Allan Fernández.31 enero, 2016

Siento mucho eso por lo que usted está pasando en estos momentos. Todos hemos estado ahí varias veces. Ese coctel de sentimientos y emociones resulta imposible de digerir: tristeza, decepción, rabia, sensación de extravío, falta de apetito -o apetito desmedido-, insomnio, etc. Se que en alguna parte de usted no cabe ninguna duda: "no vuelvo a sufrir por amor". Pues bien, antes de que usted deje de leer esto para ir a espiar el perfil de facebook de su expareja, le pido unos minutos. Hoy entré a tratar de sugerirle que eso que usted siente quizás no tiene relación con el amor.

Algunos nacimos rodeados de amor y otros nacimos rodeados de miedo, de tristeza, etc. Eso va a marcar nuestro desarrollo. No necesariamente genera un destino ineludible, pero sí va a marcar el grado de elevación del camino (algunos van en cuesta, otros van en planito y otros de bajada). Sentir temor nos obliga, por cuestiones de protocolo biológico, a buscar protección, a buscar refugio. Es que el temor es una de las emociones más poderosas en los seres vivos.

Les propongo una escena imaginaria altamente ansiógena: asisten a un centro comercial muy concurrido, preferiblemente en día de pago, y, de pronto, pierden al grupo con el que asistieron. “Y eso por qué generaría ansiedad?”, se pregunta alguien. No me dejaron terminar. Piensen en esa escena teniendo 4 años de edad. La sensación debe ser indescriptible. Esa personita pasó de la emoción propia de este tipo de sitios al terror total. Es muy probable que su sistema nervioso eche mano de la señal de alarma por excelencia, la cual queda inscrita en nosotros desde el minuto 1: ese niño rompe en llanto. El llanto, a su vez, vendrá acompañado de una incapacidad de movilización. Quedará petrificado. No cuenta con la capacidad de controlar sus emociones, tranquilizarse e idear el modo lógico de resolver semejante predicamento.

Ese niñito, incapaz de salir por sus propios medios de semejante predicamento, ¿está paralizado llorando por amor? ¿es la falta de amor lo que lo puso tan mal? No, ¿verdad?

Recibir en consulta a alguien que acaba de terminar una relación amorosa significativa es un espectáculo al que no termino de acostumbrarme. En momentos como esos se enfrenta uno a los consultantes más honestos: esos no tienen problema en maldecir, utilizar lenguaje altisonante y algunos hasta se dan el lujo de blasfemar, siendo que son creyentes. Lloran, moquean, escupen, se jalan el cabello, patean el diván y hasta el basurero. Prometen no volver a amar, dejar de creer en la raza humana, convertirse en seres de piedra, empezar a practicar kick-boxing para que no les vuelva a pasar, etc. Es realmente doloroso. Esa persona no desea escuchar razones. No cuenta con la capacidad, en esos momentos, de escuchar con atención. Toda su energía se transforma en un torbellino de malestares.

Algunas semanas después, luego de piropear el nuevo basurero que tuve que comprar, la sensación de agresividad va dando paso a un dolor imposible de digerir. Se sienten perdidos. No comen. No tienen claro si volver a su vida anterior o tomarse un avión a dónde sea. Se sienten estancados, detenidos, paralizados, asustados. Lo único claro es esto: no han logrado controlar la aparición de las lágrimas. Lloran al comer. Lloran al escuchar música. Lloran al comer pizza y al terminar de hacer pilates.

Resumiendo: ese dolor no es producto del amor. Es producto del apego. Es producto de la dependencia. Incluso podría ser producto del sentimiento de culpa, por todo lo que sé que pude haber hecho de otro modo cuando aún esa persona estaba en nuestra vida. La rabia inicial, la que tan cara me ha salido en basureros, no solo es rabia hacia el que se fue. Es rabia hacia el dejado o la dejada, por haber aguantado más de la cuenta, por haber obviado las señales que claramente predecían un final doloroso, por haber negociado aquello que resultaba importante para nosotros, so pretexto de demostrar, al dejar de ser nosotros, el amor que sentíamos hacia el otro, lo cual, lo he dicho mil veces, no tiene nada que ver con el amor. El dolor que ahora se experimenta, no es producto del amor, es producto de nuestra (falta de) madurez emocional.

Confundir amor con dependencia es una de las confusiones más peligrosas de esta interesante experiencia llamada “vivir”. Si he amado del modo apropiado y si esa persona también lo intentó, el posible final de la relación no tendría por qué transformarse en semejante melodrama. El problema acá, ya lo saben, es este: las personas emocionalmente adultas aman adultamente. Las personas emocionalmente infantiles se apegan, dependen, se refugian en el otro.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal