Por: Allan Fernández.  21 mayo, 2017

Tengan presente lo que ya planteamos: las sociedades actuales buscan promover relaciones de poder. Todos soñamos con estar en una en la que el poder quede de nuestro lado, lo cual, indefectiblemente, colocará al otro en el sitial del que debe obedecer. Este otro, tarde o temprano, intentará, si no revertir la situación, al menos "sacarse el clavo". Dijimos también que en el sórdido catálogo de modos para imponérsele al otro, hacerle creer que son sus desórdenes psicoemocionales los que impiden el bienestar de la pareja, en muchos casos, funciona de maravilla (no descuidemos el hecho de que las personas psicoemocionalmente desequilibradas son particularmente proclives a traerse sus relaciones al suelo, no tanto por maldad, sino por incapacidad).

El amor en los tiempos del teléfono estacionario (el de la casa, el que no podías alejar mucho de la base) tampoco era un gangón (sabrán que soy particularmente escéptico de todo aquel que quiera vendernos la idea de que todo tiempo pasado fue mejor). Conocías a alguien, intentabas dilucidar si le gustabas. Si algo notabas, continuabas. Si no, igual continuabas... El ser humano y su extraño apetito por el dolor. Allí no tenías redes sociales ni tecnología. No había forma de saber qué tan feo hacía en situaciones particulares. Podías hacer un poquito de "research" si tenías la suerte de conocer a alguien que a su vez conociera a dicha persona. Eso sí, tomabas lo escuchado con ciudado, las valoraciones subjetivas son siempre peligrosas. Si el ejercicio de conquista rindió sus frutos, tenías, ahora sí, información con la cual determinar si continuar o no. Si decidías mantenerte, vendría todo un cortejo: pasar por ella a la salida del cole, intentar escribir alguna cartilla medianamente romántica, si era religiosa no quedaba más que acompañarla a misa (prueba de amor como pocas). Luego ir a pedir "entrada", ergo, ponerle la carota a suegros y cuñados, intentar caer bien, seguirle la corriente al señor aunque sus temas no despertaran en vos interés alguno, piropearle a la doñita el gallito con café, supiera a algo o no.

Si la relación no prosperaba, fuera por incapacidad de los participantes o por pereza, se precicitaba el nunca divertido trance de terminar. Terminar es feo, que te terminen es peor. Si tuviste el buen tino de no "enamorarte" de la vecina de a la par, ese duro momento no tendría por qué ser revivido. A esa persona, con mucha suerte, no la volverías a ver. Si compartían espacios y no te ganaba el orgullo, con solo no frecuentarlos lograrías, tarde o temprano, superar todo lo que busca superarse al perder a alguien alguna vez querido. El famoso duelo al que tanta alusión hacen los psicólogos. Pero llegó la tecnología...

Entrémosle al famoso GHOSTING. Puesto en castellano, el desvanecerse, el emular a los fantasmas, esos que aparecen y desaparecen cuando se les antoja. Yo pensé que el “ghosting” había desaparecido... Como los fantasmas. Pero no. Sucede que aún existen personas que, sin ningún miramiento a la ley de la causa y el efecto, no les tiembla el pulso para desaparecer. Bloquean a la persona de redes y Whatsapp, cambian de empresa telefónica, y, si por casualidad se llegan a topar, evitan hasta cruzar miradas. No solo se convirtió esa persona en algo fantasmagórico, sino que, además, se le desvanecieron las más básicas reglas de protocolo social. Entenderán entonces el efecto emocional que esto genera en la persona que no desapareció. Toma esfuerzo -y tiempo- salir de dicho estado de ruina psíquica. Sí se sale... Pero toma tiempo... Y esfuerzo.

Pero la cosa no queda ahí. Los humanos siempre vamos en pos de diseñar nuevas tácticas para jodernos y, como efecto, joderle la vida a otros. Decía una socióloga muy interesante, en un libro titulado algo así como "en(red)arte", que la belleza de la tecnología es que me ahorra la necesidad de estar accesible a los otros, lo cual resulta paradójico. Contamos con más vías de comunicación y, si se nos antoja, podemos darnos el lujo de no estar allí para el que desea comunicarse con nosotros. Incluso sé que alguien quiere comunicarse conmigo (recibo el mensaje), puedo hacerle saber al otro que ya lo recibí (esos malignos 2 signos de "check" azules) y contestarle cuando me plazca... Si me place.

El ghosting evolucionó (como los pokemones -mi hija es re-fan de esos bichos-). Allí cuando creíamos que desaparecer era lo peor que podíamos aplicarle a alguien, surgió algo aún más "malévolo" (saben que yo no creo en fuerzas malignas, pero todo lo relacionado con el pisuicas siempre consigue concentrar al lector): el BREADCRUMBING. Groseramente traducido: darle migajas de atención a alguien ("crumb" es migaja, ya sea de algún pan o galleta, "bread" significa pan). No necesitamos ponernos muy sofisticados: DICESE DEL -MUY FEO- ARTE DE MANTENER A ALGUIEN INTERESADO EN NOSOTROS TIRÁNDOLE LO QUE NOS SOBRA.

No he atendido aún a un "breadcrumber" pero sí a muchas personas a las que se los aplicaron -y aún aplican-. El daño causado por esta práctica alcanza niveles terroríficos. Esa migaja se convierte en el maná bíblico (vean que algo aprendí sentado en misa tantos domingos). Cuando no se recibe la migaja, el mundo no tiene sentido. Cuando la reciben, todo cobra valor y color. Del infierno a la entrada de Disneylandia, con solo escuchar el sonido de un mensaje recibido. "¡Me contestó!!!. ¡Finalmente!!! Cuatro días después de saber que recibió el mensaje, tomó de su preciado tiempo para regalarme un dedillo con el pulgar pa' rriba". Sigue allí. Me ama". Claro. Tienen razón. Cómo esa persona infiere que recibir la imagen de un pulgar alzado es señal inequívoca de amor es todo un enigma. El que lanza la migaja, sobra decirlo, es el amo de la relación. La persona que se alegra con la migaja es, sin lugar a dudas, el/la esclav@ de este sádico jueguito.

Entonces, para no tomar más tiempo de su preciada atención: ¿puede cambiar el que comparte las migajas? Sí, cuando madure lo suficiente como para amar de modo sano. ¿Puede cambiar el que sobrevive con migajas? Sí, cuando comprenda que lo poco que recibe se relaciona directamente con su poco amor propio. Puesto de otro modo -espero lo recuerden-: si necesito tener el poder no estoy en condiciones de amar. Si necesito entregárselo a alguien... tampoco estoy en condiciones .

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com