Allan Fernández.17 noviembre, 2015

Nadie puede cambiar a nadie. ¿Están de acuerdo? Se que sí. Entonces, por qué algunas personan continúan intentándolo? "¿Usted cree que la gente puede cambiar?", me han preguntado cientos de veces. "No lo creo, estoy seguro", contesto siempre. Siempre y cuando, el deseo de cambiar surja de aquel que deba cambiar.

Toda relación inicia como un proyecto. No hay nada seguro cuando el amor nos conecta con alguien. Yo podría saber lo que deseo, sin embargo, en nada eso me asegura que el otro desee lo mismo. Es más, sin ánimo de generar desilusión, dos personas casi nunca desean lo mismo. ¿Saben por qué? Porque muy pocos saben lo que desean. Mi práctica clínica ha estado plagada de personas con potenciales impresionantes y sin una sola pista respecto al objeto de su deseo. Y es que no saber lo que deseás te dificulta reconocer quién sos.

Entonces, si toda relación inicia con cierto grado de incertidumbre, un impulso nos obliga a diseñar alguna estrategia con la cual amortiguar el efecto de dicha inseguridad. Tenemos 2 vías: trabajo en mi control sobre dicha incertidumbre (la vía correcta) o, intento cambiar al otro en alguien que se parezca más a mi pareja fantaseada. "¿Es eso malo?", se pregunta alguien. No se si es malo, pero casi nadie lo ha logrado.

En cada relación sentimental en que estuvimos, algo en nosotros cambió. Algunas veces crecimos. Algunas veces no. Algunas veces promovimos el crecimiento de nuestra pareja. Algunas veces les estorbamos. Toda relación relevante nos transformó. Empezamos de un modo y terminamos de otro. Negar lo que hemos cambiado gracias a nuestras relaciones sería un acto de mezquindad e injusticia. Algunos de esos cambios quizás no los perseguíamos, sin embargo los aceptamos, al observar, no solo el efecto positivo que generó en la pareja, sino el valor que dichos cambios adicionaron a nuestra personalidad.

El problema de intentar cambiar al otro estriba en algo, al menos para mí, evidente: el otro no está obligado a cambiar. "Es que mi pareja ya no me sorprende con detalles", frase clásica en mi trabajo. Ante la pregunta de si alguna vez lo hizo, la respuesta que recibo con frecuencia es francamente sorprendente: "no, nunca lo ha hecho, pero pensé que algún día iba a entender lo importante que es para mí".

Ustedes me disculparán, pero esperar a que mi pareja entienda -y no solo entienda, sino modifique su comportamiento- lo que para mí es o no importante, se puede convertir en un via crucis interminable. ¿No sería más fácil aclararlo? Si tus carencias emocionales de infancia te hacen sentirte “abandonado”, aclarále a tu pareja que requerís que conteste tus mensajes en el momento preciso en que los recibe.

Me preocupa escuchar la siguiente familia de razonamientos -en realidad no me preocupan, más bien me entristecen-: “sabía que era medio mal portado, pero pensé que podía cambiarlo”. O, “siempre ha sido medio coqueta, pero pensé que conmigo se le iba a quitar”. “Vi que no era muy familiar, pero pensé que era falta de madurez”. “A él no le gustaba mucho trabajar, pero creí que era falta de que alguien lo motivara”. “Era un poco avaro, pero pensé que era por falta de plata”, etc.

El cerebro humano cuenta con la cualidad de regenerar sus conexiones y hasta partes de sus tejidos. Le llamamos a esa maravillosa capacidad plasticidad neuronal -neuroplasticidad-. Siendo uno de los órganos más sofisticados de la naturaleza, cuenta con la cualidad de modificar y corregir aquello que requiere para su óptimo funcionamiento. Menciono esto último a propósito del título de hoy: si yo deseo instalar un nuevo hábito en mi cerebro, puedo hacerlo. Si deseo desechar algún hábito, puedo lograrlo. Si busco poseer mayor capacidad memorística, solo debo practicar. Si quiero poner más atención, debo adiestrar a mi mente a lograrlo. En síntesis: puedo cambiar prácticamente cualquier rasgo proveniente de mi capacidad cerebral. Lo que no puedo es obligar a otra persona a cambiar. No, perdón. Claro que puedo -aunque no deba-, pero eso en nada asegura el éxito de mi esfuerzo.

Algunas descripciones de las parejas de mis consultantes desnudan una dolorosa verdad: están con la persona que no cumple los requisitos mínimos básicos para poder vivir con tranquilidad. ¿Por qué los habrán elegido? Por miedo. Por terquedad. Por urgencia. Por presión de la biología. Por aburrimiento.

Si te urge amar, comprometéte en alguna causa humanitaria. Si te urge ser amado, cuidáte de que no se te note (no lo vas a lograr, es muy fácil notarlo). El amor requiere de un tiempo particular. Un tiempo que involucra dos actores. Mi tiempo y el tiempo del otro. Mis condiciones y las condiciones de la otra persona. Mi deseo y su deseo.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal