Allan Fernández.21 agosto, 2018

Sí, estoy de acuerdo, suena como a título de canción de Ricardo Montaner. Pero no, no voy a escribir sobre música pop latinoamericana. Voy a hablar sobre un factor causante de millones de enredos amorosos: la falta de proyectos, tanto individualmente como a nivel de pareja.

Inicio con algo que he planteado hasta la saciedad: el ENAMORAMIENTO no es el AMOR. Es su antesala. Es la base sobre la que aparecerá el amor. Incluso, utilizando filosofía aristotélica, me atrevo a asegurar que el enamoramiento es el amor en potencia. "Donde hubo fuego, cenizas quedan", reza el refrán popular. Bueno, "Donde hay amor, enamoramiento hubo". La pregunta que usted se está haciendo es válida: ¿puede aparecer el amor sin pasar por el enamoramiento? Quizás. Yo nunca he visto que eso suceda. Sin embargo, no me atrevo a asegurarlo.

Tomando en cuenta que lo que me motiva hoy a escribir esto es el ámbito de los proyectos, podría decir que el enamoramiento es, en sí, un ante-proyecto y también un anti-proyecto. Un anteproyecto ya que prepara el campo en el cuál surgirá el amor (en tanto estado, en tanto vivencia). Un anti-proyecto, ya que el enamoramiento pone en riesgo cualquiera de los otros proyectos en los que esté uno comprometido: cuando estás enamorado se te olvida trabajar, se te olvida estudiar, se te olvida dormir, se te olvida meditar -o rezar-, se te olvida comer, se te olvida ahorrar, etc. Es por esto, lo cual es una gran enseñanza del Dr. Freud, que el enamoramiento no puede sostenerse mucho tiempo. La cantidad de energía invertida en el enamoramiento te fundiría, si no se convierte en algo, igual o más poderoso, pero a la vez más sosegado: el amor.

La etimología del vocablo "proyecto" procede del latín. Su significado sería "lanzar hacia adelante". Un proyecto es, visto de este modo, algo que no existe y, por ende, debo construir, debo diseñar. Debo crear. "Proyecto bajar de peso". Eso significa: "el peso que poseo en el presente es superior al esperado. Espero que en el futuro dicho exceso desaparezca". "Proyecto dejar de fumar". Entiéndase: la práctica habitual de llevarme un cigarrillo a la boca espero que desaparezca antes de que el futuro se convierta en presente. "Proyecto amar". Reconozco que no estoy comprometido, en la actualidad, en un acto que conlleve el ejercicio de amar. Cuando me tropiece con el futuro, espero que este me encuentre amando a alguien -o al menos amando algo-.

En el momento en que el enamoramiento se transforma en amor (no siempre sucede), se empieza a gestar el deseo de proyectarse. Encontré a una persona cuya presencia vuelve más interesante, más vigoroso, más disfrutable el presente. Pareciera lógico asegurar esta vivencia. Es aquí donde proyectamos el presente al futuro. Deseo perpetuar esto que experimento, lo cual me lleva a pensar que la presencia de esta persona contribuiría a asegurar el estado actual.

En este punto anterior aparece un riesgo, el cual tendríamos que tratar con el cuidado debido: yo deseo incluir a esta persona en mi proyecto. ¿Desea esa persona ser parte? "Es que yo pensé que sí, se veía tan contenta", he escuchado cientos de veces en el consultorio. Estar contento es una cosa, comprometerse en un proyecto es otra muy diferente. Cuidado con esto. El tiempo que se tomen, la paciencia que demuestren, les podrían ahorrar cientos de miles de colones en psicólogos y abogados.

Partamos del escenario deseado: esa persona se comporta como alguien totalmente matriculada con el proyecto, el cual, ya no es mío. Tendría que ser de ambos. Lo singular da paso a lo plural. El proyecto toma vida, se materializa. ¿Qué sucede de aquí en adelante? Este es un momento crucial. Miles de personas no pasaron de acá (aunque hayan vivido juntas 50 años, lo cual no es señal de éxito). De aquí en adelante necesitamos una maestría particular: necesitamos nutrir el proyecto de pareja, sin descuidar nuestros proyectos personales. "Pero, cómo?!?!?!", piensa alguien. "No se trata de fundirnos en un solo ser?". No. Nunca ha sido ese el propósito. Gracias a mi pareja, yo debo continuar encontrándome. Nada resulta más peligroso que perderme en el ser amado.

La ciencia ha demostrado cuánto dura el amor en las parejas humanas. Lo midieron endocrinológicamente. La clave nos la dan las hormonas. particularmente la oxitocina. ¿Preparados para la reflexión antiromántica de este escrito? Acá les va. El amor humano dura más o menos 7 años. Los angloparlantes acuñaron un término: “seven year itch”, la picazón -la molestia- de los siete años. A los siete años, en bastantes parejas, empiezan a aparecer los malestares.

En la segunda parte de este breve trabajo les contaré el por qué de la picazón y cómo hacer para que deje de picar.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez