Melissa Hernández.13 enero

"You know you love him, you can’t understand/Why he treats you like he do when he’s such a good man” (Sabes que lo amas, no puedes entender / Por qué te trata como lo hace cuando es un hombre tan bueno) fueron las palabras que cantó Tina Turner en 1960 cuando interpretó A Fool In Love.

Similar a tantas canciones con letras de amor, esa primer grabación profesional realizada por Turner adquiere un nuevo significado en el 2018, luego de la publicación de su libro biográfico “My Love Story” (Mi historia de amor), donde rompió su silencio y describió la pesadilla en que se convirtió su matrimonio con su ex esposo Ike Turner, con quien estuvo casada hasta 1976:

"El usó mi nariz como un saco de boxeo tantas veces que podía sentir la sangre por mi garganta cuando cantaba. Me rompió la mandíbula y no podía recordar lo que era no tener un ojo morado”

Casos como el de Turner demuestran cómo la violencia doméstica está presente en cualquier contexto y puede ser ocultada por años. Más aún, la conciencia sobre estos tipo de violencia es relativamente reciente: por ejemplo, fue hasta la realización del Tribunal Internacional de Crímenes contra las Mujeres en Bruselas, en 1976, que fueron tipificados como crímenes algunos tipos de violencia contra las mujeres.

A pesar de ser incluida dentro de los marcos legales actuales, la violencia que sufren las mujeres por parte de sus parejas sigue siendo una constante. Recientemente, casos como la muerte de Eva Morera por parte de su expareja o el juicio contra quien fuera esposo y presunto asesino de Andrea Fernández Vallejo, nos hacen preguntarnos cuándo y cómo acabará una problemática que, según ONU Mujeres, afecta a un 35% de mujeres en el mundo.

Una realidad tica

Por su parte, en Costa Rica, existen leyes relacionadas con la violencia en el hogar, la Ley Contra la Violencia Doméstica (1996), y otra estrictamente enfocada en la violencia hacia las mujeres, la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres (LPVcM) del 2007.

Sin embargo, la ley contra la violencia doméstica, “si bien estadísticamente esta norma tutela principalmente a las mujeres por ser las más afectadas por la violencia doméstica, no hace diferencias en términos de género”, señala la egresada de Derecho, Claudia Rodríguez.

Foto: Shutterstock.com
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En el caso de la LPVcM, esta introdujo varios delitos dentro del marco legal nacional, como el maltrato, la violación, la explotación económica de la mujer, la obstaculización del acceso a la justicia y el femicidio; el cual es considerado, según esta ley, como el asesinato a una mujer con la cual se mantiene una relación de matrimonio o unión de hecho.

En 25 años, los juzgados de violencia doméstica costarricenses han tramitado un total de 757.428 casos. En 2018, se contabilizaron 26 femicidios y, durante el 2019, ocurrieron 14 casos. En lo que va del 2020 se llevan 2 casos.

Sin embargo, aunque estas leyes implican un importante avance, no logran abarcar la complejidad del problema:

“El femicidio es como la punta del iceberg. Es la expresión última de toda una cadena de violencia simbólica, patrimonial, emocional, física, emocional de hostigamiento sexual callejero y de desacreditación del trabajo de las mujeres”, señala Carolina Sánchez, socióloga y especialista en estudios de género.

A pesar de que, según el Observatorio de Violencia de Género contra las mujeres y acceso a la Justicia del Poder Judicial, cada día se realizan 132 solicitudes de medidas de protección (80% de ellas solicitadas por mujeres), la ley no está logrando evitar que, en el 2019, se haya presentado un femicidio cada 28 días.

Por su parte, Rodríguez señala que, a nivel normativo, las leyes contra la violencia doméstica no contemplan un abanico de realidades. “Esto deja por fuera la violencia que se pueden dar en relaciones de noviazgo, relaciones de naturaleza informal como ‘la persona con la que he estado saliendo”, como si esa violencia no respondiera necesariamente a violencia contra las mujeres”.

Asimismo, tampoco se presentan leyes específicas donde se contemple la violencia que sufren las mujeres en casos donde no existe relación previa. “En estos casos se suele hablar de una víctima genérica cuya única característica es la de ser mujer. Asimismo, también identificó la falta de normas que refieran a la difusión de imágenes íntimas sin el consentimiento de la víctima”, explica Rodríguez.

Un tema cultural

Rodríguez manifiesta una realidad con respecto a delitos como la agresión sexual y la violación sexual: los mismos solo pueden ser investigados por el Ministerio Público si la víctima misma los denuncia; es decir, la ley deja de lado la cuota de vergüenza y culpabilidad que sienten las mujeres que sufren este tipo de violencia.

Foto: Shutterstock.com
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En este sentido, el marco legal actual ignora factores psicológicos como la culpa que puede sentir la víctima, la cual es alimentada por los constantes cuestionamientos que se realizan hacia las mujeres: ¿Qué hacía en el lugar donde fue violentada? ¿por qué no se fue al primer indicio de violencia?

Todo estos cuestionamientos, “son formas simbólicas de ‘recordarle’ a las mujeres el lugar que ‘deberían’ tener: ‘hacerle caso’ al papá o ‘hacerle caso’ a otro. Esa libertad por la cual siempre peleamos termina siempre estando coaccionada por una sociedad que es muy violenta contra nosotras”, señala Sánchez.

"“La responsabilidad es del agresor en primer lugar, y también de una sociedad y un sistema judicial débil a la hora de proteger a las mujeres”, Carolina Sánchez

Este escrutinio, que ha sido visible en casos como el de Eva Morera, representa una forma de lavarse las manos ante una violencia machista naturalizada y, a la vez, una manera de “protegerse” de la misma.

“La reacción de la sociedad es alejarse de eso, tomamos un distanciamiento y lo que hacemos es juzgar a la víctima para decir ‘ella hizo esto o hizo aquello pero por esto, eso a mí no me va a pasar’”, recalca la socióloga.

Todas estas actitudes pasan por alto la complejidad del problema en las situaciones de violencia doméstica, donde puede presentarse lo que el psicólogo Martin Seligman denominó “la desesperanza aprendida” un estado de pasividad ante circunstancias dolorosas, donde la víctima se considera indefensa e inútil. Por otro lado, se ignoran los factores que hacen a algunas mujeres más vulnerables.

“Estar en una clase social determinada no te excluye de la violencia pero, lo que sí es cierto es que hay condiciones, dadas por la educación, por los recursos económicos, por el acceso a servicios, por el conocimiento de las redes de apoyo institucionales que puedo tener, que pueden colocar a una mujer en una situación de interseccionalidad de violencia”, señala Sánchez.

La violencia de género, es un problema con muchas aristas donde es tan necesario un marco legal que proteja a las mujeres como una sociedad que, lejos de juzgar, se eduque en el tema. Solo de este modo, podremos acercarnos a una sociedad donde el #NiUnaMenos sea una realidad y ninguna otra mujer tenga que contar cómo su historia de amor fue, más bien, una relato de una vida en peligro.