AFP .7 agosto

"Estamos realmente en una sociedad de la imagen, de la imagen efímera", afirma Elsa Godart, filósofa y psicoanalista, para quien la selfi es la llegada de un nuevo lenguaje en el mundo del afecto, de la emoción.

Esta forma de comunicarse invadió Instagram, Snapchat, Facebook o Twitter. Un adolescente con su gatito, un turista chino frente a la Torre Eiffel, una pareja de recién casados en Disneyland, un fan posando con Neymar o una estrella estadounidense en Bali: la selfi "nos pone en contacto con muchas más personas", destaca el psicoanalista brasileño Christian Dunker.

Para la semióloga Pauline Escande-Gauquié "por encima de todo, la lógica es crear o fortalecer el vínculo con su comunidad, con sus fans si eres un famoso, con los ciudadanos si eres un político".

La selfi pretende darle fascinación a la vida. Nos fotografiamos en ángulo picado, de arriba hacia abajo, en poses favorecedoras, frente a un decorado atractivo. Con un control total de la imagen.

El autor de una selfi está centrado en sí mismo. "No es un problema de narcisismo, porque el narcisismo es muy positivo, sino más bien de egotismo, de sobrevalorización de uno mismo", explica Godart, autora de "Je selfie donc je suis" (Me hago una selfi, luego existo). "Aunque la selfi tampoco puede reducirse solo a eso".

Una hipervaloración de sí mismo que pretende provocar un máximo de "likes" y suele revelar heridas narcisistas.

Tipos de selfi

La selfi espectacular le permite al autor sentirse excepcional colocándose en situaciones excepcionales: posando en lo alto de la Sagrada Familia de Barcelona o en la vertiginosa Shanghai Tower, como la rusa Angela Nicolau, reina de la "escalada urbana".

"Son comportamientos de alto riesgo que dan la sensación de que podemos coquetear con la muerte", señala Godart.

En el otro extremo, la selfi de desvalorización de sí mismo gana también cada vez más adeptos, sobre todo jóvenes con gustos menos convencionales que pretenden denunciar los dictados de la belleza y la proliferación de “fakes”.

Algunos se han convertido incluso en virales con trucos como el "chinning", fotografías nada estéticas en las que muestran en primer plano sus papadas frente a lugares turísticos. También los depresivos se sacan selfis, "lo que permite también existir", estima Godart.

El “photobomb” es una autofoto a menudo graciosa en la que alguien irrumpe inesperadamente arruinando los planes del autor, sin que este lo sepa.

Cada vez más creativa, la selfi es también un objeto de militancia 2.0, como para los ecologistas que publican fotos de una playa “antes y después” de limpiarla, o para las mujeres prolactancia que se fotografían con su bebé tomando pecho. “Eso es algo muy íntimo, pero detrás hay un verdadero mensaje”, afirma Escande-Gauquié.

El artista chino Ai Weiwei hizo de la selfi un arma política contra el régimen comunista de Pekín o para dar visibilidad a los migrantes del Mediterráneo.

Las selfis son también un negocio y una herramienta extraordinaria de comunicación para estrellas como Kim Kardashian, la celebridad estadounidense a la que siguen 141 millones de usuarios en Instagram, para los que incluso ha posado desnuda.

Más transgresora, la selfi "beautifulagony" expone en la plataforma flickr los rostros de personas masturbándose.

"Es en la mirada del otro donde culminará este acto masturbatorio. Hacemos el amor a través de la mirada-pantalla interpuesta, vivimos verdaderamente en una sociedad de la imagen", explica Godart.

Un fotografía mortal
Foto: Shutterstock.com
Foto: Shutterstock.com

Después de volverse una sensación global en la última década, las selfis, o autorretratos, han matado cinco veces más personas que los ataques de tiburón. Y la tendencia está en aumento, con el surgimiento de accesorios y la sofisticación constante de los teléfonos inteligentes.

Entre octubre de 2011 y noviembre de 2017, al menos 259 personas murieron sacándose selfis en diferentes lugares del mundo, quintuplicando los 50 fallecidos por ataque de tiburón, según la publicación india Journal of Family Medecine and Primary Care.

Las selfis son cinco veces más mortales que los ataques de tiburón

Aunque las mujeres sean las que más se toman selfis, son hombres jóvenes, con predisposición a comportamientos de riesgo, los que ocupan tres cuartas partes de las estadísticas mortales, falleciendo en choques, ahogamientos, caídas o accidentes con armas de fuego.

India, con sus 800 millones de celulares, tiene el récord mundial en muertes por selfi en este período, con 159 decesos, más de la mitad del total. Le siguen Rusia, Estados Unidos y Pakistán. Las cifras hablan de la pasión nacional por la selfi grupal y de la juventud de la población.

Jóvenes en India han muerto atropellados por un tren o ahogados luego de que su embarcación se hundiese al momento de tomar la foto. Tal situación ha llevado al país a establecer "zonas libres de selfis", dieciséis de ellas en Bombay.

Rusia sumó 16 muertes en el mismo período. Buscando la selfi perfecta, ciudadanos rusos han muerto cayendo de puentes o edificios altos, disparándose a sí mismos o manipulando una mina antipersona.

En 2015, la policía rusa publicó un guía de "selfis sin peligro", advirtiendo que "una selfi llamativa puede costarte la vida".

En Estados Unidos, con 14 muertos en los años revisados por la publicación, se han registrado la mayor parte de las selfis mortales por accidentes con armas de fuego. El parque nacional del Gran Cañón del Colorado también ha sido escenario de tragedias con turistas que cayeron al vacío al tratar de autorretratarse.

En las montañas de Croacia, los equipos de socorro urgieron a los turistas en Twitter a "parar de tomarse selfis estúpidas y peligrosas", luego de que un canadiense sobreviviera de forma milagrosa a una caída de 75 metros en la región de los lagos de Plitvice.

En enero, la consternación abatió a los miles de seguidores de Gigi Wu, una celebridad de las redes sociales en Taiwán conocida por escalar montañas y posar en biquini en las cumbres, que murió al caer en un barranco durante una escalada en su país natal.

Incluso cuando no pone la vida de alguien en riesgo, una selfi puede caer en lo morboso. Una forma de constatarlo es buscar el hashtag funeral y sus variaciones en Instagram.

En 2014, una brasileña indignó a los internautas después de tomarse una foto frente al féretro del candidato presidencial Eduardo Campos, quien había muerto en un accidente aéreo durante la campaña.

La "influencer" brasileña Sueli Toledo también levantó críticas en internet al colgar una foto en Instagram con la leyenda: "Mi look de hoy para ir al velorio de una súper amiga".

Un debate sobre la dignidad

En el museo del campo de concentración nazi de Auschwitz, en Polonia, que atrae cada año a 2,1 millones de visitantes, las selfis y fotos están permitidas en nombre de la preservación y difusión de la memoria. Sin embargo, el personal del museo no duda en contactar a los visitantes que publican en sus redes sociales fotos consideradas inapropiadas.

En países como Brasil, Vietnam o Alemania no es raro ver publicaciones de selfis en lugares donde acaba de ocurrir un accidente de tránsito.

Las personas buscan cada vez con más ahínco escenarios idílicos para sus selfis y esto se está volviendo un problema para los residentes de ciertos lugares.

Los habitantes de la Rue Cremieux, en París, por ejemplo, estaban tan cansados de ver el desfile permanente de turistas retratándose en su calle que abrieron su propia cuenta en Instagram, para publicar, con duras leyendas, las imágenes más absurdas de personas tomándose selfis.

Una situación similar de hastío ocurrió en Hong Kong. Los residentes del colorido complejo habitacional de Quarry Bay colocaron avisos prohibiendo fotos.

En Brasil, unos jóvenes de Rio generaron revuelo en Facebook en 2017, al publicar selfis en las que se les ve sonriendo en medio de pasajeros de un autobús aterrorizados que se lanzaron al suelo al escuchar un tiroteo.

De cara al avance de la selfi, Viena lanzó una campaña promoviendo una desintoxicación digital. El palacio Belvedere ha colocado una enorme copia de la pintura "El Beso", de Gustav Klimt, cerca del cuadro original, añadiendo un hashtag gigante que permite a los turistas tomarse una selfi con la reproducción y después, sin la presión del clic, disfrutar la obra de arte.

Locura alrededor de los íconos del mundo

En la cima del Cerro del Corcovado, bajo la inmensa estatua del Cristo Redentor, docenas de turistas se disputan la mejor ubicación para tomarse una selfi, con la panorámica vista de Rio y la bahía de Guanabara bañadas por la luz de la puesta del sol como sublime telón de fondo.

Un bosque de brazos se eleva en busca de la selfi solitaria, en pareja o en familia. Los palos de selfi se cruzan en un ballet indeciso: fotografiarse delante del Cristo o del Pan de Azúcar, pero ante todo... que no aparezcan en cuadro los turistas de al lado que también tratan de retratarse.

Foto: Shutterstock.com
Foto: Shutterstock.com

Philippe, un joven ingeniero francés de cabellos largos, se toma una foto delante de la imponente escultura art déco de hormigón y esteatita. "Mis colegas se ríen porque dicen que me parezco a Jesús, así que me tuve que tomar una selfi y enviársela", dice.

De todos modos, el ejercicio le merece alguna que otra reserva. "En las redes sociales, esto genera una imagen falsa. Solo se comparten fotos de cosas bellas, el sol, Rio, la playa", dice el joven ingeniero. Quienes miran esas imágenes "se deprimen porque tienen la impresión de que su vida no vale una mierda".

El atardecer tiñe de rosado al Cristo cuando Daniela Lemes, una empleada brasileña, se muestra extasiada por su selfi, que considera "un momento de alegría compartida en familia (...) en lugares maravillosos como este".

En la otra punta de Rio de Janeiro, en el Museo del mañana, otro icónico sitio de la "Cidade Maravilhosa", Tatiana da Silva de Paula, una esteticista, admite que se toma entre 100 y 200 selfis por día.

"Me las saco primero para ver cómo luzco y después las publico en las redes sociales, para mis amigos, la familia", explica.

Brasil es un país loco por las selfis. Pero no es el único.

A 9.000 kilómetros de Rio, en el corazón de Roma, la Fontana di Trevi es una parada obligatoria para los amantes de la autofoto.

Sarah y Fivos, una pareja de británicos oriundos de Mánchester, llegaron hasta este alborotado rincón de la Ciudad Eterna para celebrar su décimo aniversario de casados.

"Estamos contentos con la selfi que nos tomamos, pero con tanta gente hay que esperar el momento correcto para conseguir una buena toma sin gente en el cuadro", dice Fivos.

Cerca de ellos, Elia y Chiara, dos jóvenes italianas de Frosinone, una ciudad al sur de Roma, han elegido complicar el ejercicio e intentan tomarse una selfi con sus padres en el fondo... tomándose una selfi.

La aglomeración alrededor de la fuente que Federico Fellini inmortalizó en "La Dolce Vita" es tal que los ánimos pueden llegar a caldearse.

En agosto del año pasado, la policía tuvo que separar a dos grupos de turistas que se enfrascaron en una pelea por un lugar para fotografiarse frente al monumento.

Hasta los famosos se han rendido a la tentación de apuntar el lente hacia sí mismos y se suman a los millones de turistas que buscan capturar recuerdos románticos.

En la Acrópolis de Atenas, por ejemplo, tanto el legendario Paul McCartney como el fundador de Facebook Mark Zuckerberg se sacaron fotos con sus parejas.

En Egipto, sobre la meseta de Guiza, en las afueras de El Cairo, frente a la pirámide de Keops -única de las "Siete maravillas" del mundo antiguo que permanece en pie-, Sheila Ahmed, una turista de Bangladés, utiliza su smartphone para replicar lo que han hecho muchos otros antes.

"No soy fanática de las selfis, pero es tan fácil tomar una foto en cualquier lugar... Sobre todo aquí, delante de la Gran Pirámide. ¿Dónde me sacaría una foto sino acá?", dice.

En Estados Unidos, el "Mather Point", mirador en el borde sur del majestuoso Gran Cañón del Colorado, es tal vez la atracción de ese país donde la fiebre de la selfi es más alta. No faltan turistas que llegan a extremos arriesgados en busca de la selfie más espectacular.

"La vista desde aquí ya es muy bella, no me interesa avanzar más", comenta la británica Kathryn Kelly mientras mira cómo una joven imprudente se aventura hasta el borde del precipicio.

En Corea del Sur, la selfi se ha convertido en un deporte nacional y hasta el presidente, Moon Jae In, publicó un mensaje grabado como "video selfi" cuando cumplió 100 días en el poder.

Y si bien la hermética Corea del Norte parecía ser el último país a salvo de esta fiebre, su líder Kim Jong Un colgó ya dos selfis: una con un ministro de Singapur y otra con un periodista ruso.