Andrea González Mesén.20 febrero

La primera vez que vi a Viviana Calderón realmente le llamaban Adela. Ella fue la cara de un microprograma producido por Repretel del que quizá pocos se acuerden. Pero estoy segura de que la mayoría tendrá aun grabada su participación en los programas A Todo Dar, donde se desarrolló como presentadora, los fines de año en el Chinamo de Canal 7, más tarde en 7 Estrellas, y ahora en el espacio matutino Buen Día.

A simple vista, como quien juega de juez, Calderón se percibe alegre, llena de energía, de buena vibra. Es de esas personas de las que sin darse cuenta se vuelven amigos, quizá por esa sensación de confianza que emite, al menos a través de la pantalla chica.

Lo cierto es que una vez que la tiene enfrente y se conversa con ella, no cabe duda de que no se trata de un papel que juega para lograr abrir puertas. Ella es así, tal cual. Más humana claro, pero es la misma.

Fue precisamente ese don de gente el que le fue abriendo las puertas en distintos proyectos hasta convertirla en unas de las figuras más conocidas y, por qué no, queridas de la televisión nacional.

Su experiencia inició a los 20 años y hoy con 37 se confiesa una persona mucho más madura, responsable, bendecida, positiva o por lo menos trata de serlo. Es segura de sí misma, con un grado de timidez. Eso sí, siempre con la frente en alto, suceda lo que suceda

“Esto de la televisión lo puede encasillar en la vida perfecta, la mujer perfecta y que uno todo lo hace perfecto. La verdad es que uno también comete errores y es un ser humano”, afirma con un poco de lamento, para luego recalcar que realmente se considera una buena persona.

Estas palabras quizá las dijo en referencia al show mediático que se formó a mediados del 2017, cuando salió a la luz pública la separación con su esposo y padre de su hija de cuatro años. Además de una supuesta nueva relación de la presentadora.

Backstage Viviana Calderón

¿Pero a fin de cuentas quiénes somos para juzgar? Me animo a decir que solo simples espectadores.

De hecho lo más difícil de ser parte de la industria televisiva, según Viviana, es la crítica.

La exposición en medios y el ser llamados figuras públicas confunde a la gente. “Tiende a pensar que uno es eso: la figura pública, y se les olvida que también es un ser humano y esa es la parte más difícil de manejar”.

Las redes sociales pusieron las cosas cuesta arriba y le da la fuerza a más de uno para decir cuanta cosa se le ocurra, sin percatarse de que eso afecta.

“La gente siempre dice que tómelo de quien venga, pero que va, llega a afectar y sobre todo cuando ya se meten en cosas muy personales. Es que es figura pública, usted se lo buscó, y eso no es así. Somos igual que todos, solo que salimos en la pantalla chica. Es lo único que nos hace diferentes”, insiste la mujer que en el 2000 participó en un concurso de belleza y a duras penas llegó a ganar el título de mejor cabello.

La clave para superar esta y otras dificultades en su vida está en la actitud y la forma en cómo enfrentar las situaciones.

“Siempre hay rechazos y negativas. Sin embargo, uno sigue, las oportunidades se presentan siempre y cuando uno se mantenga firme y dando lo mejor de sí. Desempeñándose de la mejor manera en el área que le toque. Así sea lo mínimo. Igual dele, mándese con todo. Nunca hacerlo por poquitos, siempre darlo todo, no ser mediocre. Sino tratar de hacer bien las cosas”.

El instinto de competencia la impulsa a que todo siempre salga perfecto, como ella quiere, pero la realidad es otra. Puede que sí o puede que no, lo que no significa un impedimento para continuar, dice.

Desde que contacté a Viviana le comenté que esta entrevista incluiría el tema del amor propio y la superación como mujer en momentos de crisis del corazón. Situación por la que decenas de costarricenses pasan a diario, con la gran diferencia de que no están en televisión.

¿Cómo logró salir a delante de una relación y qué aprendió de todo este proceso de separación?

“Ya voy a llorar. Todo ha sido muy fuerte, triste y doloroso. Uno acepta las consecuencias que vengan, las enfrenta. Obviamente, uno es la figura pública, pero también se ven envueltas personas que no son de la farándula y eso para uno es complicado.

Esto se convirtió en un circo mediático que generó un daño colateral. Eso obviamente me afecta mucho, porque gracias a mí la gente también sufrió.

Los señalamientos, la gente que juzga, pues… para qué. No es justo que hagan eso porque como lo he venido diciendo soy un ser humano que se equivoca, que tiene sus aciertos, debilidades y fortalezas.

El divorcio en sí ya es duro y cuando se hace público es más duro aún. La gente empieza a opinar de algo que no tienen idea y no les compete. Ellos no duermen conmigo, no me ayudan en comprar nada, ellos no están ahí para cuando necesitamos algo o necesitamos ir al médico… Nada. Es fuerte cuando uno lee comentarios de gente que ni siquiera conoce, que dicen cosas súper feas y crudas, muy hirientes”.

Estas palabras las dice Calderón con más seguridad y luego de que el ojo del huracán la dejara respirar. De hecho al llegar a la entrevista se lucía renovada, con un aire interno propio de la tranquilidad del volver de nuevo al punto de equilibrio o de quien por lo menos ya tiene sus objetivos puestos en él.

