Allan Fernández.13 septiembre, 2015

"El verdadero amor", aparece en la letra de una canción popular, "perdona". La frase se las trae. Podemos extraer de esta aseveración al menos dos reflexiones: existen diversos tipos de amor (si existe el amor verdadero, debe haber alguno que no lo sea tanto) y, luego, si queremos reconocer cuándo estamos en presencia del amor verdadero, debemos cerciorarnos de que permita el perdón: si perdona, entonces, que no nos asalte la duda, es amor verdadero.

No sé qué piensan ustedes. Asumo que algunas personas pueden sentir que es una frase muy tierna, muy romántica, incluso muy útil (si hicieron algo por lo que requieren ser perdonados). A mí me parece peligrosa. No dudo que el perdón pueda ser considerado un valor altruista, un bien en sí mismo. Sea que profesemos algún credo o no, todos hemos experimentado la liberación alcanzada cuando logramos sentir el efecto del perdón, sea de modo activo -cuando perdonamos- o pasivo -cuando somos perdonados-. Hasta allí, como dicen los jóvenes, todo bien.

Si el perdón es el efecto, ¿cuál suele ser la causa? Fácil. El perdón busca reparar. Y, para que algo requiera ser reparado, debe previamente haberse dañado. Cuando le pido a alguien perdonarme, estoy convencido de que le produje a esa persona algún dolor. Si tengo conciencia de haber dañado al otro, el perdón funciona como una vía de liberación. Ahora, el otro no está obligado a perdonarme. Yo puedo sentirme muy arrepentido de lo que hice. Sin embargo, mi arrepentimiento no tendría por qué obligar al otro a otorgarme su perdón. Perdonar es un acto, no un deber.

Dejando el fenómeno del perdón de lado, prefiero internarme en un terreno más psicológicamente conocido: el del RESPETO. No creo sorprender a nadie si aseguro que, de aquella persona que nos ama, su respeto sería una de las condiciones mínimas necesarias. Espero que me respete, que respete aquello que yo respeto y a aquellos a los que yo respeto. Como podrá verse, el respeto crea un espectro que excede a la pareja. Si esa persona dice respetarme, e irrespeta aquello a lo que le doy valor, termina, al irrespetar aquello que respeto, irrespetándome.

En mis años de facultad, allá por los finales de los noventas, una profesora se atrevió a lanzar la semejante lanza psico-emocional: "en las familias humanas, a mayor amor, menor respeto". Nos pedía entender que si en algún momento decidíamos trabajar psicológicamente con grupos familiares, no debíamos ocuparnos del amor que dichos miembros se profesaban. Nuestro trabajo, en tanto psicoterapeutas, era fortalecer la dimensión del respeto. Si se amaban o no, era poco lo que podíamos hacer como psicólogos. Lo que sí podíamos demostrar era el grado de respeto que se tenían entre ellos.

¿Y por qué alguien estaría dispuesto a tolerar el irrespeto de su pareja? "Por amor!", podría pensar alguien. No estoy de acuerdo. Más bien, y espero no ofender a nadie, dicha tolerancia bien podría nacer de una falta de amor... de amor propio. Utilizando terminología budista, hablaríamos de una ausencia de autocompasión. Ser compasivo, meta última del actuar humano -según el budismo-, solo puede nacer de la autocompasión. Aquel que no logra ser compasivo consigo mismo, no podrá mostrarse compasivo hacia el resto de los seres vivos. Aquel que no está seguro de su valor en tanto persona, acepta todo lo que se le ofrezca, aún y cuando eso que recibe se revista de dolor.

¿Dónde se gesta el amor propio? En nuestros primeros años de vida (creo que casi cualquier colega estaría de acuerdo con lo que acabo de asegurar). Cuando un niño es tratado con amor, con el cuidado debido, con la concentración necesaria de aquellos que decidieron ser su papá y su mamá, este ser irá creciendo física y emocionalmente. Crecer emocionalmente, en este caso, debe entenderse en tanto desarrollo de su amor propio. Aquel ser humano que no fue amado del modo apropiado, tendrá serios problemas en determinar su valía.

Que nuestro ser amado pueda dejar de amarnos es una posibilidad real y constante (sin caer en paranoias e inseguridades). Sin embargo, que nuestra pareja deje de respetarnos no debe ser, en ningun caso, considerado como una opción. Bien dijo alguien: "Amenazar es feo. No cumplir es peor". Si mi pareja me irrespeta, decido continuar (con perdón o sin él) y me vuelve a irrespetar, el que no me respeto soy yo.

No debemos conformarnos. Tenemos derecho a compartir nuestra vida con alguien que nos ame y nos respete.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal