Brenda Alfaro.16 julio

En Costa Rica, los casos de abuso sexual contra menores de edad encabezan la lista de delitos sexuales denunciados ante las autoridades. Cada año se registran 2.664 denuncias, lo que da un promedio de 7 denuncias diarias.

Cristina (nombre ficticio) fue una de esas 2.664 denuncias, ella cuenta cómo desde los 13 hasta los 18 años fue abusada por su ex profesor de baile.

Cristina, uno de los muchos casos

Comenzó a bailar desde que tenía tres años y desde el primer paso se enamoró de esta disciplina. Las competencias, moverse al ritmo de cada canción, el transmitir los sentimientos a través del baile se convirtió desde temprana edad en su pasión.

Fotos: Shutterstock
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Con el paso de los años y el fuerte entrenamiento, lo que había comenzado con una clase de baile siendo una niña pasó a ser una carrera artística. Bailó en el ballet ruso durante 8 años y cuando llegó a cumplir 10 decidió entrar a una reconocida academia de danza en nuestro país.

Comenzó a entrenarse con los entonces directores de la academia, logró aumentar su rendimiento al punto de competir de manera internacional. Viajaba al menos cuatro veces al año, siempre acompañada por alguno de los directores.

Su nivel competitivo le exigía mucho tiempo de entrenamiento, así que salió del sistema educativo tradicional para cursar el bachillerato a su ritmo desde casa. Entrenaba al menos cinco horas al día, todo por llegar a ser la bailarina que anhelaba.

Hoy, el sueño se volvió pesadilla. Actualmente Cristina debe enfrentarse al juicio en el que volverá a ver la cara del presunto abusador. Ella nos cuenta que desde los 13 años era abusada por su entrenador de baile. Con un sentimiento de culpa y el trauma a cuestas decidió denunciarlo. Espera que se haga justicia pero la denuncia aún se encuentra en etapa de recolección y análisis de prueba.

Según el relato de esta joven, su entrenador se aprovechó de la confianza y anhelos de ella para surgir como bailarina, para involucrarla en una relación que traspasaba los límites de un educador.

“Yo nunca pensé que él lo estaba haciendo con maldad, él me decía que se estaba llevando mal con su esposa, que no tenía con quien hablar ni con quien tener relaciones sexuales. Yo no sabía qué hacer, creía que si le decía que no me dijera esas cosas, me iba a tratar mal durante las clases de baile, y uno a esa edad no entiende”, explicó la bailarina.

Lastimosamente, casos como estos son más comunes de lo que parecen. En Estados Unidos la selección de gimnasia denunció los constantes abusos de su médico Larry Nassar, llamada por muchos como "la peor epidemia de abuso sexual en la historia del deporte". Lo que comenzó con una impactante y muy triste historia contada por una gimnasta a un medio de comunicación, luego desató una avalancha de denuncias; más de 156 atletas dijeron haber sido abusadas por el médico.

La confianza: arma de doble filo

En muchos de los casos de abusos se dan cuando el agresor tiene una relación de confianza con su víctima, por tener un parentesco o ser allegado a la familia, la facilidad para persuadir es aún más alta.

La misma razón de confianza muchas veces es lo que lleva a las víctimas a mantener el silencio por un largo tiempo. Por ejemplo en el caso de Cristina el ex director le decía que no podía contarle a nadie sobre sus conversaciones.

Otra razón que lleva a evitar la denuncia es la vergüenza, el miedo a la percepción social no les permite alzar la voz ante el abuso que sufren, la violación en sí es un acto deshumanizante y para la mayoría de las víctimas resulta humillante hablar de la situación.

El encontrarse en desventaja ante una persona ubicada en un alto puesto o de mayor edad, muchas veces les hace perder esperanzas de ser escuchadas.

Son numerosos los casos en los que las mujeres víctimas terminan siendo revictimizadas, enfrentan despidos, burlas o daños en su reputación, tras haber sacado a la luz pública el abuso.

El evitar revivir la situación es otra de las razones más fuertes, intentan dejar de lado lo que pasó, ignorarlo con tal de no revivir el trauma y el dolor, sin embargo este no se aleja de sus vidas hasta que deciden enfrentarlo.

Relaciones impropias, un abuso a través del tiempo
Fotos: Shutterstock
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Una relación impropia, implica posiciones desiguales y de poder entre una persona adulta y una persona adolescente.

