Andrea González Mesén.17 febrero, 2016
Mujeres policía, unión de pasión y necesidad
Mujeres policía, unión de pasión y necesidad

El viaje desde San José es largo. Siete horas en carro camino a la frontera con Nicaragua. Kilómetros después de Liberia, ahí cuando el celular se queda sin señal, el calor sofoca todos los poros del cuerpo y la sed se apodera de la garganta, está el Centro de Formación Policial Murciélago, de la Escuela Nacional de Policía.

Se trata de un territorio ubicado en la comunidad de Cuajiniquil de La Cruz de Guanacaste adaptado actualmente para la formación profesional de oficiales de la Fuerza Pública.

El entrenamiento por naturaleza es duro, tiene que serlo si se desean policías con el potencial necesario para enfrentar la capacidad del hampa. Pero hay que ser sinceros, la sensación desértica de un trozo de tierra ubicado a la orilla del mar pone cuesta arriba la meta de convertirse en oficial.

No se trata solo de usar un par de botas, un pantalón azul y un distintivo. Estar en la Fuerza Pública requiere ingresar a la Escuela de Policía, donde durante nueve meses se entrena a los aspirantes con cursos como manejo de armas, lectura de cartas geográficas, patrullaje, técnicas de intervención, aspectos legales y humanísticos, entre otros.

La experiencia de ser electo para el Básico Policial no es igual para todos. Hay quienes simplemente topan con suerte y cuando menos lo esperan están dentro. Pero este no es el caso de María del Rosario Gutiérrez, vecina de Nandayure, con 38 años y un hijo de 14.

Gutiérrez afirma que siempre se ha caracterizado por su espíritu de liderazgo y servicio. Fue voluntaria en la Cruz Roja y durante muchos años tuvo la espina de ser policía, pero la decisión de estar en la Escuela la tomó más por necesidad que por voluntad propia.

El divorcio, un hijo con problemas de salud y la falta de empleo la impulsaron -a sus 36 años- a concursar por una plaza.

"Ingresar a la policía era mi salida de la crisis. Estaba sin trabajo y sin recursos. Me costó mucho porque no tenía dinero para hacer las vueltas. Duré dos años en el proceso, se me vencieron las pruebas, las hice de nuevo y las gané todas, pero nada. Logré encontrar un trabajo y ya estaba establecida cuando me llamaron. Renuncié y se vino el cambio de Gobierno y se paralizaron las plazas, me quedé sin el trabajo y sin ingresar a la Fuerza Pública", comenta con un nudo en la garganta.

Mientras esperaba a que las aguas de la política retomaran su rumbo, los documentos de Gutiérrez volvieron a caducar, esta sería la última vez que lo intentaría. Dos años después de su primera postulación logró ser aceptada.

La situación de Gutiérrez no es única, cerca del 20% de quienes se postulan para ingresar a la Policía son mujeres provenientes de zonas lejanas, con carencias económicas y responsabilidades importantes como la maternidad, afirma Silvia Pérez, encargada de la Escuela de Policía del Barrio del Socorro en San José, sede en la que se imparten algunas de las materias.

Igualdad. Faltaban 10 minutos para las seis de la mañana y los 74 estudiantes estaban listos para el saludo a la bandera. Pantalones de "guerra", botas negras y camisas según el grupo. De ellos 34 eran mujeres. A simple vista no existe diferencia alguna, quizá en que usan moño y pequeños aretes.

Durante el día existen los ratos libres: unos 15 minutos para recoger las habitaciones, otros 10 para lavar los dientes y ropa y, con algo de suerte, un rato en la noche para estudiar lo que lograron aprender durante la jornada.

Quizá la única marca que recuerda la diferencia de género es la distribución del campus.

"De esta línea (imaginaria) para acá no pueden pasar los hombres, este es espacio para ellas. Si lo hacen es solo con autorización de un Mayor (como se les dice a quienes tienen alta jerarquía)", explicaba la subteniente Olga Gómez, quien nos acompañó desde San José a aquél recóndito lugar.

Para Gómez, la única mujer en su rango, las cosas han cambiado mucho desde que ingresó a la Fuerza Pública. En su época, afirma, fue duro lograr las mismas oportunidades, debido a que los funcionarios no estaban acostumbrados a trabajar con el sexo opuesto.

Eliminar el estereotipo de que la mujer no podía ser policía ha sido difícil. Aún hoy se lucha con paradigmas y condiciones materiales que impiden un desempeño igualitario, como el carecer con botas para mujer o la cantidad de uniformes necesarios para ellas.

"Por más que se quiera igualdad, la realidad es que la sociedad aún no lo ve así. Además de otros aspectos que por naturaleza cambian las condiciones como el hecho de ser madres. Lo que no les quita oportunidades", comentaba en su despacho Erick Lacayo, director de la Escuela de Policía.

"Es tiempo de que la Institución y la sociedad valore las cualidades de las mujeres en la Policía", añadió.

Silvia Pérez dice que a partir de la década 1990 cuando entró en vigencia la Ley General de Policía que buscaba abrir oportunidades a toda la población se destacó lo "humano" de la policía. "Además de la igualdad en género, esta integración agregó una dosis de respeto y tolerancia", sostuvo.

Para la actual Escuela, las limitaciones las pone cada quien. Los entrenamientos en Murciélago son los mismos para todos: ubicación de puntos con planos, intervenciones en montaña para los grupos nuevos; dominadas, carreras de cuatro kilómetros y nado para grupos de Fronteras; internamientos en montaña para unidades especiales, entre otros.

Un ejemplo es Arelis Durán, esta joven de 26 años era la única mujer en el cuarto grupo de especialización de Fronteras. Su experiencia de seis años en Pavas y Guadalupe le enseñaron que la calle es dura, que los delincuentes no distinguen género y que su potencial es tan valioso como el de sus compañeros.

