Andrea González Mesén.6 agosto

Se le antoja despertar un sábado entre almohadas elegantemente vestidas, arrullada entre sábanas , descansada, y al ponerse en pie lo primero que puede ver es la mejor vista que todo Nosara podría tener. A un lado la inmensidad del mar y al otro el bosque de la reserva biológica.

Estamos en el balcón de una de las recámaras del Lagarta Logde, un hotel ubicado en el cerro Lagarta en Nosara, Nicoya, a unos 900 metros de la playa y a un par de kilómetros de Guiones, uno de los puntos de referencia en la zona.

Aquí el tiempo pasa lento, fresco. Disfrutar de aquella vista es requisito para empezar el primer día en aquel paradisiaco destino.

La habitación es amplia y limpia. En el baño hay un rótulo que le pide poner las toallas en el suelo si realmente desea que las cambien, ese pequeño detalle reduciría la cantidad de agua y electricidad por la limpieza, no es un asunto de ahorrar recursos es de ayudar al planeta. Si se presta atención a simple vista se pueden apreciar los esfuerzos por llevar el funcionamiento de aquel sitio de la mano con la naturaleza. Rotulación en madera, recordatorios para evitar el uso del plástico y emplear pajillas de bambú son solo algunos de los detalles.

Luego del desayuno en la terraza era hora de redescubrir aquel trozo de Costa Rica. Nos montamos en el carro y nos enrumbamos en la carretera hacia San Juanillo. El camino tardó unos 25 minutos sobre la carretera de lastre que cruzaba el paso seco de varios ríos desaparecidos por el verano.

Un rótulo bastante rústico y colorido daba la bienvenida a un poblado cuyo ambiente a turismo empieza apenas a sentirse. Una par de casitas, una plaza y frente a esta el bar pertinente, un restaurante nuevo que ansía recoger ganancias de aquellas oleadas de extranjeros, y finalmente la playa.

Es pequeña, de agua cristalina, calmada, perfecta para sumergirse y ver el universo que ahí se esconde. Cuenta con un espacio para el parqueo y un par de árboles que pueden servir de sombra. Antes de que se acomode debe subir a la cima a una pequeña montaña, desde ahí tenderá una vista 360. La fotografía es obligatoria.

Si desea hacer snorkeling no lo piense dos veces, déjese llevar por el movimiento del mar y disfrute de esa inmensidad.

Al salir nada mejor que refrescarse con el agua de una pipa bien fría, tomar el sol y leer un buen libro.

De regreso a nuestro hotel don Allan Ortega, gerente del Lagarta, tuvo la genial idea de pasar por un sembradío de mango.

Esta fruta justo estaba en temporada. Son cerca de 120 hectáreas de inmensos árboles. “Se vende mango” decía en la entrada. No pasaron tres minutos cuando el encargado agarró la varilla de bambú con una maya y una cuchilla en la punta y se dirigió al laberinto de árboles frutales, detrás íbamos nosotros.

Salimos de ahí con una caja llena de mangas frescas y super dulces. El chef nos consintió esa noche, el postre fue un mouse de aquellas mismas frutas.

El almuerzo, 30 minutos de descanso y a descubrir la reserva. Resulta que los propietarios de Lagarta decidieron conservar 34 hectáreas de una reserva biológica que además de colindar con el mismo hotel bordea gran parte del río Nosara.

En ese pedacito de bosque se han encontrado hasta 173 especies distintas de aves, algunas de ellas migratorias que ya han iniciado su proceso de anidación justo ahí. Las cámaras trampas y las huellas de los animales les han permitido detectar especies más grandes como ocelotes, jaguarundis, zorros y pizotes.

Camino a la reserva a nuestra expedición con kayak sobre el río Montaña inició el concierto de los monos aulladores, así que nuestro guía Verny nos llevó por la cuenca del Nosara y con ese ojo experto los encontró. Ahí estaba uno de ellos, quedito sobre la rama, esperando a que lo contempláramos hasta cansarnos.

Continuamos nuestra ruta original sobre el río Montaña hasta adentrarnos al manglar. Salimos de ahí con el atardecer. Justo a tiempo para refrescarnos en las piscinas con famoso “diseño infinito” y esperar la caída del sol. Un espectáculo simplemente único.

La oferta gastronómica la lleva el restaurante Chirriboca, una cocina que emplea los productos locales para ofrecer un poco de innovación costarricense en sus platos, eso sí , sin muchas complicaciones en montajes, con sabores definidos y limpios. El arroz Chirriboca y la hamburguesa de atún son geniales.

El segundo día lo dedicamos al descanso y al chineo.

Lagarta cuenta con el Spa Vista Manglares un sitio donde no queda más que entregarse para salir como nuevo. Dispone de habitaciones para masajes individuales y en pareja, además de aquellas con equipo especial para baños de vapor y otras técnicas.

Ese día nos chinearon. Entramos a la habitación, nos acostamos boca abajo, una música muy tranquila de fondo y el aroma de la lavanda y el jazmín empezó a inundar el espacio. Un toque suave por las extremidades y unas gotas de aceite que cayeron por la espalda fueron el punto de partida del Balancing.

Según nos explicó la terapeuta se trata de una técnica que se enfoca en la salud y en las necesidades que tiene el cuerpo en el momento del masaje. Consta de una combinación de masaje linfático que busca el drenaje de líquidos, shiatsu que se basa en la presión y ayuda abrir los canales de energía del cuerpo, y otras técnicas más con las que se libera la fascia y se relajan los músculos.

La carta de terapias y tratamientos es bastante amplia, tendrá donde escoger.

El resto de la mañana no quedaba más que disfrutar del sol, el agua y las vistas.

Definitivamente este ese de esos destinos que estamos seguros debe descubrir por usted mismo.