Por: Juan Fernando Lara.  12 febrero

La capital francesa es el nirvana turístico al cual huye la gente con pasaporte de otro lado a sentirse internacional e intoxicar los sentidos. A ceder al gobierno de las emociones. París podrá estar en Francia pero le pertenece al mundo.

Sea por ilusión romántica, histórica, artística o culinaria, el embobamiento con ella es completo. Mire por donde la mire, cada esquina, azotea, vitrina y parque responden las miradas con una belleza visual que arrulla el corazón como una canción de Édith Piaf.

Un placer supremo (y gratuito) mientras uno está metido en esta burbuja consiste en diluirse en el paisaje de alguno de sus numerosos parques, explanadas o en las riveras del Sena donde uno descansa los pies mientras el espíritu absorbe la ciudad. O al revés. París le germina a uno en el corazón mientras se está sobre su zacate.

En el museo, la calle o mientras se admira algún patrimonio de la humanidad según la Unesco, en una esquinita de la mente aguarda un anhelo bien definido: tumbar el cuerpo en un parque.

Herbívoros en dos extremidades, el césped parisino encanta a viajeros y locales por una explicación bien sencilla: es el mantel natural donde se ejercitan con disciplina militar deleites como jugar con el perro, conversar, reír, leer, dormir, beber alcohol y hartar delicias rayando en la gula. Vicios sobran, lo que falta es tiempo.

París fomenta la colonización de sus zonas verdes con formidable vigor e impunidad al estar repleta de altares gastronómicos de donde emanan las delicias que luego se devoran sobre el césped en una suerte de colonización sin pausa del espacio público. Un bienaventurado círculo vicioso.

Si usted es un visitante ocasional, sea audaz

Pruebe los quesos malolientes (y exquisitos), los patés en frasco con tapa cubierta con tela, las terrinas en latas pequeñas y coloridas, los embutidos y carnes envueltos en papel encerado, los minúsculos yogur en frasco y consuma cantidades obscenas de macaroons; esa ricura fruto del romance entre el huevo, el azúcar y la almendra. Prefiera la marca Ladurée.

La clave para organizar el almuerzo consiste en visitas a varios comercios antes de plantarse en la gramilla. El truco es comprar a primera hora del día porque muchas tiendas cierran de 12 p. m. a 3 p. m. mientras sus encargados almuerzan.

Comprar víveres es la columna vertebral de la vida diaria parisina. Es así por tres razones:

1. Los refrigeradores son microscópicos en las ya pequeñas cocinas de los diminutos apartamentos citadinos.
2. Todos quieren ingredientes muy frescos.
3. Es un rito social: acá gente la vive más en la calle que la casa de forma que tendederos y clientes intercambian saludos, chismes, planes y comentan el fútbol y las noticias.

Privilegie mercados al aire libre como los hay en la Rue Cler (cerca de la torre Eiffel), la Rue Montorgueil (cerca del Centro Pompidou), la Rue Mouffetard (varias cuadras detrás del Panteón), la Rue Daguerre (por las catacumbas) y la Rue des Martyrs (cerca de Montmartre), entre otros. Eso sí, instale Google Maps en el teléfono.

La primera escala es la boulangerie (panadería); un institución parisina. Recuerde que entrar a una tienda en París es como meterse a la casa del dueño. Jamás NUNCA olvide decir bon jour (buenos días) y merci beaucoup ( muchas gracias) a la entrada y la salida, respectivamente.

Un baguette funciona pero considere mordisquear un sustancioso pain aux céréales (pan integral con semillas), o un pain de campagne (pan campesino hecho con harina sin blanquear), o un pain complet (pan integral) o el pain de seigle (pan de centeno).

Luego a la pâtisserie (pastelería, a veces en el mismo sitio donde se vende pan). Escoja un postre que sea fácil de comer con sus manos; por ejemplo: éclairs (de chocolate o café), tartas individuales de frutillas y macaroon.

Métase a una crémerie o fromagerie (tienda de quesos) y respire profundo. Emborrache su nariz y sonría. Acá vale la pena llevarse un surtido entre algún queso duro (Comté, Cantal o Beaufort), uno cremoso de leche de vaca (Brie o Camenbert), uno de cabra (cualquiera que diga chèvre) y uno azul (Roquefort o Bleu d’Auvergne). Sea osado, recuérdelo.

