Allan Fernández.5 abril, 2016

El amor en los tiempos del internet... que fenómeno. La tecnología vino a desnudar nuestro lado más irracional. Volvimos a la definición de amor de nuestros primeros meses de vida: si me amás, tenés que estar presente 24/7. No podés desconectarte. Te necesito allí, siempre presente.

Si la tecnología supuestamente nos hace la vida más sencilla, entonces, ¿qué sucedió? ¿Por qué nos volvimos tan inseguros? ¿Quién despertó nuestros miedos? ¿Qué ganan tocando nuestras fibras más neuróticas?

Yo vengo manejando una hipótesis desde hace un par de décadas. Los seres humanos, actualmente, dejan de ser niños antes y... maduran tarde. Se ha creado un “gap” en el que la preadolescencia se juntó con la adultez temprana. No se asombren si se topan una niña de 8 años que ya no desea serlo y un tipo de 30 que no se comporta de modo adulto. Es una locura, yo sé. Decido dejar de ser niño, ya que considero que es más interesante ser adulto. Cuando cronológicamente llega el momento de comportarme como adulto, no quiero dejar de actuar como un niño. Es una anticipación que se transforma en un retraso. Todo un semillero de investigaciones en psicología.

Whatsapp se convirtió en un disparador de inseguridades. El signo de “check”, al aparecer una vez, genera una esperanza. Cuando se duplica, sentimos que al otro lado existe aún alguien. No estamos solos. Cuando los dos signos cambian de gris a azul, nuestro corazón se acelera. El tiempo se detiene. Me abro a la experiencia de recibir una buena noticia, una confirmación, algo que producirá alegría...

Sin embargo, a veces no sucede eso. Los dos signillos siguen allí, azules, implacables, desgarradores. “Sé que no estoy solo. Sé que la realidad no es una invención de mi mente. Al otro lado, en alguna parte, alguien leyó mi mensaje. Yo emití y, al emitir, me llené de esperanza. Me acerqué. Tendí un puente. Establecí un canal. Merezco un gesto solidario. Soy un ser humano con sentimientos. Solo pido una respuesta. No pido mucho. ¡Contestáme!”.

Pero todo siempre se puede poner peor. “Ya sé”, piensa la persona de mi situación “ficticia”. “Puede que la persona solo tuvo tiempo de leer mi mensaje. Seguro iba manejando y se topó un oficial de tránsito. Por eso no me contestó”.

El tiempo pasa... de pronto, esa parte oscura que todos llevamos dentro aconseja: “fijáte en la última hora que se conectó”. No debimos haberlo hecho. Podemos encontrar dos escenarios: uno doloroso y uno dolorosísimo. El doloroso: se conectó un rato y se desconectó. El dolorosísimo: la persona continúa conectada -en línea- y no contesta.

La voz de dicha parte oscura -los católicos le llaman el diablo-, dice al oído: “diay, aceptálo, no sos tan importante”. Y, si dijera solo eso, no nos pondríamos tan mal. Pero no. El maligno no da tregua: “escribíle otro, reclamále, dáte a respetar”. Listo. El tiempo continúa inexorable su paso. “Voy a escribirle otro”, y cuando nos damos cuenta, llevamos 69 mensajes doblechequeados en azul. El receptor de los mensajes, ya a la altura del mensaje 10 había esgrimido un diagnóstico: “Que intensa esta persona ¿Con quién me fui a meter? Razón tenía mi madre y mi psicólogo".

Ya para ese momento, el desquiciado que llevamos dentro se apodera de la mente de nuestro personaje “imaginario”. “Voy a enviarle mensajes de texto... es más, también le voy a escribir por Facebook”. Nada. No logro generar reacción en esa persona. “Ya se... se lo ganó. Lo voy a hacer público”. ACTUALIZACION DE ESTADO: “Que mal que alguien que dice quererte no te trate como merecés”. Los “amigos” de este ser ya no saben si “likear” el “post”, hacer caso omiso o recetarle algún emoji. Un par de minutos después, empiezan a aparecer este tipo de mensajes: “ay amiguis, el que no te aprecia no te merece”, “Diosito tiene algo mejor para tí”, “a mí me pasó lo mismo, ¡fuerza!”, “como dijo Walter Riso...”, “mensaje por directo”, etc.

Creo que ya captaron. Este melodrama que acabo de comentar es mucho más común de lo que quisiéramos. ¿Se fijaron cómo titulé esto?. Pienso que algunas personas no cuentan con el mínimo nivel básico de autocontrol como para dominar sus ímpetus/intensidades tecnológicas. No son malas personas. Es solo que se ven presas de sus miedos más irracionales.

Quisiera terminar esto, sin duda muy preliminar -ya nos internaremos de nuevo en estos temas- planteando un par de interrogantes:

- ¿Te describí? A trabajar la autocompasión, el autocontrol y el amor propio.

- ¿Describí a tu pareja? A trabajar la autocompasión, el autocontrol, el amor propio... pero más urgente aún, tus criterios de elección de compañer@.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / (506) 8835-5726 / Facebook / Blog personal