Allan Fernández.24 noviembre, 2015

El cristianismo ha influenciado casi todos los ámbitos de nuestra realidad. Desde la legalidad hasta la espiritualidad, cada vez que pensamos, actuamos o hablamos, estamos siendo afectados por esta particular visión de mundo, la cual, creo que no es necesario aclarar, nos fue impuesta hace unos 5 siglos.

De aquellos sórdidos relatos del Antiguo Testamento, si avanzamos dicha lectura en orden, encontramos en el Nuevo Testamento la historia de un gran maestro: Jesús. Dicho personaje llega a este mundo a privilegiar el amor y la compasión. Allí donde otrora se proponía la violencia y el castigo, este maestro viene a imponer una nueva moral: amar a todo aquel que se encuentre cerca nuestro, así como nos amaríamos a nosotros mismos. No hay forma de no sentirse identificado con tan edificante propuesta. Si el cristianismo fuera realmente esto, probablemente todos seríamos cristianos. Pero una cosa es la prosa y otra las acciones.

Algo que nunca he podido entender es el por qué, de la ejemplificante vida del Mesías, se gusta subrayar el elemento del SUFRIMIENTO. Bueno, claro que entiendo (fui casi monaguillo): ese sufrimiento tenía un sentido. Este maestro, convencido de cumplir los designios de su creador, decide -de un modo estoico- sufrir, demostrando con esto su compromiso para con el proyecto de salvación de la raza humana. Eso yo puedo entenderlo. Lo que no entiendo es por qué no conversamos más sobre su resurrección, sobre el momento de su trascendencia, su realización. El momento en el que nos demuestra que el punto no es sufrir. Es trascender, ergo, dejar de sufrir.

En la época de nuestros abuelitos la lectura que se hacía del texto bíblico era peligrosamente textual. Allí donde se juraba acompañar al susodicho o la susodicha en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, no cabía espacio para la interpretación: si la pareja le salía chueca, había que aguantar. Mala suerte. Ya usted firmó. Se embarcó. Si esa persona le ofreció un paraíso y se lo cambió por un infierno, “nada de caritas”, como decimos acá. A sufrir se ha dicho.

Afortunadamente, el ser humano evoluciona. La generación de mis papás se empezó a “espabilar”, como decimos acá. Se prometía respetar a la pareja, si dicha persona se daba a respetar. La idea era acompañarse, si se iba a “jalar pal´ mismo lado”, pensaban nuestros padres. Si uno de los dos cambiaba el plan, el otro no tenía por qué aceptar dicha modificación de cláusulas. El divorcio (mala palabra no hace más de 30 años) aparecía en la sociedad tica. Todavía recuerdo a la primera persona cuyos padres se habían divorciado. A mí me parecía super exótico...

A mi generación ya no nos tiembla el pulso para divorciarnos. A nuestras abuelitas no les gustará la idea. A algunos de nuestros padres quizás tampoco (aún y cuando podrían admirarnos en secreto por lograr lo que ellos no se atrevieron a realizar). Aclaro. No estoy a favor del divorcio a ultranza, utilizado como una vía para subsanar mi pobre juicio en términos de elegir pareja. Pero estoy menos de acuerdo con el proyecto de sufrir.

Historias bíblicas aparte, deseo detenerme en algo que continúa sorprendiéndome. Aún continúo escuchando personas atribuladas por el peso de la promesa que hicieron el día de su boda. “¿Y qué, eso está mal?”, se preguntará. Pues sí, si cumplir dicha promesa implica, ya sea: sufrir, hacer sufrir a la pareja o enseñar a sufrir a sus hijos.

Sí mijito, su abuelito me engañó cientos de veces y me trataba mal, pero yo igual lo quería. Él fue la cruz que Dios me dio para cargar”. ¿Les suena familiar? Desafortunadamente sí. Y es que yo no se ustedes, pero yo no estoy para andar cargando cruces. La vida es para vivirla a plenitud, con responsabilidad, con ética, pero siempre buscando un único objetivo: crecer, evolucionar, ser feliz.

Asumo que el cristianismo es una vía válida de crecimiento espiritual, si se estudiase a profundidad, si se intentase ser coherente. Desafortunadamente, en esta ignorancia, propagada probablemente por los mismos líderes religiosos, el dogma termina siendo un semillero de miedos, culpas y neurosis.

“El amor es aceptación”, no. El amor es crecer. El amor no se siente pesado. No es una carga. No es una cruz. El amor real, el sano, el maduro nos libera, nos vuelve ligeros, nos ayuda a volar, a trascender. Yo decido aceptarte si actuás en concordancia con lo que acordamos el día que decidimos caminar juntos. Si cambiás de parecer y no deseás rectificar, nada me obliga a quedarme a “aguantar”. Yo podría haber prometido amarte, pero me amo y me respeto más a mí mismo. Es que lo de las cruces sigue sin convencerme...

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal