Allan Fernández.23 julio

Tres años ya. Fue en julio del 2015 que me ofrecieron “bloggear” para la revista. Primero tuve que ponerle nombre al blog y luego, al ritmo que yo quisiera y sin ninguna restricción editorial, atreverme a contar algo que pudiera ser de interés o al menos de entretención. “Enredos Amorosos” me ha permitido llegar a lectores de diversas partes del continente, lo cual aún me parece increíble. Eso sin siquiera confesar lo raro -y agradable- que se siente cuando alguien se acerca en algún banco o algún restaurante a agradecerme alguna publicación en particular. En el ranking de personas que siguen este blog hay un empate en el puesto #1, ya que varias personas me han asegurado ser los fans #1.

Hace unos días, mientras repasaba los títulos de algunas publicaciones, caí en cuenta de algo: he estado induciendo a error a mis queridos lectores. Les he hecho pensar que estar emparejados es muy importante... y la verdad es que no es cierto. Emparejarse no es más importante que otros aspectos de nuestra vida. En mi defensa diré que me he dejado llevar por lo gratificante que me resulta a mí estar casado. Pero estoy seguro que si hubiera escrito hace 15 años, la temática de las relaciones no me habría merecido ni dos renglones.

En este momento social todo se quiere de inmediato. La inmediatez parece ser una especie de principio regulador. Lo bueno es bueno y lo deseable es deseable en la medida que podamos accesarlo pronto. “No sé cómo hacer amigos”, pensarán algunas personas. “Ya se”, se dicen a sí mismos. “Voy a buscarme algún libro o, mejor aún, voy a buscar algún tutorial en youtube, preferiblemente de no más de 5 minutos, con pasos precisos sobre cómo ser agradable a los demás”. Estas personas, en el mejor de los casos comprenden que se requiere de mucho más que un libro y un par de videos. En el peor de los casos se vuelven compradores compulsivos de cuánto curso, taller y amuleto les ofrezcan. Y créanme, la demanda crea la oferta (economía 101). No duden que empezarán a aparecer cientos de especialistas en “social skills”.

Con las relaciones sucede algo similar. La cantidad de textos al respecto se volvió un género muy apetecido. El problema es que parece no existir el consenso. Unos recomiendan cambiar. Otros, mantenerse inalterables. Están los que recomiendan el sexo como modo de encontrar a la pareja y también los que aseguran que el sexo es precisamente el problema. Ya incluso contamos con especialistas recomendando la monogamia, junto a otros que aseguran haber encontrado en el amor libre la respuesta al enigma de los emparejamientos. Y no crean que no sé que con mis escritos sucede lo mismo. Si usted es una persona fervorosamente religiosa y creyente en la santidad, el pecado y las acechanzas del cachudo, es muy probable que esté leyendo esto por equivocación. Basta con haber leído un par de entregas anteriores para observar el escaso valor que le encuentro a dichos conceptos. Soy pro-convivencia previa al matrimonio. Estoy convencido que llegar vírgenes al matrimonio es más un problema que una solución y tampoco considero que haya que honrar una promesa de amor eterno si dicha emoción dejó de sentirse. En los anaqueles de “parejas y familia” de las librerías cristianas nunca encontrarán un libro mío, si es que alguna vez me atrevo a escribirlo.

Claro que encontrar a alguien con quién compartir nuestra vida es algo emocionante, agradable y hasta útil. Bastantes estudios estadísticos así lo demuestran. Lo que no parece subrayarse lo suficiente es lo difícil que resulta alcanzar ese estado si no hemos logrado cierto nivel de autoconomiento y estabilidad -en diversos niveles-. El matrimonio no es la meta. Es una parada más. A algunos les llegará pronto, a otros no. Están incluso los que no llegarán a conocerla, lo cual no tendría por qué ser vivido como algo malo. Casarse por casarse, eso lo hace cualquiera (vuelvan a ver sus familias de origen y observarán cómo lo usual es encontrar parejas disfuncionales). “Antes, como habían valores, las parejas duraban más”. Si por “valores” queremos decir el peso que generan los dogmas, pues sí, antes todo eso pesaba más. Pero no creo que fueran más felices. Quizás más resignados sí...

Si les urge emparejarse, algo internamente no anda bien. Debería urgirles sentirse bien, determinar sus metas de vida -esperando que no sea casarse la única-, crecer. Viajar más, comprar menos -como escuché en alguna charla-. Encontrar pasatiempos, tareas que les apasionen. Aprender a disfrutar del ocio. Explorar su creatividad. Ayudar a los demás. En síntesis, convertirse en alguien equilibrado, satisfecho y con un propósito existencial definido.

No sé cuánto tiempo le quedará a este blog... pero consideré importante aclararlo.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez