Allan Fernández.14 enero

¿Existirá LA persona indicada? Y si nos la topamos, ¿podremos convencerla de elegirnos? Y, si nos elige, ¿contaremos con la capacidad de hacer lo correcto y evitar equivocarnos? Y si logramos hacer lo correcto y evitar lo incorrecto, ¿nos aseguraremos que se mantenga con nosotros? Y si se mantiene con nosotros, ¿qué hacemos si somos nosotros los que nos aburrimos? Y si nos aburrimos, ¿nos aguantamos el aburrimiento o nos vamos?

Buscar a dicha persona, ese ser que nos comple(men)tará de modo cuasi mágico, lo considero un sinsentido. Conocemos cientos de personas que se mal-gastaron su vida buscando. Buscaron y buscaron y buscaron... pero nada. Pero nadie. Sí aparecieron algunas personas, pero no eran LA persona. Cada nuevo fracaso alimentó la frustración. Duda, enojo, recriminación, conformismo. Alcanzan ese punto en que la consola de videojuegos y/o los gatos se presentan como la única solución posible.

Yo hoy entré a proponer algo diferente: dejen de buscar a LA persona. Traten más bien de encontrar a alguien APTO. Alguien cuyas aptitudes se concilien con el objetivo que nos hemos trazado, recordando que nuestros objetivos tendrán, a su vez, que compaginarse con los objetivos de la otra persona. El egoísta, por ejemplo, es in-apto, si lo que se busca es consolidar un proyecto de pareja. Es INEPTO.

Suena fuerte, yo sé. Decirle a alguien “inepto” no se oye bonito. Pero existen. Todos l@s conocemos. Antes de describirlos, echemos mano de la etimología. In-epto, por deformación fonética, proviene de “apto“. Este hacía referencia a un verbo, por ende a una acción: “apio”. Dicho término era utilizado para designar el acto de ligar, atar, aprehender, vincular, relacionar. ¿No les parece interesante? A mí sí. Algo con características “aptas“ cuenta con la capacidad de ligarse, de atarse, de unirse, de relacionarse.

Esto me permite plantear la siguiente diferenciación: existen personas aptas y personas in-aptas, ineptas. Y todos somos ineptos para varias cosas. Algunas personas cocinan muy bien, otras no. Existen los que cuentan con habilidades en el baile. Pero también existimos los que no. A muchas personas les gusta subirse a las montañas rusas. A otras no. Algunos somos buenos memorizando. Existen los no muy duchos en ese campo. Son memorísticamente ineptos. No aptos. Y así podría continuar, pero no le veo el sentido.

Mi oficio me ha enseñado que la actitud es fundamental, pero no alcanza. Una buena actitud es importante, pero con eso no hacemos mucho. Requerimos de las aptitudes necesarias. No será casual que, si buscan definiciones de “aptitud”, encontrarán con mucha frecuencia referencias a la inteligencia, a las habilidades, tanto las innatas como las aprendidas. Permitiéndome entonces el reduccionismo: la actitud se relaciona con las intenciones, la aptitud con los actos.

Propongo el concepto de “ineptitud emocional”: alguien cuyas características psicológicas imposibilitan siquiera pensar en la posibilidad de soñar con algo medianamente sano. Quisiera poner ejemplos, pero me propuse ser un poco menos polémico. Para escribir cosas políticamente correctas soy totalmente inepto. Ustedes los y las conocen. Piensen un poquito.

Por contraposición, ¿quién sería alguien apto? Fácil. Alguien cuya visión de mundo, cuyos intereses, cuyas metas y deseos, no solo no riñen con los nuestros, sino que pueden complementarse. ¿Y cómo nos damos cuenta si esa complementariedad es factible? Con paciencia. Poniendo atención, desde la primera salida.

¿Está mal encontrarse en un periodo de ineptitud emocional? No necesariamente. Basta con no embarcar a nadie, prometiendo algo para lo que no cuenta con las aptitudes necesarias y listo. Sí. Leyeron bien. No creo que exista alguien -por siempre- emocionalmente inepto. O al menos no conozco a nadie. Son periodos. Algunos se disuelven con el tiempo... otros no queda más que trabajarlos. El tiempo (no) todo lo cura.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal