Andrea González Mesén.20 agosto

¿Que si aproveché mis días en Medellín? Hasta el último segundo. Esta vez me fui para la comunidad de Guatapé y la piedra del Peñol. Son dos destinos muy populares que están a unas horas de la ciudad y que vale mucho la pena visitar.

Del Parque del Poblado y por el Estadio salen todos los días buses que hacen diversos tipos de tours, entre ellos este.

La primera parada fue en el Viejo Peñol, que es en realidad una réplica de una ciudad que en 1978 fue convertida en una de las represas hidroeléctricas más importantes de Colombia.

El embalse soporta cerca de 1.220 millones de metros cúbicos de agua. En total se inundaron 6.365 hectáreas, que según algunos eran las más fértiles de Antioquia. Un dato curioso es que las características montañosas de este relieve dieron pie a la formación de pequeñas islas. Con los años han hecho de este lago artificial un punto de atracción turística.

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Una cruz de metal que se levanta sobre el agua es la evidencia de que ahí existió un pueblo que en su momento tuvo que ser desalojado con todo y sus muertos.

No hace falta ser muy creativo para imaginar cómo era esa comunidad. Como estrategia para volver aquel punto más atractivo, el ayuntamiento diseñó una réplica del Viejo Peñol.

Una plaza con fuente en el centro rodeada de casas con diseños antiguos construidas con madera, cemento y techos de teja. Obviamente no podía faltar la réplica de la iglesia, que sí se encuentra en uso. El resto de las casas son pequeñas y abarrotadas tiendas de sourvenirs.

Piedra del Peñol.
Piedra del Peñol.

En la represa es posible contratar un paseo en bote; en el camino cuentan leyendas del embalse, del antiguo pueblo y hasta de las propiedades que rodean la laguna –que se dice pertenecieron a Pablo Escobar–.

Desde el bote se puede ver la Piedra del Peñol, nuestra siguiente parada.

Es imposible no impresionarse con una roca de 220 metros de altura y más aún cuando se ven las decenas de escalones que hay que subir, más de 640, para llegar a su punto más alto.

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Fue utilizado como punto de adoración por los indígenas prehispánicos y cuenta con decenas de leyendas sobre su aparición justo en este sitio.

La piedra actualmente está rodeada de una amplia oferta de tiendas y de restaurantes. Si sigue el mismo recorrido llegará a este punto justo para el almuerzo. Le recomiendo subir las escaleras primero y luego darse el festín.

Las vistas de camino son impresionantes y desde arriba ni se diga, claro que vale la pena llegar a la cima. La velocidad dependerá de la cantidad de gente tomándose selfies y tomando algo de aire. Lo bueno es que tiene una ruta para subir y otra para bajar.

La última –y para mí la mejor de las paradas– es la comunidad de Guatapé. Uno de los sitios más coloridos que he visitado.

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Es conocido como la tierra de los Zócalos, diseños de figuras que adornan las fachadas de las casas, en su mayoría con diseño colonial, y negocios, que además están pintados con llamativos colores.

Las obras de cemento ilustran vivencias de la comunidad, actividades a las que se dedica un negocio o familia, y muchas otras muestran el escucho de familia.

Es como un pueblito “de juguete”, pero con habitantes reales. Entre vibrantes azules, amarillos, rojos y verdes se encuentra una calle con las cafeterías y restaurantes más concurridos.

La calle del Recuerdo fue la primera en tomar esta imagen, de hecho aún conserva edificaciones originales y los primeros zócalos hechos por José María Parra a mediados del siglo pasado.

Ojalá disponga de tiempo suficiente para caminar por sus calles, tomarse un chocolate o ir a disfrutar un rato del ambiente de pueblo que aún mantiene Guatapé.

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