Por: Allan Fernández.  11 octubre, 2015

Existen al menos dos modos de amar: se puede amar sanamente y se puede "amar" posesivamente (las comillas son importantes, pónganles atención).

El primer amor, el amor sano, potencia, sana, nutre. Ser amado por alguien sano crea nuevas posibilidades de crecimiento, de expansión, de felicidad. Amar a alguien sano es algo sencillísimo. Las cosas fluyen de modo natural, orgánico. Se invierte mucho más tiempo avanzando que resolviendo problemas. Sí. Yo lo sé, los problemas son inherentes a la existencia humana. Sin embargo, si contás con alguien sano a tu lado, las cosas son mucho más fáciles (dos mentes funcionan mejor que una... si estas mentes aspiran al balance).

El “amor” posesivo, en realidad, no es amor. Se alimenta del miedo, de las inseguridades, de las carencias afectivas del pasado. Busca la fusión. Busca el ahogo, la incomodidad. Se alimenta de los terrores de nuestra niñez. Así como de niños a algunos nos aterraba la posibilidad de dormir separados de papá y mamá, así, muchos años después, volvemos a experimentar el terror de no contar con ese objeto neutralizador de miedos llamado nuestra pareja. Esa persona que comparte nuestra vida, más que un ser humano, se convierte en un peluche.

Si no hemos madurado lo suficiente, le pediremos a nuestra relación subsanar rollos mentales que a esa pobre persona no le competen. Y es que hacer madurar al otro es, en el mejor de los casos una fantasía, en el peor... una tontería. Puede que ese otro, al inicio, de un modo artificial, logre hacernos experimentar que todos nuestros miedos se han mudado. Sin embargo, los miedos son como los gatos: tarde o temprano vuelven.

En una pareja sentimental se puede romper casi todo, excepto la CONFIANZA. Recuperarla toma tiempo... mucho tiempo... muchísimo tiempo... algunas veces no se logra. Es que, si lo pensamos con cuidado, la confianza es un acto de fe, es algo que ve hacia el futuro. Yo, hoy, confío en que, de hoy en adelante, tus actos serán acordes a lo que hemos pactado. Para que yo me permita CREER con ese nivel de FE, necesito que lo ya vivido sustente mi confianza en la pareja. Pero, y si no? ¿Si ese otro prometió y no cumplió?

Una cosa es querer confiar y otra, muy diferente, lograrlo. Pensemos en el caso hipotético de un acto que golpeó la confianza de uno hacia el otro. Esas dos personas, sea por amor, por costumbre, por la pereza de tener que separarse, por la hipoteca, por los niños o por lo que sea, deciden continuar. El que faltó al pacto tendrá que esmerarse, con el fin de permitir que la persona dañada se cure. El problema es precisamente con el que fue, si me permiten el dramatismo, traicionado. Esa persona cuenta, como todas las personas, sin distingo de género, con una memoria emocional y con esa no se juega.

El que generó la desconfianza hará hasta lo imposible para demostrarle a su pareja que ha cambiado. La parte ofendida -utilizando jerga del derecho- no está obligada a confiar. ¿Esto se entiende? Que una de las dos desee cambiar no implica que la otra parte deba aceptarlo. La clínica con parejas está plagada de historias en las cuales aquella persona, consciente de su error, claudica en su esfuerzo de devolverle a la otra persona la confianza. Es que el ofensor cometió un error psicológico básico. La confianza es un sentimiento que se gesta en mi interior. Poco tiene que ver con lo que el otro diga o haga.

Me detengo en esto último. Si recuperar la confianza no está directamente relacionado con lo que hagan los otros, ¿por qué tantas relaciones padecen los efectos de la desconfianza en estos momentos? Déjenme compartirles lo que pienso: el problema de las relaciones no está en la desconfianza. Está, más bien, en la falta de autoconfianza, en la confianza en mí mismo. Si el otro es la fuente de mi estabilidad, tarde o temprano esa persona, consciente o inconscientemente, hará algo que me genere dolor. Si yo contara con la suficiente confianza en mí mismo, entendería que, en el fondo, el error cometido por el otro, es más un producto de su neurosis que un acto en mi contra. Está en mí querer seguir adelante o dejar las cosas allí. Las dos se valen...

Los consejeros matrimoniales buscan, a toda costa, lograr que las parejas se mantengan unidas. Los terapeutas, al menos es mi opinión, determinamos los pros y contras, tanto al continuar como al dar por finalizada la relación. Nuestro trabajo es menos romántico que el de los consejeros, no hay duda. Es solo que hay situaciones donde lo romántico debe dar paso a lo indicado, a lo correcto... a lo lógico.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez