Juan Fernando Lara Salas.Hace 6 días

La palabra "Toscana" evoca imágenes de colinas suaves, ocasionalmente rotas por quebradas, y pintorescos pueblos sobre lomas rodeadas por parcelas cultivadas con esmero.

Las imágenes pueblan miles de fotografías, pinturas y tarjetas postales en Italia, al ser la Toscana un histórico retiro vacacional. Sin embargo, todo este imaginario recae en una sección específica: el valle de Orcia.

El Val d'Orcia está en Siena, una de 10 provincias de la región. Cualquier suspiro y fantasía por la Toscana tiene su epicentro en este lugar atravesado por el cauce del río Orcia, de donde procede su nombre.

El encantamiento con este sitio data de siglos. Así lo evidencian las obras de arte: desde la pintura renacentista hasta la fotografía moderna.

Quienes primero sucumbieron a sus encantos fueron los etruscos (un pueblo de la Antigüedad), y, así, generación tras generación, incluidos pintores de la escuela sienesa que celebraron la zona cuando sus lienzos florecieron durante el Renacimiento.

Foto: Shutterstock.com
Foto: Shutterstock.com

En el 2004, la Unesco lo declaró patrimonio de la humanidad porque "el valle de Orcia es un reflejo excepcional de la manera en la que el paisaje fue re-escrito en los tiempos renacentistas para reflejar los ideales del buen gobierno y para crear unas imágenes estéticamente atractivas".

Las 61.000 hectáreas que lo componen se diseñaron y crearon entre los siglos XIV y XV, cuando la ciudad de Siena colonizó el área circundante para desarrollar un modelo ideal de uso del suelo y crear una de las primeras panorámicas paisajísticas registradas.

El valle evoca, así, las interacciones cercanas del ser humano y la naturaleza. Esto explica el paisaje de campos cultivados, pastizales y viñedos extendidos como apacibles lagos multicolores junto a fincas ancladas a polvorientos caminos, hileras de esbeltos cipreses y pueblos que descansan sobre colinas.

De cerca, los ojos registran los enormes racimos de uvas cargando las vides, tersas mareas de trigales, hileras de olivos esmeralda, campos de girasoles, naranjales, rebaños de ovejas y árboles de granadas vestidas de rojos imposibles con las últimas luces al atardecer.

Nadie me lo contó. Tampoco lo leí. Lo vivimos mi esposa Lorena y yo. Y seré franco: acudí con mi incredulidad al tope por temor de que todo cuanto había escuchado resultase otra trampa turística.

No lo es. Su imán es indiscutible y, meses después de aquel paseo, ambos todavía nos descubrimos nadando entre recuerdos de aquella visita.

Escapa a estas líneas plasmar el banquete sensorial de tal experiencia, incluidos los sabores de diversos productos del valle.

Itinerario de ensueño

Les compartiré tres razones (entre decenas) por las cuales, gustosos, regresaríamos a una Toscana que secuestra el corazón y los sentidos, y de la que, felices, volveríamos a ser rehenes. Me refiero a Montalcino, Montepulciano y Pienza. Estos pueblos sobre colinas se hallan en el centro del Val d'Orcia y brindan una experiencia de pastas caseras, productos típicos, abundante vino y ritmo de campo. En simple, una atmósfera romántica.

Por desgracia, el transporte público no es opción cómoda para ir de pueblo en pueblo, por lo que alquilar un carro o pagar un día de excursión son las mejores opciones para alargar las horas. Los tres lugares se ubican sobre una ruta de 40 kilómetros fácil de cubrir en una hora.

Sin tratarse de una maratón por tachar nombres de una lista (toda la Toscana merece visita aparte), Montalcino, Montepulciano y Pienza son el perfecto paseo en carro al hallarse a una hora de Siena o un reposo a fuego lento de un par de días o más en alguna de las variadas opciones de agriturismo como se bautiza a las posadas, cabañas y hoteles.

Vista del Valle de Orcia en la provincia italiana de Siena desde el pueblo de Montelpuciano; uno de los principales atractivos turísticos en la región de la Toscana. Fotografía: Juan Fernando Lara.
Vista del Valle de Orcia en la provincia italiana de Siena desde el pueblo de Montelpuciano; uno de los principales atractivos turísticos en la región de la Toscana. Fotografía: Juan Fernando Lara.

