Por: Allan Fernández.  30 agosto, 2015

Uno de estos días, mientras esperaba a mi hija, observé una escena muy frecuente: una niñita que llega con su madre y, al salir, se va con su padre. La situación captó mi atención: tensión entre los progenitores (era evidente que ya no convivían), aparente uso mínimo del lenguaje hablado (por contraposición a un agresivo lenguaje gestual), desconcierto y nerviosismo por parte de la niña, etc. Ustedes, sea que se hayan divorciado ó que procedan de una pareja divorciada, entenderán perfectamente a qué me refiero.

Hace más o menos 10 años (quizás más), en momentos en que me estrenaba en el oficio de docente universitario, alguien me preguntó si consideraba posible que un divorcio no afectara psicológicamente a los protagonistas. Mi respuesta, quizás no muy sopesada, cargó de pesadez el resto de la lección: "nadie sale ileso de un divorcio", contesté. Olvidé -lo cual no me exime de responsabilidad- que no todas las personas que me escuchaban procedían de parejas estables, o, al menos, aún unidas.

¿Por qué habré contestado eso? Mis papás no se han divorciado. Se de los problemas que han pasado en sus más de cuarenta años como esposos (y se que no se de todos sus problemas... y se que no quiero saber), lo cual me impide saber qué se siente el divorcio de tus padres. Quizás mi herencia judeocristiana influenciaba mi razón. “El matrimonio es para toda la vida!”, nos enseñan desde pequeños. Pero, y si deja de funcionar de camino, ¿qué se hace? ¿Cargar la cruz hasta que la muerte nos separe? ¿Se puede pedir revisión de “contrato”? ¿Podemos darnos un “breakcito” y así ver si entendemos qué está pasando? ¿Será mejor dejar las cosas así, rifar quién se queda con la vajilla de la tatarabuela y ponerse a caminar?

¿Estoy asegurando que todo hijo de pareja divorciada tendrá problemas? No. Yo no aseguré eso. Es solo que ese desconcierto que algunos experimentan en el momento de “emparejarse”, podría estar relacionado con las pobres lecciones sobre amor que recibieron de sus familias. ¿Eso convierte a sus padres en “culpables”? Otra vez no. La psicoterapia, al menos como yo la entiendo y practico, no busca culpables. Se busca sentar responsabilidades, sobre todo propias. Si nuestros papás no parecían muy duchos en esto de amar, la pregunta no es por qué. Prefiero plantear, ¿cómo podemos desaprender lo que ellos -probablemente sin ser conscientes- nos enseñaron, y, más importante aún, cómo aprender lecciones más valiosas... más sanas?

Camino a Machu Picchu, en un pequeño asentamiento indígena alejado de Cuzco, conocimos uno de los sistemas sociales -en términos de “derecho de familia”- más avanzados que haya yo observado. En este pueblo, toda aquella pareja que desee comprometerse a formar una familia, DEBE convivir con su pareja un tiempo. Luego de este periodo, y si el experimento funcionó, les será permitido convertirse en pareja. Si en ese momento de “prueba”, fruto del amor -o de las frias noches del Altiplano-, se concibió algún niño, el padre, sea que decida mantenerse con la madre o no, está obligado a velar por la estabilidad socioeconómica, tanto de su vástago, como de la madre del niño en cuestión. Allí no hay juzgados de familia. No hay catequismos. No hay miembros de la fuerza pública botando las puertas de las chocitas. No hay impedimentos de salida.

El problema no es el divorcio. Tan dañino pueden resultar unos padres irrespetándose como unos actuando que se aman. Los niños perciben con extrema facilidad cuando sus padres intentan sostener algo que ya se quebró. Si el peso de una moral nos obliga sostener una situación, sufriendo y, por ende, haciendo sufrir a los que nos rodean, deberíamos preguntarnos si tiene sentido sostener, tanto la moral como la situación.

Esta sociedad ganaría mucho si nos vamos mudando de morales neurotizantes a sistemas éticos. La ética implica responsabilidad, para con nosotros y obviamente para con los otros -sobre todo si hay hijos-. Si terminar una relación va a aportar bienestar a los involucrados (aunque tengan que pagar alguna factura en términos emocionales), es entonces el divorcio la decisión correcta. La pregunta -para volver al título de esto- no es, ¿por qué se divorcian tantas parejas?. La pregunta sería, ¿por qué se empareja la gente con alguien que no contaba con las condiciones mínimas necesarias para traer a un niño a esta realidad?. Si la persona que elegiste no estaba a la altura de algún modo es también tu responsabilidad. “Se necesitan dos para bailar tango”, reza un refrán. Ese día, esperando a mi hija, pensé en los niños que observan -metafóricamente- a su papá bailando pirateao y a su mamá interesada en el bolero. No se asombren si ese ser en algunos años no quiera saber nada sobre “baile”...

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez