José Pablo Alfaro Rojas.6 noviembre

Recuerdo ver aquella playa mágica. Una palmera se recuesta sobre el mar, una pareja de canadienses se acaricia el cuello a la vez que aprecia el naranja intenso del cielo. Sentados sobre una piedra, con un oleaje tenue que los roza, comparten y disfrutan el atardecer caribeño. Está por terminar la tarde y recién cayó una garúa en Puerto Viejo. “Es que en Limón llueve con sol”, escucho decir. Sí, es cierto. Y sucede también que cuando hay una llovizna ligera antes de que se oculte el sol, el cielo se transforma en una pintura colorida imposible de olvidar.

Playa Chiquita

Foto: Cortesía de Go Playa
Foto: Cortesía de Go Playa

Estaba por terminar el día después de un tour de playas intenso. Tan intenso como el Caribe mismo. Llegué ahí, a ese lugar que el destino tenía preparado para mí. Recorrí un pequeño sendero adoquinado antes de conocer playa Chiquita, el último spot de mi tour. Chiquita es un sueño, quizás sería mejor decir que es un sueño corto. Como cuando se duerme a la hora del almuerzo y en ese pequeño lapsus se imagina caminando por el paraíso, descalzo y feliz. Es pequeña, la puede caminar en minutos, pero la esencia nace del mar cristalino y la arena color oro. Las palmeras abrazan toda la playa, y las piedras brillan en el fondo del mar provocando un efecto arco iris durante el día, cuando el sol se encarga de iluminarlas. Me tardé en llegar a Chiquita (y casi me la pierdo) porque antes me enamoré de playa Punta Uva y me negaba a irme de allí.

Punta Uva

Foto: Cortesía de Go Playa
Foto: Cortesía de Go Playa

Punta Uva es como la hermana tímida de Manzanillo. Pertenece al Refugio de Vida Silvestre, pero pocos se deciden a visitarla cuando planean su viaje al Caribe. El verde intenso que se aprecia en las montañas colindantes son el punto de inflexión para reconocerla. Rodeada de palmeras, Punta Uva seduce con su arena que mezcla el color blanco, con un ligero y particular tono crema. Unas pequeñas olas (en verano) refrescan la costa, pero la mayoría del tiempo el mar es tranquilo y permite hacer kayak o snorkeling. Es bueno decir que el verano limonense es entre setiembre y octubre. El tosco invierno que suele producirse en el Caribe, a veces dificulta apreciar su verdadera belleza. Puede que en estos meses le llueva, pero es menos probable y el entorno lo agradece. Son meses de calma, hasta para la misma naturaleza.

Manzanillo

Foto: Cortesía de Go Playa
Foto: Cortesía de Go Playa

¡Perdón! Sé que puede haber algunos ‘Manzanillo lovers’ que pensaron que me brincaría este destino, pero no. Es de visita obligatoria aunque haya ido una, dos o mil veces. Me encanta recorrer el sendero rodeado por árboles y consumirme en los pequeños spots que se abren en el camino. A veces pienso que Manzanillo no es una sola playa, sino muchas al mismo tiempo. Cada 100 metros aparece alguna entrada solitaria en la que se puede encontrar un espacio para tirar el paño y disfrutar del mar. El agua es todo menos turbia en el verano, cuando se puede disfrutar en tranquilidad de un paisaje verde y una playa sin olas. Dos consejos para su viaje: Si el invierno es muy fuerte se forman olas y se convierte en una playa para ‘surfos’. Y dos: la tortuga carey desova en Manzanillo, principalmente en julio. Se debe caminar alrededor de cinco kilómetros desde la entrada del Refugio hasta llegar a un spot conocido como ‘La Playita’. Es un paraje que se forma entre las piedras, virgen, desolado e increíble. Sí planea bien su viaje, podrá apreciar a una tortuga, en una playa absolutamente fabulosa (lleve las tenis).

Cahuita

Foto: Cortesía de Go Playa
Foto: Cortesía de Go Playa

Le voy a rogar que haga un gran esfuerzo, pero por favor no se quede sin visitar el Parque Nacional Cahuita. Sí, en caso de que se hospede en Puerto Viejo tendrá que subirse al auto y manejar algunos minutos, pero vale cada colón de gasolina. Se lo garantizo. Les digo esto porque cuando fui a Cahuita vi más ucranianos, españoles y canadienses que ticos. Hay un sendero mágico aquí. Mientras camina se dará cuenta de cómo se columpian los monos en los árboles y de los mapaches juguetones que salen a pasear. La caminata desintoxica. Es como ofrecerle a los pulmones una dosis de vida. Después de pagar la entrada al parque, podrá disfrutar de playa Puerto Vargas, un spot de arena blanca, rodeado de palmeras. Conforme camine por el sendero, se irá encontrando otras pequeñas playas, como Punta Vargas y Punta Cahuita, deliciosas para darse un chapuzón o simplemente apreciar el mar turquesa. Sí así lo prefiere, puede conocer Blanca de Cahuita. Solo debe dar la vuelta, pues la entrada para disfrutar este destino es diferente a la del parque nacional. La comunidad se encarga de cuidarla, de administrar los recursos naturales y ofrece tours de snorkeling en los arrecifes.

Puerto Viejo

Foto: Cortesía de Go Playa
Foto: Cortesía de Go Playa

La noche. Después del tour de playas, es un buen momento para disfrutar de la vida nocturna de Puerto Viejo, tan hermoso como distinto al resto de Costa Rica. Hay pizzerías, restaurantes de comida tradicional, hostales y hoteles a buen precio. No me quejo. No me podía ir sin saborear un rice and beans con pollo caribeño, aunque por poco me seduce el pescado entero que pidieron en la mesa de al lado. Yo me decanté por lo tradicional. Una pequeña soda frente al centro de Puerto Viejo. Ya se escuchaba la música en el bar de en frente y la calle estaba repleta de caminantes enamorados de las luces y el colorido entorno. Todavía era temprano, así que alguna gente apenas si entregaba la bicicleta que alquiló para recorrer todo el pueblo de playa. Y es que irse de Puerto Viejo sin recorrerlo en “bici”, es como devolverse sin saborear una buena agua e’ sapo. No falta quien sale a “pegarse la fiesta”. El paisaje se presta. Hay múltiples alternativas. Desde el típico bar extranjero con rock, pop y electrónica, hasta los que mezclan la cultura tradicional, los bailes típicos. Me fui a dormir exhausto, pero valió la pena. Me enamoré del Caribe.