Montalcino es el primero en delatarse a la distancia si se procede de Siena, debido a una fortaleza militar del siglo XIV con un amplio patio y muros desde los cuales el visitante de ocasión devorará una de las vistas más espectaculares.

Al salir de la fortaleza, cualquiera de las calles adoquinadas lleva a la Piazza del Popolo (Plaza del Pueblo) rodeada de cafés y restaurantes como, por ejemplo, el Caffe Fiascheterria Italiana, inspirado en el hermoso Caffe Florian de Venecia.

El sitio oficial de turismo de Siena www.terresiena.it provee abundante información del valle y otros sitios como Chianti, Val di Merse, Val D’Elsa, Crete Senesi, Amiata y la hermosa Siena.

Amantes del vino querrán irse a la zona alrededor de Montalcino donde están las bodegas de vino. Excursiones de 45 minutos a una hora pueden reservarse en la oficina de turismo en el centro de Montalcino por entre 10 y 15 euros.

El paseo puede ser el pasaje hacia los dos vinos más típicos del valle: el Vino Nobile de Montepulciano y el Brunello de Montalcino, también disponibles en enotecas en el centro.

Desde Montalcino, Pienza espera a 23 kilómetros (media hora en carro). Camino allí, hágase el favor de parar en la Cappella Madonna di Vitaleta o al menos procure verla al constituir una joya visual justo en uno de los puntos más panorámicos del valle.

Pienza
Pienza

Edificada en el siglo XII, la pequeña capilla de piedra blanca flanqueada por cipreses descansa a las afueras del pueblo de Vitaleta cerca del camino entre San Quirico d'Orcia y Pienza.

Fotógrafos, viajeros, románticos y sentimentales querrán conocerla; al ser gratis, es bastante sencillo. Constituye un aperitivo visual antes de alcanzar Pienza.

Del trío de pueblos, Pienza es el mejor ejemplo de la utopía renacentista de la “ciudad ideal” y permanece como uno de sus cánones urbanísticos tanto por el uso del espacio como por su perspectiva de plazas y palacios del siglo XVI.

Hasta el año 1462, el pequeño pueblo se llamaba Corsignano, pero su destino cambió, en 1405, con el nacimiento de Enea Silvio Piccolomini, quien, 53 años luego, se convertiría en el papa Pío II.

Un viaje del pontífice a su lugar de nacimiento bastó para que descubriera la degradación del pueblo donde nació, por lo cual ordenó levantar una nueva ciudad ideal en la antigua aldea; de esto se ocupó el arquitecto Bernardo Rosselino.

Hoy su compacto casco es sitio de veneración por sus callejuelas adoquinadas, sus tiendas de artesanías y la ventas de queso pecorino a base de leche de oveja. Solo este manjar lácteo vale el paseo allí, el cual se complementa con la abrumadora oferta de quesos, vinos, embutidos, aceites y mermeladas.

La enoteca Marusco e Maria es el punto adecuado para proveerse de pecorino de Pienza fresco o stagionato (curado), salumi (embutidos), olio (aceite), vino y mieles.

Desde Pienza, conduzca unos 20 minutos sobre el camino SP146, y, 14 kilómetros después, Montepulciano lo recibirá con más vino y vistas espectaculares, cortesía de su sinuosa distribución en forma de “S” arriba de una de las mayores crestas del área. Esta ciudadela es el asentamiento más grande, el de callejuelas más empinadas; ahí quizá sabe más auténtica la atmósfera rural.

Montepulciano
Montepulciano

Procure un paseo a la Iglesia de San Biagio (Chiesa di San Biagio) a un kilómetro del centro. El templo se levanta sobre una alfombra de césped en medio de un paisaje de jardines podados con mano de artista que resaltan su grandeza arquitectónica.

Desde allí puede verse cómo Montepulciano guarda la esencia de pueblo medieval rodeado por tres anillos de murallas construidas hacia el siglo XIV. La iglesia, no obstante, es su mejor edificio renacentista.

Considere que todo el valle es un sitio de veneración compuesto de perfumes, matices, texturas y sabores, al ser una completa inmersión en la naturaleza. Nada más recuerde: cualquier tiempo que le entregue a este valle en la Toscana, este se lo recompensará. Por eso me prometí regresar con mi esposa Lore.