El de cabra suele venir en porciones individuales. Para los demás, apunte con el índice al queso que desee y diga las palabras mágicas al dependiente: une petite tranche, s’il vous plait (una porción pequeña, por favor). El encargado pondrá entonces un cuchillo sobre el queso indicando la tajada que pretende cortar y sus ojos buscarán los suyos esperando aprobación.

Si quiere más, solo diga ‘plus’, si es menos ‘moins’. Cuando esté bien, ¡c’est bon!

En la charcuterie o traiteur hallará los productos delicatessen con los cuales soñará cuando se halle de nuevo en las presas vehiculares de su patria. Hay carnes, patés, terrinas, embutidos, aceitunas, mostazas, aguas minerales, variedad de flora en encurtido, salmón ahumado al vacío sobre cartulinas doradas, chocolates, turrones, latitas de caviar. También venden unas canastas preciosas.

Imperdibles una tajada de pâté de campagne (paté estilo rural de puerco) y las saucissons sec (salchichas deshidratadas) algunas cubiertas de costra de pimienta o ajo.

Un picnic contemplando la torre Eiffel o junto al Sena es una celebración de la vida tal que algunos románticos encienden velas y extienden mantel para la ocasión; en especial en las márgenes del río en la Ile St. Louis donde decenas además llegan a tomar el sol, leer o jugar con sus perros; otro inquilino habitual de estas zonas verdes.

Faltan, sin embargo, una o dos visitas esenciales antes de comer: las bebidas. Obvio.

Entre los sitios ideales para adquirir cerveza sobresale A la Bière Comme à la Bière; una pequeña tienda de colores brillantes que ofrece cerca de 200 cervezas artesanales embotelladas de Europa y América del Norte. Por unos euros, le acomodan las botellas en una cajita de madera bien coqueta.

En el animado mercado de Saint Quentin, se halla Bièrissime; hogar de una gran variedad de cervezas artesanales francesas e internacionales con una selección en particular sobresaliente de cervecerías italianas e inglesas.

Brewberry es otro genuino paraíso para los geeks de la cerveza, una tienda cerca de la calle Mouffetard, ideal para turistas y estudiantes, que guarda cientos de cervezas diferentes, desde las tradicionales belgas y alemanas hasta las favoritas de culto danesas y noruegas.

También memorables Paris St-Bière ( 101 Rue de Charonne, 75011 Paris ) y la cadena Bières Cultes por toda la ciudad.

En materia de vino, París ofrece tantos sitios fabulosos que lo mejor es guiarse según vecindario. Guíese con Google Maps; su fiel sabueso electrónico en estas lides.

En Louvre y Opéra (75001) están Des Mets Des Vins, Juveniles y Le Garde Robe. En Marais (75003 y 75004) vaya a Divvino, La Cave de Turenne, Les Caves du Marais y L’Etiquette.

En el Cuarto Latino (75005) inclínese por Caves du Panthéon, La Fontaine aux Vins, Le Porte-Pot, Le Vin Qui Parle, Les Papilles, Maison Claudel Vins et Whiskey y Philovino. En St-Germain (75006), vaya a Bacchus et Ariane, Cave at La Grande Epicerie, La Cave du Senat, La Dernière Goutte, La Quincave y Sauvage.

En Invalides y la torre Eiffel (75007) el sitio es Ryst-Dupeyron, en Champs-Élysées y Madeleine (75008), Les Caves Taillevent, en Pigalle y Grands Boulevards (75009); Le Vin au Vert y en Canal St-Martin (75010), es Julhès.

París es una urbe de 12 millones de habitantes apiñados en 2.720 kilómetros cuadrados. El excursionista ocasional se mete ahí con mapas para guiarse pero pocos comprenden la importancia de ir a perderse.

Si llegara a perderse, que lo encuentren sentado sobre la hierba bebiendo cerveza o vino luego de un generoso bocado de terrina de carne de conejo y pistacho. O algo que solo París pueda poner en su interior.