Desde el punto de vista de los derechos humanos, resultan inconvenientes o dañinas para las personas menores de edad y así lo estipula la ley costarricense.

Aunque esté escondido bajo una relación amorosa, es un abuso que se da a través del tiempo, donde el adulto establece una relación de poder ante su víctima por su condición económica, estatus social, etc.

Es importante comprender que en una relación impropia nunca hay una relación de pareja. Las relaciones de pareja implican igualdad, y en este caso la diferencia de edad es un factor determinante.

Cuando existe una relación impropia, el período de crecimiento y desarrollo se ven oprimidos, la persona menor de edad es forzada a vivir etapas para las que no está preparada y podrían ser una amenaza a su integridad.

La ley para proteger a las persones menores de edad de las relaciones impropias sanciona con cárcel a quien tenga relaciones sexuales, o tenga acceso carnal por vía oral, anal o vaginal, con personas mayores de 13 años y menores de 18 años. La pena de cárcel también se da a quien introduzca uno o varios dedos, objetos o animales por la vagina o ano de las personas adolescentes.

Si la persona adulta, además es familiar, una persona de confianza o tiene alguna autoridad sobre un adolescente y mantiene relaciones sexuales con ella —independientemente de la edad de la persona adolescente—la pena va de cuatro a diez años de cárcel.

La sicóloga Luz Dary Tobon explica que el perfil de los abusadores tiene un factor común: el abuso del poder. “Ellos creen que la otra persona les pertenece y que tienen derecho sobre su cuerpo”, detalla.

Además, Tobon asegura que hay una patología del placer creado por una relación sexual con un menor de edad, este mecanismo de satisfacción va relacionado con la posición de poder y manipulación de los niños y adolescentes.

Consecuencias a largo plazo

Las personas que sufrieron abuso en su niñez o adolescencia arrastran secuelas durante toda su vida. Baja autoestima, inseguridad, miedo a las relaciones, sobreprotección de sus hijos, incapacidad para disfrutar una vida sexual plena, entre otras, son consecuencias de haber sido víctima de abuso sexual.

Los traumas afectan tanto la estabilidad emocional, como el cuido del cuerpo físico. Algunas víctimas descuidan su apariencia, con consecuencias en su salud, con la idea errónea de que dejarán de ser atractivas para un posible abusador. Esto es causa de la culpa que sienten las víctimas, quienes se cuestionan si fue su apariencia, modo de actuar o vestir lo que las llevó al triste desenlace. No obstante, debe quedar claro que la culpa siempre es de quien no respeta el cuerpo de los demás.

El restablecimiento de una relación afectiva podría complicarse a causa del mismo trauma, la confianza y tomar la decisión de volver a involucrarse en ese nivel de cercanía con otra persona les resulta difícil.

Problemas de concentración, trastornos en el sueño, autoestima muy baja, odio a su propio cuerpo, depresión, fobias, ansiedad, comportamientos auto-agresivos y autodestructivos, pueden desatarse después de un abuso.

En algunos casos las personas que han sido abusadas al llegar a la etapa adulta presentan un cuadro de estrés postraumático crónico, el miedo y la desconfianza se mantienen y el acto traumático puede reaparecer en pesadillas.

El acompañamiento de un tratamiento sicológico es un recurso necesario, pero a pesar de ello, la vida cambia.

Cristina, por ejemplo, dejó de bailar por un tiempo. Volver a amar el movimiento al ritmo de la música se convirtió en una batalla para dejar de relacionar su pasión con su peor pesadilla.

Características de las relaciones impropias
  • La persona menor de edad es mayor de 13 años y menor de 15 y la persona adulta es al menos 5 años mayor.
  • La persona menor de edad es mayor de 15 años y menor de 18 y la persona adulta es al menos 7 años mayor.
  • La persona adulta es tío, tía, hermana o hermano, primo o prima, tutor o responsable de la persona menor de edad.
  • La persona adulta se encuentra en una posición de confianza o autoridad con respecto a la persona adolescente. Por ejemplo, es una persona consejera, doctora, entrenadora, docente, etc.

Fuente: Sicóloga Luz Dary Tobon, Fondo de Población de las Naciones Unidas, Blog El Explicador del periódico La Nación.