Su deseo de superarse la llevó a concursar por una plaza para resguardar las zonas fronterizas.

Junto a ella participaron otras cuatro mujeres, tres fueron recibidas y solo Durán tuvo las agallas de llegar al temido Murciélago. Aclaro que no es por un tema de maltrato, sino por las propias condiciones naturales que exigen mucho más esfuerzo.

"Las limitaciones son las que cada quien se pone. Aquí el tema de género es bienvenido y no solo este punto, la religión, la raza... Aquí lo principal es trabajar en equipo. Lamentablemente las mismas personas se ponen barreras. El curso está abierto a todos", comentó Juan Pablo Calvo Cuadra, coordinador de instructores.

Durán confiesa que no fue fácil, pero estar ahí la enorgullece. Su buena actitud la ha llevado a reducir la ventaja fisiológica que se podría decir tienen los varones. Entrenamientos adicionales en la madrugada y en días libres, dieron el fruto para terminar con éxito su proceso.

"La diferencia se nota mucho en lo físico, que es en lo que me puedo quedar atrás un poquillo, pero en lo demás, en lo académico, todo funciona. Somos muy unidos. Nos enseñan a ser un grupo, nadie va solo a ningún lado", comentaba.

Patricia Rubinstein Montes de Oca, coordinadora del área humanística y sicóloga, confirma que sí existe un choque emocional al ingresar a un grupo históricamente masculino.

"Hacerse respetar requiere de un cambio en el carácter, situación que se presenta en cualquier ámbito donde se perciba como nueva la figura de la mujer. Más aún, en la Fuerza Pública donde se llegan a enfrentar con personas con mucha más experiencia a nivel delictivo".

En todo esto existe una realidad que aún está pendiente de procesar. Costa Rica es un país machista, o al menos en eso concuerdan varios de los expertos de esta escuela.

¿Necesidad o pasión? María del Rosario fue ama de casa por 12 años. Su pasión por ayudar a los demás nunca le dejó remuneración alguna, la fama de voluntaria la ha perseguido desde siempre. Quedarse sola nunca fue su preocupación, sí lo era velar por su hijo que sufre de síndrome de Asperger.

La falta de empleo, la ausencia de una carrera y la inexistencia de ahorros empujaron a María a la Fuerza Pública. Ella confiesa abiertamente que su llegada fue consecuencia de la necesidad de superarse y sobre todo de un ingreso permanente desde el primer día.

José Barboza, inspector de unidad estudiantil en Murciélago, considera que el incremento de las mujeres en la Fuerza Pública responde a una necesidad económica y falta de empleo, principalmente en las zonas alejadas del área metropolitana.

"Este grupo es ejemplo de ello. Si bien la gran mayoría ingresaron por necesidad, una vez dentro se ven involucradas en el proceso y se les ve trabajando al nivel de algunos hombres o un poco más", mencionó.

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La ley interna de Escuela de Policía busca paridad de género con la incorporación de al menos un 30% de mujeres.

La situación del empleo no es exclusivo de las mujeres. José Joaquín Pérez, jefe académico de la Escuela de Policía del Socorro, afirma que en promedio el 40% de los reclutas proviene de zonas rurales como Los Chiles, Hojancha, Nicoya, Upala y zonas costeras.

"Ellos ven una posibilidad de empleo fijo. Que les garantiza por lo menos tener condiciones óptimas para mantener a sus familias. Si bien son muchachos jóvenes, ya muchos están casados y tienen necesidades que cubrir".

Pese a la evidente búsqueda de empleo sí hay quienes afirman que la pasión fue lo que los llevó a renunciar a sus ya establecidas carreras para convertirse en policías. Cristina Solano es una de ellas.

La joven asegura que quienes logran terminar el curso realmente es porque tienen vocación. Según Solano se requiere de pasión para soportar la lejanía de la familia, los horarios extendidos y los riesgos que su carrera podría acarrear.

Piedra en el zapato. Al levantarse por las mañana, lo primero que hace es acomodar su espacio, la inspección será más tarde pero no hay tiempo que perder. Un cambio rápido de ropa y una clase de educación física. El sudor brota de sus poros y leche de sus pechos. Hace apenas dos meses, esta joven se convirtió en madre, su periodo de incapacidad ya venció y, aunque disfruta de todos los beneficios establecidos por ley, su condición no es la misma que tenía en el primer curso básico, el cual debió dejar por una doble raya roja en la prueba que compró en la farmacia.

"Una piedra en el camino que tenemos en la formación es que admiten a madres. Pero ese no es tanto el inconveniente, sino que son separadas de sus hijos para poder capacitarse", confiesa Pérez.

Ante el panorama afirma que urge un cambio más drástico en el accionar de la Escuela. Donde se acepte que se requiere de un tratamiento diferenciado para quienes son madres, en especial en periodos de lactancia, ya que el curso básico no está diseñado para tener a una madre con su hijo.

Lo anterior pese a que la institución otorga beneficios en horarios y ubicación a quienes se les compruebe que lo requieren.

La desvinculación del policía con su familia deja consecuencias grandes en el gremio. Datos de la Escuela de Policías señalan que en promedio un 40% de los funcionarios sufre de desintegración familiar, principalmente por la inestabilidad de los puestos y horarios.

"Ante todo impera la pasión. ¿Sabe lo que es dejar a su hijo para venir a cumplir un sueño? Sí, muchas de ellas están aquí por necesidad, pero la mayoría es porque lo soñaron toda la vida. Aunque signifique sacrificar aspectos tan importantes como la familia", concluyó Pérez.

Fotos Alonso Tenorio.