Andrea González Mesén.6 agosto

Una vez una persona me dijo en modo de consejo: deje ese miedo que todos venimos al mundo solitos. En aquel momento pensaba que se había equivocado un poco en los números, ya que al decir verdad yo sí vine al mundo en pareja (soy gemela), una excusa que siempre usé para ocultar mi miedo a la soledad.

Desde que nací todo lo había hecho acompañada, rodeada de familia, amigos y mi incondicional hermana. Luego vinieron las relaciones de noviazgo y las amigas de la vida. Nunca nada sola. Al decir verdad, no recuerdo algún momento en el que deseara estar sola, hasta ahora.

Confieso que le tenía miedo a la soledad, a los fines de semana sin planes o estar sin amigos cerca. Pero como dice el dicho: el que no quiere caldo dos tazas.

Tengo seis meses de vivir en una villa en un pueblo de apenas 700 personas en algún lugar remoto de Inglaterra, el idioma no era mi fuerte y los kilómetros que me distancian de mi vecino más cercano no ayudaron mucho en un principio.

Fue aquí, que sin proponerlo, aprendí a perderle el miedo a la soledad y una vez por todas a disfrutar de mi propia compañía.

Las redes sociales nos hacen pensar que las distancias no existen, pero a final de cuentas cuando las historias se dejan de refrescar y la diferencia horaria se vuelve gigantesca se empieza a sentir la falta de compañía.

Mantenerse activo y con una mentalidad positiva puede hacer la diferencia entre sacarle provecho a esa circunstancia o caer en la angustia y la tristeza. Yo decidí la primera, aunque como en todo, unos son más complicados que otros (algo que considero, tampoco está mal).

Me propuse disfrutar de pequeñas cosas que me hacen feliz con los demás, pero ahora para mí misma.

Escuchar música y tomar una copa de vino mientras preparo una cena espectacular para mí sola. Salir a correr sin saber el rumbo hasta perderme y descubrir un lugar paradisiaco, planear viajes sola a destinos desconocidos…

Disfrutar de mi soledad me hizo disfrutar también de las horas de trabajo, las noches de películas o de las tardes de lectura a solas.

Esos momentos se vuelven perfectos para meditar, agradecer, crecer, volverse más fuerte, auto conocerse, auto disfrutarse… También es un buen motor para animarse a conocer gente, a sacar temas de conversación de la manga, a auto invitarse a clubes gratuitos y hasta hacer voluntariados los días feriados.

Ahora mis ratos de soledad son más selectivos, mi vida se ha vuelto a llenar de gente linda a mí alrededor con la que salgo, tomo cervezas, hago planes para ver películas o almorzar juntos. Pero ahora también hago planes para mí, para mis ratos de soledad, para relajarme y darme tiempo para mí misma.

A final de cuentas la soledad es una excelente amiga.