Allan Fernández.29 noviembre, 2015

La soledad pareciera un problema para el humano. Sabemos -conscientemente- que no tenemos nada de qué temer, sin embargo, la evitamos. La sola idea de no estar acompañados, a muchas personas, les generan reacciones incluso fisiológicas (ya le dedicaré un escrito completo a los ataques de pánico). Querríamos -así de fantaseosos somos- elegir cuándo estar solos y cuándo acompañados. Soñamos con una pareja que esté cuando lo requiramos y se retire cuando su presencia no sea necesitada. Decimos querer una pareja... en realidad deseamos una mascota. Quizás por esto, el psicoanalista Jean Allouch alguna vez planteó conocer cuál es el deseo de los amantes: una persona que se comporte como un perro (en el sentido de fidelidad y obediencia). Que venga cuando lo llamemos y se retire cuando lo espantemos.

Paradójicamente, la soledad es un espacio inmensamente favorable. Sin embargo, hoy en día contamos con miles de estímulos, los cuales, persiguen un único propósito... distraernos. “Distrae y controlarás”. Aquel que se distrae deja de pensar. Aquel que deja de pensar es mucho más fácil de controlar. Salgan en este momento y vean las hordas de personas inmersas en la pantalla de su celular, concentrados en temas sin ninguna relevancia. Vivir, hoy en día, es distraerse tanto como nos sea posible.

¿Cuál es la cura contra la distracción? Su opuesto: la concentración. Cuando dirigimos todos nuestros sentidos hacia un solo punto, contamos con más posibilidades de comprender dicho objeto. El enamoramiento es un estado de hiperconcentración. Cuando nos encontramos enamorados, únicamente nos interesa un objeto: ese ser que nos desordena hormonalmente. Todo lo demás pasa a segundo plano: alimentarse, ejercitarse, ahorrar, trabajar, estudiar, rezar, meditar, visitar a la abuela, etc. Nuestro mundo se reduce a un solo punto: el espacio donde se encuentre ese objeto amado y deseado.

Sin embargo, en múltiples oportunidades he insistido en lo siguiente: el enamoramiento pasa. A algunos les dura más, a otros menos, pero en todos acaba. Pasamos de la hiperconcentración en el ser amado, a la necesidad de concentrarnos en todo aquello que pospusimos mientras estuvimos enamorados: tenemos que volver a la universidad, al gimnasio, a la iglesia, a la casa de los abuelitos... La vida te permite distraerte unos cuantos días de tus responsabilidades, pero te esperará con paciencia. Vas a volver. Tendrás que volver a tu vida usual.

¿Cuál es el propósito de los seres vivos? Crecer. Evolucionar. Es una impronta biológica. Tenemos que. Es por esto que se supone que cada decisión que tomamos, cada evento en el que participamos, cada idea y emoción que surje de nosotros, tendría que tender a nuestro crecimiento. Se oye bien pero, ¿por qué algunas personas toman decisiones que parecen frenar su crecimiento? Algunas incluso parece que involucionan. Todos conocemos a alguien que iba bien hasta que inició una relación. Traía un muy buen impulso, tenía claras sus metas, deseaba alcanzar mayores estados de bienestar hasta que... se encontró con alguien que, más que pareja, funcionó como freno. ¿Por qué frenó? ¿Por qué lo aceptó? ¿Por qué no se salió de ahí?

Yo les voy a proponer una hipótesis. Esa mala elección, en un buen número de oportunidades surgía de un elemento común: la falta de amor propio. Toda aquella persona que no está segura de cuánto vale, acepta casi cualquier propuesta.

Si la soledad ha sido mi hábitat natural, cualquier puerta de salida resulta atractiva. Acá parece importante aclarar algo: por soledad no debe entenderse ausencia de gente a nuestro alrededor. Yo puedo estar embutido entre muchas personas y aún así experimentar soledad. La soledad es un estado emocional, producto más de las carencias afectivas que de la realidad actual. Surge de la falta de atención en momentos previos de su existencia -la niñez y la adolescencia, por lo general-.

No hay problema con desear amar y ser amado. No veo inconveniente en todas aquellas personas que sienten estar listas para construir algo sano y esperanzador. Yo solo les recomiendo algo. Retírense a algún espacio silencioso. Relájense. Tranquilícense. Luego pregúntense: ¿me amo y respeto lo suficiente? ¿cuento con la inteligencia emocional suficiente para discernir si estoy realmente preparado o en realidad solo estoy evitando la soledad? ¿si elijo a alguien y esa persona cambia, y al cambiarme busca causarme daño, tengo a mi haber la fuerza para finalizar dicha relación? Si luego de preguntarse estas 3 cosas, las respuestas fueron “Sí, sí y sí”, adelante. Con una que haya generado un “no estoy seguro”, deténgase. Aún no está listo. Falta crecer. Falta concentrarse. Falta entender que la siguiente relación podría ser más un distractor que un momento de bienestar. Empezá por quererte.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal