Allan Fernández.27 septiembre, 2015

Un psicoanalista muy famoso aseguraba que el ser humano es el único animal con la inteligente suficiente para mentir. Hoy quiero conversar, no sobre la mentira, sino sobre la comunicación.

MENT(ir), no se si ya lo habían notado, guarda relación etimológica con el concepto de MENTE. ¿Qué entendemos por mentir? Sin necesidad de ponernos técnicos, es el acto CONSCIENTE mediante el cual inducimos a engaño. Cuando siento que me han mentido, experimento la emoción de saberme engañado. Entre la realidad que creía comprender y la que se presenta, observo una diferencia: no coinciden. La sensación vivída es la de "extrañamiento", término que en castellano no es muy utilizado. Si quieren, para dejar esto del lenguaje y pasar a otra cosa, sustituiremos extrañamiento por "confusión". Mentir genera engaño. Dicho engaño genera confusión.

Si ustedes conocen a algún profesional en comunicación, los invito a dirigirle la siguiente pregunta: ¿Cómo se da la comunicación? ¿Qué se requiere? La respuesta, más o menos exótica, será algo así: para que la comunicación se lleve a cabo, se requieren al menos dos sujetos, un ámbito y un mensaje. El sujeto A emite un mensaje, el cual viaja a través de un espacio X. Dicho mensaje, requiere de un receptor, el sujeto B. Si el mensaje emitido por el sujeto A se parece al mensaje recibido por el sujeto B, podríamos decir que dichos sujetos se habrán comunicado. Pero como dice mi papá, “si todo fuera tan fácil...”.

Sería lindo si todo lo que yo digo es comprendido por el otro, así como todo lo que el otro emite, llego a comprenderlo en su totalidad. Pero la realidad nos plantea un escenario mucho más complejo. Todo lo que yo digo, conlleva una carga emocional. Todo lo que el otro dice, por ende, también viene cargado. Y, si ya eso hace las cosas complejas, lo que el otro dice, irremediablemente, genera en mí una reacción emocional, así como todo aquello que yo intento transmitirle a alguien. Vamos con calma...

Me apropio del ejemplo de algún profesor mexicano de hace muchos años: si cuando mi esposa me dice: “Allan, vamos a ir a visitar a mi mamá”, yo le contesto “OK”, ella se ve obligada a interpretar mi respuesta. Si ese día la encuentro de buen humor, no me dirá nada -al notar que su esposo la acompañará, lo cual, parece que es lo que ella podría querer-, ahondará en detalles o pasaremos a otro tema. Sin embargo, si ese día anda cansada, molesta o considera conocerme en profundidad, podría soltarme un “si no querés, decílo y listo”, a lo que yo podría refutar: “te dije que si iré”, lo cual podría generar un “conozco tus OK’s. Se que no querés ir”. ¿Qué pasó acá? El sujeto A, mi esposa, emitió un mensaje. Dicho mensaje avanzó a través de un espacio (el aire) y llegó al sujeto B, YO, quien, luego de interpretarlo, considero que debo contestar. En ese momento, por toda una serie de procesos conscientes y no conscientes, decido que lo más apto por contestar es “OK”. Al proferir dichas 2 letras, deseo hacerle saber a mi esposa que recibo su mensaje, me doy por enterado -acuso recibo- y, además, le hago entender que yo también iré, el día que ella está pensando visitar a mi suegra. ¿Cuántos “OK’s” habrán terminado en terapia de pareja o incluso en divorcio?

¿Por qué “OK” no logró que dicho acto de comunicación fuese exitoso? Fácil. “OK”, no significa nada. O, si me permiten ponerme algo complejo, puede significar cualquier cosa. El sentido de las palabras dependerán de la situación a la que te enfrentes, y serán interpretadas por el receptor. Es imposible que no carguen con un estado emocional.

Cada vez que deseas comunicarte conmigo, tenés que calcular el efecto que tus palabras tendrán en mi, dependiendo, ya no solo de qué tan buen comunicador sos, sino, y sobre todo, de cómo me encuentro anímicamente yo. ¿Les ha pasado, que llegan a hablar con su pareja desbordantes de gozo, éxtasis y algarabía y, luego de compartir esa gran noticia, encuentran que el otro no logra llegar a ese -alto- nivel que ustedes traen, lo cual los hunde en un estado, a veces de frustración, a veces de enojo?

¿Cuál es nuestra responsabilidad, tanto como emisores, así como receptores de mensajes? En tanto emisores, asegurarnos que el mensaje que estamos a punto de enviar sea lo suficientemente claro como para no inducir a equívocos al receptor (nuestra pareja, en este caso). ¿Y como receptores de información? Reconocer el estado de ánimo que poseemos en cada momento.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal