Andrea González Mesén.26 octubre, 2018

Cada vez más toma fuerza la teoría de que nuestra memoria es selectiva. Es decir, que de alguna u otra forma recordamos lo que es significativo para nosotros.

Esos recuerdos están ligados a valores, necesidades y motivaciones propias que definen la forma en la que vemos las cosas. Precisamente esta relación es lo que hace que algunos eventos pasen a formar parte del selecto grupo de recuerdos a largo plazo.

Si bien no recordamos toda nuestra infancia, hay momentos que marcan un antes y un después. Incluso, hay teorías que respaldan la idea de que tenemos la capacidad de olvidar eventos que no nos convienen, que ponen en duda nuestras creencias o nos generó malestar.

Ésta última creo es una buena noticia para seguir adelante: podemos escoger a qué tipo de recuerdos aferrarnos.

Es super chiva descubrir que la memoria guarda los recuerdos más divertidos, eventos que nos hicieron aprender y que finalmente nos ayudan a crear y mantener la mejor imagen de una persona o hasta de algo material.

Pero eso sí, creo que en esta primera etapa, esa capacidad que se supone es natural de la memoria selectiva debe ser consiente. Sí, tomar la decisión de dejar de retomar en la mente esos recuerdos que nos hicieron daño, esos momentos difíciles, las tardes de dolor y, por el contrario, enfocar todas las energías posibles en recuerdos que aclaren el día.

Recordar lo mejor de una persona que no está, nos lleva a desear estar con ella, pero en su lugar lo mejor sería intentar generar nuevos recuerdos positivos que se asemejen a esos, al punto de convertirnos en pequeñas semillas que replican felicidad.

En la teoría es simple. La realidad es que las lágrimas siguen, se secan y de nuevo tenemos la decisión de elegir en qué tipo de pensamiento y recuerdo enfocarse.

Con el tiempo, afirman algunos estudios, esos eventos que no son favorables simplemente siguen su camino, de lejos, hasta que dejan de estar en nuestra mente por dar espacio a lo que realmente nos representa.