Allan Fernández.26 junio, 2018

Todos procedemos de una relación. Dos personas, sea por convicción o por error, por amor o por calentura, por pasión o por despecho, chocaron sus cuerpos, permitiéndole a uno ametrallar los óvulos de la otra con millones de espermatozoides. De todos esos, uno, el que mejor “nadaba”, pegó contra un óvulo, el cual se encontraba dispuesto a ser fecundado. De ese evento, si ciertas condiciones -tanto internas como externas- resultaron favorables, aparecimos nosotros, usted y yo. ”Todos fuimos deseados”, decía una profesora de la facultad. Lo que tendríamos que averiguar es para qué nos deseaban...

Espero que nadie se ofenda, pero debo compartirlo: todos procedemos de un mito. Son pocas las parejas de padres que sientan a su pequeñín y le sueltan un fulminante ”nosotros no queríamos ser papás, fue culpa de las fiestas de Palmares”, o ”tu papá nunca me ha gustado, es que tus titos me tenían harta”. Todos necesitamos pensar que surgimos del deseo y el amor. Es imperativo CREER que mamá y papá fueron hechos el uno para el otro. Sus destinos estaban escritos. Ellos tendrían que toparse algún día y, ZAS! Amor a primera vista. Hubo dificultades, pero ellos las vencieron. Como prueba irrefutable de que ”el universo siempre conspira a nuestro favor”, según la contundente máxima universal de Pablo Coelho, nuestro papá se fijó, de todas las féminas posibles, en la belleza deslumbrante de mamá (podría haber sido al contrario, para que el feminismo no se me venga encima). El amor se convirtió en pasión, esta en deseo y el deseo se materializó. Al cabo de 9 meses nuestra travesía por este mundillo tan loco inicia, gracias a la predestinación cósmica de papá y mamá. ¿Suena bien, verdad? Sí. ¿Habrá sido así en todos los casos, o al menos en el nuestro, que es el que realmente nos interesa? No lo sé.

Yo conozco diferentes tipos de emparejamientos. Los de la generación de mis abuelitos, atravesada por el sentimiento de obligatoriedad. Si se comprometieron en mantenerse juntos hasta que la muerte los separe, lo que les tocó fue apretar dientes y aguantar. La de mis papás, segunda mitad del siglo XX, era una versión un poquito menos fatalista que la anterior. El problema con este “upgrade” es que creó una generación atravesada por el sentimiento de culpa. En tanto ex-católico, si de algo puedo escribir una tesis es sobre la culpa.

Luego vino mi generación, aún cargando el peso de los fantasmas heredados por abuelitos y papás, pero ya más matizados. Ya entendimos que juntarnos no está mal. Es un “free trial” (no tan “free”, claro está). Allí vemos si el asunto camina. De ser así, aún no nos mandemos a la iglesia. Busquemos un abogado, invitemos poquita gente por aquello y, si el experimento no funciona, llamamos de nuevo al abogado y luego le damos “delete” a las fotos en redes sociales. Ya si el asunto se siente bien, si la energía fluye, como dicen ahora, préstamo bancario y pa’ la iglesia. Igual, observando a mi alrededor, algo faltó, algo no nos enseñaron. Demasiados divorcios, demasiada infidelidad, demasiada viagra.

Las nuevas generaciones, a mí al menos, me parecen geniales. Están en el ahora, se despreocupan por el futuro. Si el asunto funciona, se quedan. Si falla, se despiden. Menos drama, menos gastos de abogado, menos abuelitas descorazonadas.

Cuando siento que estoy cambiando, lo más honesto, creo, es hacérselo saber a mi pareja. Con esto evito que dicha persona se debata tratando de comprender el por qué de mi comportamiento. Merece saberlo y yo debo contar con la madurez para expresarlo. Si se habla en el momento indicado, no tendría por qué marcarse el final de una relación. Será la madurez la que nos ahorre el mal trance de involucrar a una tercera persona y hasta a una cuarta. Tendríamos que sentir responsabilidad por el estado emocional de nuestra pareja, máxime cuando somos nosotros los que, al cambiar, generamos desequilibrio en quién nos acompaña. Bien dijo alguna vez el filósofo Slavoj Zizek -uno de mis autores favoritos en tiempos de facultad-: ”Solo hay algo peor a que nos dejen por alguien. Que nos dejen por nadie”.

Estamos en pleno siglo XXI. Ya estuvo bien de mitos, ya estuvo bien de relaciones masoquistas. Ya estuvo bien de alimentar esperanzas aún cuando -en nuestro fuero interno- sentimos que ya no podemos (o no queremos) estar con alguien. Esa persona merece nuestro respeto. Que no los domine la culpa.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com