Allan Fernández.12 abril

Si convenimos en que todos andamos nuestra porción de dicha “sustancia” a cuestas, pues entonces, al hablar de ella, estaríamos refiriéndonos a algo que nos distingue como especie. Así que démosle. Considero que existen dos tipos de locuras: las locuras constructivas y las locuras destructivas. Las primeras tienen que ver con lo que se resiste, con lo original, con lo que busca transgredir, mover las cosas, cambiarlas. El arte y sus múltiples representaciones -por citar un ejemplo- considero que pertenecen a este ámbito. Todos aquellos que se atrevieron, sea en el campo de la ciencia y/o en el de la filosofía, los considero locos. Locos geniales: Freud, Dalí, Gandhi, Menchú, Francisco de Asís, Darwin, Nietzsche, Hawkins, Bruno, Lutero, Cervantes, Einstein, etc. La locura constructiva es siempre atrevida. No teme separarse de la norma. De hecho surge como reacción a lo normal.

Pero todo en el universo cuenta con su inverso. Las locuras destructivas son tan reales como las primeras. Estas son realmente fáciles de observar y, desafortunadamente, son más frecuentes que las primeras. Las guerras, los fanatismos, toda práctica autolesionante -drogas, comportamientos riesgosos, sumisiones-. Todo lo anterior, prueba irrefutable de que el ser humano puede ser controlado por fuerzas negativas. Algunos dogmas nos han hecho creer que dicho influjo es externo. El engaño, la tentación, el deseo de sufrir gusta ser colocado fuera de nosotros. Se equivocan. El ser humano cuenta con esta dimensión en su interior... y con la constructiva también. El diablo nunca existió, más que en la mente de aquellos que desean dominarnos. Hacernos creer en lo demoniaco es, en sí, algo tremendamente maligno.

Pero bueno, más allá de las cosas en las que la gente cree, prefiero concentrarme en algo en lo que no es necesario creer, ya que por simple observación podremos analizarlo: la locura en las parejas. Y no, no me refiero a escaparse e ir a casarse frente a un imitador de Elvis en Nevada. Tampoco en los que decidieron convivir con no más que un colchón y una olla arrocera. No hablaré hoy de los que, atreviéndose a burlar el “qué dirán”, tomaron las riendas de su vida y se dedicaron a perseguir lo que deseaban y apasionaba. No. Me refiero a esas parejas en las que la capacidad de activar la locura en el otro se convierte en lo normal. Como bien dice un querido colega psicoanalista: “algunas parejas sacan lo peor de nosotros”. Y en esto, pueden creerme, no hay configuración que se escape: le sucede a los heterosexuales, a los homosexuales, a los swingers, a los que practican el poliamor, etc.

Escena usual: alguien tuvo una mala experiencia en su relación pasada. Aquella persona, al traicionar el pacto inicial, instala una inseguridad emocional. Cualquiera pensaría que la persona “afectada”:

1. Tendría que trabajar/superar dicha inseguridad y, luego

2. Asegurarse que su próxima relación incluya a alguien confiable.

Pero no. Se ilusiona con persona incapaz de actuar de modo confiable. De entre todos los posibles, posó su atención en alguien deseoso de “alborotar”, inconscientemente, su lado más loco. Este proyecto murió justo al nacer. La dinámica es fácil de predecir: gritos, irrespetos, paranoias, escenas sociales embarazosas, bloqueos en redes, platos voladores -no me refiero a los extraterrestres-, etc. ¿Suerte? No creo. ¿Destino? Espero que no. ¿Karma? Quizás. ¿Decisión inteligente? Claramente no.

Existen parejas donde lo normal es la locura. Pareciera que sus sistemas inmunológicos no logran contrarrestar el influjo de la locura de sus “medias naranjas”. Se contagian esa “sustancia”, se la comparten, se la reciclan. Creen que es “normal” irrespetarse, gritarse, ofenderse, frenar la evolución del otro. Confunden lo sano con lo normal. No considero ocioso recordarles que “lo normal” es producto de un cálculo. Si en un grupo de 7 personas, 5 sufren de insomnio, podríamos asegurar que el insomnio es normal en este grupo. Verán entonces cómo “normal” no significa, necesariamente, deseable.

¿Tienen futuro las parejas locas? Sí. Un futuro plagado de locura. Es que, para activar la locura en una pareja, se necesitan dos. Uno inicia, el otro contraataca. Ambos son cómplices y, por ende, responsables.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com