Allan Fernández.3 diciembre, 2017

Hasta la saciedad he repetido que aquel que confunde enamoramiento con amor está condenado a vivir sendas decepciones. Aún y cuando parece que requerimos del enamoramiento en tanto fase inicial, no conozco una sola relación afectiva que se haya sostenido en dicho estado. El enamoramiento da paso al amor... o no. Quiero decir que algunas relaciones no dieron más que para esa fase, lo cual no está necesariamente mal. Algunas, por diversos motivos se transforman en otra “cosa”, quizás menos intensa, pero sí más sólida. A eso le llamamos amor (esa “cosa“ también puede morir).

En el campo de la psicología, no diferenciar claramente a qué nos referimos cuando hablamos sobre las emociones, nos puede encaminar a parajes oscuros. Cediendo al deseo de “sacar la pizarra”, les propongo 2 vías: la etimología y la ciencia. La palabra castellana “emoción“ proviene del latín “emotio”. Los romanos utilizaban este término con el fin de nombrar aquella fuerza que genera un impulso, un movimiento. La emoción, para ellos, es eso que se necesita para promover que un objeto “x” se mueva de un punto “a” a un punto “b”. Es una cuestión física.

Según la neurociencia la emoción es producto de una reacción, no física, sino química. Requerimos de ciertos ingredientes:

  • un cerebro
  • un “set” de sentidos
  • un estímulo externo
  • un entorno

La emoción es una respuesta. Requerimos de un estímulo, sea captado por nuestros sentidos o recordado, el cual, en un entorno particular genera una serie de reacciones psicofisiológicas (dícese de todo aquello que afecta el cuerpo y la mente). El miedo, por ejemplo. Nos encontramos en una jungla en medio de la noche. Escuchamos el sonido de un felino no doméstico -un jaguar-. Nuestro cerebro sabe que contamos con pocas posibilidades de ganarle. Reconoce que, en dicha escena, ocupamos el lugar de la presa. Debido a esto, nuestro sistema nervioso se activa, generando un coctel de hormonas, el cual nos permitirá huir: cortisol y adrenalina principalmente. Si dichas reacciones se dieron en el momento indicado, puede que no seamos la cena del depredador. De no ser así, nuestros días están a punto de acabar. Así como podemos entender químicamente el miedo, podemos entender la ira, el asco, el amor y hasta la tristeza. Todas son el desenlace de sofisticados procesos químicos.

Con los sentimientos la cosa se pone más compleja. El sentimiento es producto de la emoción. Si la emoción es la causa, el sentimiento es el producto. En el ámbito de estos habitan los procesos de conciencia. Tendría esto que permitirnos afirmar que el sentimiento es el resultado de un proceso mental, a diferencia de la emoción, la cual surge de un revoltijo químico. Requerimos conciencia para discernir nuestros sentimientos. Con las emociones es más sencillo: las sentimos... o no. Dicho de otro modo: la emoción surge de modo espontáneo. El sentimiento requiere del pensamiento.

¿Y todo esto a mí qué?”, se preguntará usted. El enamoramiento es más algo emocional, por ende no muy consciente. El amor de algún modo también. Quiero decir que, como planteaba un comediante que escuchábamos hace algunas noches: “no podemos elegir de quién nos enamoraremos”.

Las relaciones que admiro son aquellas en que la conciencia de ambos les ha permitido reconocer, asumir y trabajar con sus sentimientos: tanto los que le genera su pareja como los que se andan cargando en su sistema operativo. El éxito de una relación requiere de altos grados de conciencia. Y sí. La conciencia no es algo con lo que se tropiece uno mucho en estos días. Ya entenderán por qué no nos topamos muchas relaciones ejemplares. Vivimos en los tiempos de la inconsciencia...

Pero no todo está perdido. ¿Recuerda el listado de “ítems“ que propuse a la mitad de esto? Con 3 de esos 4 ya estamos listos para “sentir”: un entorno, un “set“ de sentidos y un cerebro. Nos falta el estímulo. Espero que nos sintamos atraídos por los correctos. No vaya a ser que la tristeza y el miedo sea lo que andamos buscando. Es que, de ser así, seremos presas potenciales. Y los y las depredador@s sobran...

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 /https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez/ a.fernandez@ucreativa.com