Por: Allan Fernández.  4 diciembre, 2016

¿Existirá alguien que consiguió vivir toda su vida acompañado de su primer amor? Deben haber, ¿verdad? Películas sí conozco algunas, historias reales creo que no. Ese primer amor, ese que nos estrenó en el no tan fácil arte de las emparejadas, debe andar por ahí. Si terminamos de buen modo esperamos que la esté pasando muy bien. Que haya encontrado una mejor versión de nosotros, una más afín, una más apta. Si terminamos mal esperamos que la soledad sea su hábitat natural. Que lo más que haya conseguido sea la presencia de una mascota, preferiblemente una no muy tierna. Mala señal el rencor hacia una expareja. Da cuenta de la incapacidad de "pasar la página". Puesto en jerga vernacular: seguimos pegados.

El primer amor, entonces, no es más que un evento inicial que dio pie a otros. Seamos honestos. Es probable que el primer amor ni siquiera haya sido un verdadero amor. Algunos primeros amores en realidad fueron arrebatos hormonales, calenturas adolescentes. Es que AMAR, así en mayúscula, requiere cierto grado de conciencia, cualidad no tan fácil de encontrar en la juventud (aclaro que no creo que sea más fácil de encontrar en la adultez, máxime que ganar en conciencia requiere de disciplina y constancia, dos virtudes no muy populares en estas locas sociedades actuales). Mi hija de 7 años se sintió algo contrariada el día que le expliqué esto: "amor", le dije. "Te vas a topar varios grandes amores, varios mejores amigas y amigos a lo largo de tu vida. Yo a tu mamá los primeros 18 años de mi vida ni siquiera la conocía y ya para eso había conocido al menos un par de grandes amores y unos 3 mejores amigos. Hoy no tengo la menor idea dónde se encuentran esas 5 personas".

Pensemos hipotéticamente. Dos personas se conocen, se atraen, luego se quieren y en algún momento llegan a experimentar amor el uno por el otro. En todo este proceso que vagamente recorrí, se crean toda una serie de conexiones marginales: conocemos a la familia de la persona, sus amigos, sus gustos, sus locuras, sus sueños, sus miedos. Conocemos sus ritmos, su aroma, su sabor, sus sonidos. Registramos la sensación de rozar su piel, su nivel de calor corporal. Su helado favorito. Su idea de la muerte. Su capacidad de ahorrar. La velocidad a la que conduce. La hora a la que le da hambre. Todo esto fortalece la conexión con esa persona. Podríamos decir que mi mente ama su mente. Mi cuerpo su cuerpo y mi espíritu su espíritu. Puestas así las cosas, podríamos vaticinar un final feliz. Finalmente podremos demostrarles a los que nos veían eternamente solteros que siempre estuvieron equivocados. Sí existía esa persona. Era simplemente cuestión de no des-esperar. El primer amor, el segundo, el tercero y el cuarto nos fueron preparando para este momento. Como bien dice mi esposa: "nadie sabe para quién trabaja".

El asunto aquí es que lo que acabo de describir, esperanzador para algunos, empachoso para otros, no asegura ese final feliz el cual, aceptémoslo o no, todos deseamos. Mi oficio, una de mis grandes pasiones, me ha enseñado lecciones cruentas, hasta podría decir injustas. Conozco muchas parejas que no lograron llevar su empresa (su relación) a buen puerto. Se embarcaron (en el sentido de viajar) en una travesía que no llegó hacia dónde pensaban dirigirse. Todo parecía favorable. Había amor, disposición, buenos deseos, inmejorables intenciones, etc. Y sin embargo, el asunto no cuajó. Se veían bonitos en fotos. Publicaban mensajes románticos en facebook. Todos apostaban por el éxito de dicha pareja pero, sin entender muy bien por qué, como bien canta Emmanuel, al final, "todo se derrumbó".

Aún y cuando no deberíamos obviar que si algo no funciona de modo natural es quizás por que no funciona ("las cosas a la brava no funcionan", como decían nuestros abuelos), muy probablemente nos vamos a empecinar en sacar el partido adelante. Casi todas las segundas partes no suelen ser tan buenas como las primeras -en términos cinematográficos-. En las relaciones dicha tendencia también se da. “Que no quedemos juntos”, han pensado millones de personas, “no es lógico”, “no es justo”. Aquí tengo que detenerme. En el campo de las relaciones sentimentales, la lógica y la justicia son conceptos ajenos. Por más que me duela afirmarlo, el amor entre dos personas no asegura el éxito de su relación.

El trabajo de terapeuta es poco romántico. No sería ético alimentar las esperanzas de aquellos que parece no están observando la realidad de las cosas. El amor no alcanza. Lo siento mucho. El "timing" es importante. Pero no solo eso. Llámenme "hippie" pero las cosas, en el ámbito de la naturaleza, suceden de modo natural. Somos parte de la naturaleza, ¿verdad? ¿Entienden hacia dónde me dirijo? Si algo no está sucediendo de modo orgánico, de modo natural, suave, sin trabas, es quizás porque nos empecinamos en forzar algo que no conviene sostener.

Todo aquel que desee aprender a andar en bicicleta, tarde o temprano, se va a caer. Aprender a caer es fundamental si se desea viajar en bicicleta. Con las relaciones sucede lo mismo. Algunas veces vamos sobre la bicicleta. Algunas veces nos caemos de ella y, si por insistentes, no nos levantamos, solo conseguiremos que la bicicleta nos pase por encima varias veces. Esa necesidad de sufrir, tan extendida en nuestros días, espero que se extinga pronto. El amor no implica dolor. Las malas decisiones, por lo general, sí.

Concentrémonos en continuar trabajando nuestro amor propio. Perdamos el miedo a la soledad. No somos niños. Maduremos. Evolucionemos.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com