Precisamente, eso fue lo que le dejó su viaje sola a Perú. Cuatro días de recorrido por el Camino Inca, la llevó a deshacerse de la presión que la sofocó durante cinco meses. No es que las cosas hayan cambiado, para nada. Pero su actitud sí.

“Es algo que recomiendo mucho a esa gente que está en esa situación en la que ya no dan más haciéndose el fuerte y donde tragan y tragan. Llega el punto en el que explota y eso no es nada sano”.

“Tampoco quiero jugar de gata. Pero creo que uno puede salir adelante a pesar de todo. Y ahorita estoy empezando de cero”, dice mientas la maquillan para la sesión de fotos que tenía minutos más tarde para estas mismas páginas.

También confiesa que su motor de vida es su hija. Ella es la que la hace luchar cada día, a pesar de lo que digan o señalen. Actuando con la frente en alto y sobre las consecuencias de lo que tenga que vivir por las decisiones que tomó.

¿En algún momento dejó de pensar en los demás para pensar en usted?

En este proceso lo que sí siento es que yo ahora necesito encontrarme y decir qué es lo que yo quiero para mí, para mi vida. Mi futuro, mi presente, para ya. Mi pasado ya fue.

Solo tengo que rendirle cuentas a una persona y al de arriba. No tengo que darle explicaciones a nadie de mi vida, de mi situación ni nada.

En este proceso todo se afecta, y ahí es también donde tiene que salir el amor de uno y es fácil hundirse y dejarse. Es hasta peligroso.

Uno tiene que despertar y trabajar su parte emocional, su aspecto físico y la parte laboral. Es aquí donde la actitud es lo que le ayuda a uno a mantener el espíritu de lucha y aferrarse a Dios o en quién crea. Los círculos de apoyo son indispensables, esos de la familia y los verdaderos amigos.

¿Qué se trajo del viaje de Perú?

Estaba muy desbalanceada. La parte emocional te llega a afectar en el resto de los aspectos. Estar sola tanto tiempo me hizo reflexionar, hacer introspección, meditar en que si quiero empezar el año con fuerza o seguir ahí a medias.

Fue bonito porque ese contacto con la naturaleza, y hablar sola y llorar sola, es terapia para el alma. Para la vida. Fue una experiencia súper linda que la necesitaba.

Nunca había tenido un viaje sola en el que me desconectara por completo. Viene una más positiva y con mucha más claridad ante las situaciones y con ganas de que este 2018 sea mil veces mejor que el año pasado.

Más allá del corazón

Si hay algo que Viviana ama es el atletismo. Es su terapia mental. Para ella, el ejercicio es sinónimo de medicina.

Este año empezó a incursionar en el mundo del rodeo. Hizo varias competencias de barriles.

“¡Me convertí en barrilera! Conocí a una familia de San Carlos que me invitó a una competencia. Soy demasiado mandada. Nos fuimos dos días antes, entrené solo una hora para tantear a Canelo (caballo). Ya el lunes estaba compitiendo en la expo San Carlos. Yo: Dios mío, ahora sí, en qué me metí, qué ridículo… Pero me fue súper bien. Hice un tiempazo, no boté ni un barril. Tenía una sonrisa que se me iba a salir la encía del vacilón”.

Luego tuvo un par de experiencias similares que en definitiva le dieron el empuje para seguir este año.

El senderismo es otra de las actividades que la llenan. “Es lo bonito del trabajo. Que uno empieza a conocer gente de todo tipo, que tiene aspiraciones y pasatiempos e intereses distintos. Conocí a una gente que le gusta hacer montañismo en Costa Rica y el extranjero y también me apunté”. Para este 2018 ya tienen varias rutas para conocer al país de una manera diferente.

Ser madre

En definitiva el mejor trabajo y lo que más ama es ser madre. Afirma que desde que supo que estaba embarazada, hace cuatro años, toda su vida se transformó.

“El cambio ha sido súper positivo. Amo ser mamá. Amo a mi hija. Pucha es que es indescriptible el amor que uno siente por los hijos. Es aquí donde uno entiende mucho más a la mamá, entiende todos los sacrificios. Si uno la ama, uno la ama el triple, porque reconoce lo que hizo. Ser madre es una responsabilidad muy grande.

¿Su hija fue planificada?

Sí, en realidad sí. Ya teníamos siete años de casados. Él ya quería tener hijos y yo era la quitadilla.

Cuando me di cuenta de que estaba embarazada estaba entrenando para la Correcaminos, por eso para mí esa carrera significa mucho. Ahí me cambió la vida pero al cien. Porque obviamente salieron todas las dudas y los miedos. Está adentro mío, soy la responsable… Pero ya son cosas que uno tiene que tranquilizarse y sentir el momento. Mi embarazo fue muy bonito.

Desde el primer día la vida cambia, pero increíblemente.

Calderón afirma que ahora tiene claro que el control de su vida está en sus manos. Proponerse metas, superarse y estar positiva son las claves para que el amor de su vida, su hija, también lo sea.

No baja la mirada. La frente siempre en alto. Con orgullo y consiente de que comete errores, pero más consiente todavía de que es una buena mujer como tantas, de carne y hueso, que puede empezar de cero aferrada al ideal del amor propio.