Por: Yessica Suárez.  2 julio

Esta vez más que escribir sobre la teoría, quiero escribir sobre mi experiencia en la pérdida de peso y lo que aprendí en un proceso que fue muy largo y agotador emocionalmente (por que sí, los nutricionistas no estamos exentos de las dificultades que enfrentamos todos en un ambiente obesogénico)

Mi peso usual siempre fue 63-65 kg y mi estilo de vida desde la adolescencia siempre fue muy activo (entrenaba 5-6 veces por semana) con alimentación muy saludable. Me mantuve así durante mucho tiempo, inclusive los primeros años de Universidad.

Fue en el 3er año de la U que todo cambió: horas y horas sentada en clases o en casa estudiando (como les ocurre a muchas persona con sus trabajos de oficina), casi no entrenaba (con suerte 2 veces a la semana), dormía menos de 5 horas y había aumentado considerablemente el consumo (por estrés, por ansiedad, porque es parte de la costumbre que en toda reunión de trabajo o estudio haya comida) .

Llegué a subir 10 kilos sin darme cuenta y en el momento me preguntaba cómo era posible que uno estudiando una carrera de Salud y específicamente de Nutrición se pueda descuidar así: fácil, a veces las exigencias o rutinas del día a día (trabajo, universidad, familia) nos hacen olvidar que lo más importante es nuestra salud porque sin ella lo demás no funciona adecuadamente.

Ahora, 1 año después de ese peso máximo ya perdí 6kg de los 10kg que había aumentado. Me encontré una foto del antes y la comparé con una actual, entonces me puse a meditar qué hice diferente para lograrlo a pesar de que en el momento me sentía en crisis y embotada.

¿Cómo perdí ese peso? ¿Qué hice (o que no hice)?

1- Aceptar: No era la misma, ni estaba en la misma situación de antes, debía aceptar el presente y el pasado para poder seguir adelante.... porque la culpa y la auto-tortura no son buenas compañeras en ningún proceso, menos en uno que tiene un componente emocional alto (por las presiones o exigencias externas a las que estamos expuestos diariamente).

2- Relajarme: Pensar todos los días en los kilos que había subido, la ropa que ya no me quedaba lo que hacía era generarme estrés, ansiedad y tristeza. Decidí calmarme y empezar de cero, sin compararme con el antes y sin validarme a partir de unos jeans o un peso: no preocuparme tanto y ocuparme más.

3- Ordenar mi alimentación: Volví a preparar meriendas, a alistar almuerzos para la U y a tener horarios regulares… no porque eso aplique para todos, pero inevitablemente dejar la alimentación al azar es dejársela a una industria un mercado que lo que más nos ofrece son opciones poco saludables.

4- Moverme más: Aumenté mi actividad física diaria, tratando de llegar a 8mil - 10mil pasos diarios (hay aplicaciones del teléfono que las cuentan) y me hice más consciente con los entrenamientos, dejé de negociarlos y me puse de meta ir al menos 3 veces fijas no solo para bajar de peso, sino para relajarme y sentirme mejor cada día a pesar del estrés.

5- No me obligué: No me obligué a tomar batidos verdes, ni batidos para sustituir alimentos, no consumí nada que no me gustara, ni tampoco eliminé grupos de alimentos. Incluir más frutas allí donde comía galletas, más vegetales y ensaladas en almuerzo y cena, más agua.

Lo más importante en mi proceso y creo que en el de muchas personas es que me enfoqué en lo realmente importante: mi salud física y emocional, hice los cambios que eran reales en el momento y que sabía que podía sostener en el tiempo – y mi rutina.

No podemos pensar que un método que usamos en el pasado puede volver a tener los mismos resultados porque las personas cambiamos, crecemos, tenemos otras metas y otras prioridades: debemos intentar algo nuevo que empiece por el amor propio y el foco en nuestrasalud.