Allan Fernández.22 noviembre, 2015

Nuestra personalidad es un producto en constante transformación. Contamos con elementos genéticos (lo aprendí con mi hija), los cuales afectan y se ven afectados por las diversas vivencias que van aconteciendo. Mi hija, para tomarla de ejemplo, se comporta a veces como yo, a veces como mi esposa, a veces como mi suegra, a veces como mi mamá, a veces como su mejor amiga, etc. En sus 6 años, ha pasado de ser aquel ser que todo lo resolvía llorando y mordiendo, a una niña altamente sofisticada, con niños que le gustan, radioemisoras favoritas y proyectos a muy largo plazo. Ella cambió. Está cambiando. Continuará cambiando. Es un ser humano. Es un ser vivo. Tiene que cambiar. Darwin tenía razón: la capacidad de adaptación determinará cuáles seres sobreviven y cuáles desaparecerán. Así sucede en África, en Nueva York, en el kinder de la esquina y en la empresa donde usted trabaja.

Poniéndonos un poco filosóficos, ¿qué es el ser? Pienso que podríamos intentar definir el SER como aquello que nos aporta consistencia. Nuestra esencia. Es un algo que me diferencia de todos los otros algos que no soy yo. Cuando digo “soy un hombre”, me separo de todo aquello que no lo sea -mujer, silla, gato, etc.-. Mi ser, mi esencia, es algo que no variará con el tiempo. Si no, imagínense la extraña sensación de ser hoy algo y mañana sentir que ya no sos lo que eras ayer. Es por esto que la categoría del ser nos permite ubicarnos. Si yo no sintiera ser alguien, si no estuviera seguro de ser un ser, sería atrapado por la locura.

Si yo dijera "soy un niño", bastaría con que ustedes observen la foto del blog para darse cuenta que algo en mi cabeza no funciona bien. No, no lo soy. Fui un niño -hace más de 35 años-, incluso podría algunas veces comportarme como uno, pero claramente ya no lo soy. No volveré a ser uno. Ahora soy otra cosa. Soy un no-niño. Soy un adulto. Ser adulto implica no ser un niño. ¿Ya van entendiendo hacia dónde voy?

En esa dimensión tan particular llamada el espacio clínico, he escuchado cientos de veces personas asegurando barbaridades tales como: "los Fernández somos así", "todos los hombres de mi familia son inútiles", "yo siempre he sido explosiva", "soy adicto", etc. Dependiendo del grado de confianza de aquel que confiesa, intento hacerle ver el problema filosófico al que se enfrenta: "si sos adicto", diría, "no vas a poder cambiar, ya que en tu ser, en tu esencia, se encuentra lo que te hace depender de una droga". Si la persona que tengo en frente es asertiva -la mayoría lo son-, entiende el peligro que se corre al asegurar saber qué hay en su ser. No, claro que no. Nadie es chichoso. Nadie es celoso. Nadie es mentiroso compulsivo. Ninguno de esos rasgos es parte de su ser. Conocemos personas que todo lo resuelven con chichas, algunos que por inseguridad no les queda más que celar, otros que mienten como estrategia para ser reconocidos, pero ninguna de esas características es parte de su ser. El ser, tal como lo propuse párrafos atrás, tiene poco que ver con tus conductas.

Situación hipotética : discusión de pareja dentro de un vehículo (he visto muchas y hasta participé en varias, años atrás). En un espacio tan pequeño, los argumentos, así como el oxígeno, se agotan con suma rapidez. En algún momento, segundos antes de que la cosa se ponga (más) decadente, uno de los dos, luciendo una total desconexión con varias partes de su cerebro, pronuncia el tristemente célebre: “yo soy así, así he sido siempre, así somos en mi casa, no voy a cambiar”. De ahí en adelante no va a suceder nada provechoso en ese carro. Cuando alguien dice algo así, te está diciendo, aunque no te lo diga, “no me haga perder mi tiempo. Yo soy así. Si le gusta, abrochese el cinturón. Si no, llamemos un Uber para usted”.

Para mí, esa frase tiene una única interpretación: "yo he sido así ya que me ha convenido, salgo ganando al ser así. Por ende, no veo el sentido de cambiar. Podría cambiar, pero no lo voy a hacer, ya que me siento cómodo siendo así". Creer que alguien con semejante postura vaya a cambiar por vos, en el mejor de los casos sería una fantasía, o un acto de fe ciega. En el peor, un acto de locura.

Voy a decirlo una vez más, apoyado en la ciencia: todos los seres humanos contamos con la capacidad de cambiar. Sin embargo, para que eso suceda, debe contarse con la motivación y la disciplina necesarias.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal