi soledad se hace acompañar de la soledad de la otra persona. Es una relación entre soledades. Yo ofrezco mi soledad. La otra persona ofrece su soledad. ¿Qué se forma? Dos personas, juntas y aún así solas.

Mi soledad, de no ser tomada como lo que podría ser, a saber un momento potencial de crecimiento y autoconocimiento, se convierte en un mal a evitar. Necesito que mi pareja esté presente, lo quiera o no. Acá no hay opción. Abrí la posibilidad de emparejarme con un único propósito: evitar sentirme solo. Esa persona, mi pareja, es un paliativo contra la soledad. No es que me haya curado del miedo a la soledad. Es solo que coloco a mi pareja encima de mi miedo. Lo utilizo para cubrir, para esconder, para tapar. Continúo temiendo la soledad. Mi pareja es un distractor. Gracias a su presencia, evito enfrentarme a la soledad, enfrentamiento que, al solo pensarlo, despierta mis peores temores.

¿Y si esa otra persona viene huyendo de la soledad? Estamos frente a un problema. Yo quiero que me acompañe cuando yo quiera. Mi pareja va a querer lo mismo. A mí me urge no sentirme solo. A mi pareja le urge lo mismo. Tenemos que ponernos de acuerdo: ¿cuando tengo yo derecho a pedirle que deje de hacer lo que está haciendo para acompañarme y, peor aún, cómo haré cuando me pida exactamente eso? Sería lindo pensar que nuestras agendas se entrelazarán en un lazo de amor y empalagazón. Casi nunca sucede. Yo no quiero negociar. Mi pareja tampoco. No sabemos cómo resolver este problema: los dos queremos ser amos y ninguno quiere ser siervo. Demasiados caciques y ningún indio...

De ese desencuentro de carencias y agendas, la posibilidad de ser feliz es prácticamente nula: ni yo me siento acompañado, ni logro generar dicha sensación en mi pareja. Nos apresuramos en evitar la soledad y hoy, aún y cuando no lo teníamos planeado, caemos en cuenta de algo terrible: no era el momento. La urgencia nos mal aconsejó. En temas de relaciones amorosas, la urgencia es siempre mala consejera.

El amor tiene un tiempo particular. No es ni el mío ni el de mi pareja. Es un tiempo que no le pertenece a nadie. Solo aparece. Con naturalidad, orgánicamente, sin forzarlo. Forzarlo es matarlo. Matarlo es morir... mi pareja...y yo.

¿Desean dejar de sufrir? ¿Están sufriendo actualmente en su relación? Pregúntense si esto que hoy los hace sufrir surgió de la premura. Quizás allí está la respuesta que andan buscando.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal