Allan Fernández.3 septiembre

El Dr. Robert Waldinger, director del “Estudio sobre el Desarrollo en la Adultez” (Harvard), conmovió los cimientos de las ciencias humanas, al presentar una síntesis sobre los resultados hasta ahora obtenidos, luego de estudiar los factores requeridos para alcanzar un estado de felicidad en la adultez. Este estudio -el mayor hasta este momento- inició hace 75 años.

Uno de los hallazgos fundamentales de este estudio subraya la importancia de nuestras relaciones (amorosas, familiares, sociales): “la soledad nos enferma”. Ahora, dichas relaciones deben ser saludables. Al ser un estudio médico, no solo se midieron las opiniones y estado de ánimo de los participantes. A lo largo de la vida de los estudiados, se tabularon sus estados físicos: eficiencia de su sistema nervioso y endocrinológico, presión arterial, peso corporal, deseo sexual, salud respiratoria, etc. Una de las afirmaciones del doctor llamó mi atención de psicólogo: “Las personas que se encontraban en relaciones tóxicas, en los momentos en que padecían dolor físico, experimentaban una amplificación de dicho dolor gracias a sus dolores emocionales”. Ahí esta, nada más que decir! Si pasás metido en el gimnasio, subido en la bicicleta o gastando las suelas de tus tennis en cuanto triatlón organizan y no lográs involucrarte en una relación emocionalmente adulta (o salirte de una dañina), estarás fortaleciendo tus músculos al tiempo que debilitás tu mente y tu espíritu. Sí, lo siento. Balance... esa es la clave de este juego tan entretenido llamado existir.

Mantener relaciones sanas no solo protege la salud de nuestros cuerpos... también protege la salud de nuestros cerebros”. Cientos de investigaciones han demostrado que las personas tristes se enferman con mucha más frecuencia. Existe una correlación entre mi estado anímico y mi sistema inmunológico. De mis días de estudiante recuerdo esto: “el cerebro está hecho de conexiones y está hecho para conectarnos”. Las redes neuronales nos permiten, entre otras cosas, conectarnos con otros seres, los cuales a su vez también cuentan con cerebros. Es a partir de esto que podemos sentir empatía por seres no humanos.

En ese universo que yo habito, el de la consulta psicoterapéutica, no son dos ni tres las personas que han llegado, visiblemente afectadas, confesando lo siguiente: “mi relación está muriendo... empezamos siendo pareja... hoy, a lo sumo somos roommates”. Es impresionante escuchar dicha confesión de personas que a lo sumo suman su primer cuarto de siglo. Se notan desolados, impotentes. Saben que esto no sucedió ayer. Viene dándose desde hace tiempo. Pecaron de negligentes y/o fantasiosos. “Yo sí lo noté desde hace mucho... es solo que pensé que se iba a solucionar solo”. El anterior es, por mucho, el razonamiento menos racional que haya yo escuchado. Piensen en esta persona que muere por el dolor de caries y se reconforta a sí mismo pensando: “esto duele muchísimo... voy a dejar que el tiempo lo cure”. Lo mismo aplica a una gastritis, la migraña, la impotencia sexual, la falta de apetito, etc. Si todos sabemos que los dolores del cuerpo no desaparecen solos, ¿en qué momento quisimos creer que los dolores del alma responden a otro tipo de protocolo?

Sentir aburrimiento de tu pareja es una muy mala señal. Es claramente lo que podríamos llamar un síntoma. Ese aburrimiento, sea por lo que piensa, dice, hace o me produce -emocional, física y sexualmente-, no es tan difícil de interpretar: se está creando una distancia entre los miembros de la pareja. Aquello que una vez juntaba, hoy separa. Dicho distanciamiento solicita reparación.

Esta vida moderna, cargada de ridículas obligaciones y prescripciones, está diseñada para enfermarnos. Malgastamos nuestra energía vital preocupándonos, enojándonos, eligiendo situaciones dañinas, sufriendo. Al final del día, luego de embotellamientos de tránsito, horas frente a una pantalla, indigestos por alimentos dañinos, insatisfechos y frustrados, llegamos a nuestra casa. Si mi pareja “vive” una vida similar a la que acabo de describir, tiene ganas de cualquier cosa menos de escuchar su día contado por otra boca. Es allí donde caemos en la trampa: el televisor, la consola de videojuegos, las drogas, el celular, la tableta, las redes sociales, la computadora. Estrategias para “burlar” la realidad. Sitios donde refugiarnos. Huímos, evitamos, escapamos . Nos volvimos incapaces de entablar una conversación, de dar un beso real, de elegir, de entre todo lo sucedido en el día, algo positivo para compartir.

Lo se. No todo se resuelve a revolconazos. Sin embargo, si en este momento, las ganas que usted sentía por su pareja se convirtieron en ganas de salir corriendo, si lo más emocionante que les sucede por las noches son las series de Netflix, compórtense como adultos y pregúntense por qué creen tener tanto tiempo que hasta se dan el lujo de perderlo acompañados. ¿Miedo a la soledad? Eso se quita madurando.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal