Andrea González Mesén y Mónica Morales Moya.10 octubre, 2016

Los casos de abuso sexual son más de los que creemos y muchos más de los que se denuncian. Posiblemente usted tenga imágenes en su mente de "caricias" que no quería recibir cuando era niña o actos aún más graves. Sin embargo, el abuso es algo que usualmente se vive en silencio y en solitario.

Si nos atreviéramos a hablar, nos daríamos cuenta que no estamos solas. Probablemente la vecina, la compañera del trabajo, la prima, la mamá, la mejor amiga se hayan visto sometidas a actos en contra de su voluntad. ¿Por qué nos da tanta vergüenza hablar, por qué experimentamos el sentimiento de culpa y qué consecuencias vivimos las mujeres adultas que sufrimos de abuso en nuestra infancia?

Las sicólogas Cindy Aragón y Fernanda Sánchez, nos ayudaron a abordar el tema, identificar síntomas y presentar soluciones para sanar las heridas que causa un abuso sexual.

Según las especialistas, en una mujer adulta hay muchos síntomas que pueden ser causados por una abuso en la infancia. Podríamos pensar que 30, 40 o más años después, ese tema quedó en el pasado, sin embargo, que esté en el pasado no necesariamente implica que sea un caso resuelto.

Puede presentarse exceso de peso, anorexia, distorsión de la imagen corporal, trastornos de sueño, desconfianza, dificultad para establecer relaciones sociales, problemas para sostener un empleo, por mencionar algunos síntomas. Incluso, las víctimas se culpan por haber nacido con alguna belleza física y puede causarse daño con tal de lucir menos atractivas y dejar de sentirse un objeto de deseo.

"Académicamente, algunas mujeres no se preparan porque pierden total esperanza de la vida y no tienen propósito, e inconscientemente se empiezan a sentir como objetos (de placer, agresión o fracaso) en lugar de sentirse como personas que pueden llegar a producir", menciona Aragón.

Asimismo, hay una gran afectación en el ámbito sexual: disfunciones sexuales, trastornos en la identidad, problemas de anorgasmia femenina, vaginismo, miedo a las relaciones afectivas, etcétera. Esto ocurre porque se generaliza el sexo con el acto de abuso.

El primer síntoma para saber que hay un trauma sin solucionar es el miedo: miedo a la noche, a un gesto de otra persona, a un tipo de vestimenta, a un sonido en particular. Estos pueden ser disparadores inconscientes que remiten al momento cuando se sufrió el abuso.

Quizá una mujer considera normal su miedo a la oscuridad, pero cuando se trata de un miedo extremo y sin razón aparente, es mejor pedir la intervención de un profesional y eso implica empezar a hablar. Lastimosamente, hay gente que vive en silencio durante toda su vida.

¿Por qué callamos el abuso?

En muchas ocasiones, el abuso ocurre cuando una persona está en condición de vulnerabilidad: es tímida, es un niño, tiene alguna discapacidad o dificultad para expresarse.

Lo común es que si una mujer sufrió un abuso en su infancia lo oculte hasta tener la madurez de hablar. Las niñas callan porque son amenazadas por su abusador y creen lo que este les dice.

El agresor tiende a ejercer sometimiento y distorsionar la percepción de realidad de su víctima, haciéndole creer que lo que sucede es natural. "Una vez atendí un caso, donde el papá le decía a su hija que el pene era un gusanito y que no había nada de malo en que lo tocara", recuerda Sánchez.

Para empeorar la situación, es común que el victimario haya sido una persona muy cercana a la familia. "Suele ser una amigo muy cercano, un mismo familiar, un tío, un primo o hasta un hermano, como se ha visto recientemente en las noticias", señala Aragón. Por esa razón, la víctima siente que si denuncia se podría ver amenazada, además, se siente desleal y duda que le lleguen a creer. Todo esto nos hace callar por años.

Otro factor que marca el silencio es la vergüenza y la culpa. Cuando hay sometimiento sexual, la persona puede llegar a experimentar placer sexual y eso le genera mucha culpabilidad. Inconscientemente, las víctimas se sienten con temor de ser juzgadas por haber sentido placer.

"La persona se puede sentir muy culpable de haber sentido placer a través de una violación", sentencia la sicóloga Fernanda Sánchez.

Sin embargo, en estos casos se debe diferenciar entre el placer biológico y el mental. Los seres humanos somos seres sensoriales, inevitablemente hay estímulos que generan placer biológico pero esto no significa que una persona disfrute del abuso.

¿Qué es el abuso sexual?

Es el sometimiento de una persona como objeto sexual en contra de su voluntad causando daños sexuales y físicos.

El abuso puede ser ser de varios tipos:

1. Penetración de órganos genitales en contra de su voluntad.

2. Someter a un menor a ver desnudo a un adulto en contra de su voluntad o ver imágenes con contenido sexual que no pueda procesar.

3. Obligar a una persona a tocar los genitales de otra.

Ante estas situaciones, hablar lo es todo. Idealmente, el abuso se debe denunciar en el momento y para la víctima es más fácil reponerse si se trabaja desde la infancia, cuando ocurrió el hecho, pero nunca es tarde. Una persona se puede reponer y superar traumas aunque haya cargado con un silencio de décadas.

"El dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe, todo lo que se habla se sana", comenta Sánchez. Las especialistas coinciden en que no hay forma de sanar si no se externan los sentimientos que nos atormentan. De lo contrario, la idea no sale, queda adentro y sigue dando vueltas de un lado a otro hasta que se empieza a convertir en un trastorno más grande.

Todo lo que se reprime sale por algún lado, muchas veces el cuerpo lo somatiza y se expresa a través de trastornos físicos como problemas gástricos, migrañas o disfunciones sexuales. Las consecuencias pueden aparecer 20, 30 o más años después del abuso.

"Lo que ocurre con una situación traumática es que el cuerpo no logra procesar inmediatamente, entonces se aloja en una partecita de nuestra mente donde nosotros no tenemos acceso y lo que se empiezan a ver son las defensas, es decir, ese montón de mecanismos que se generan para protegerse de la angustia que genera el evento traumático", explica Sánchez.

¿Es obligatorio perdonar?

Debemos empezar por entender qué es el perdón: perdonar no es justificar, perdonar es dejar ir, es decir, que ya no sea un evento en mi vida.

No hace falta llegar a abrazar al agresor, ni mucho menos. De hecho, se recomienda que la víctima se mantenga alejada de la persona que le causó daño para evitar estar teniendo recuerdos incómodos. Sin embargo, el perdón es algo que sale desde dentro y que produce calma interior. Perdonar no significa tener cerca al victimario.

En caso de que el abusador sea un miembro de la familia, la persona adulta tiene el derecho a elegir si puede o no estar cerca de su victimario. "La familia tiende a tratar de que todos se mantengan dentro del círculo pero en terapia nunca se recomienda que la persona esté cerca, aunque haya pasado el evento y sea una situación resuelta", explica Aragón.

Si la víctima no está preparada para perdonar a su agresor, ninguna terapia, ningún especialista, nada ni nadie puede inducir a que perdone.

Para las sicólogas, el proceso en terapia depende de cada caso y cada persona. "Si la víctima siente la necesidad de acercarse a la persona para cerrar esa etapa, se hace, pero nunca se sugiere que perdone o no", explica Sánchez.

La dirección de la cura siempre va orientada a disminuir los sentimientos de culpa y el temor, otorgándole en primera instancia una evolución natural del proceso, no inducir a ningún punto que no esté listo para hacerlo.

En terapia se aborda fe (independientemente de las creencias religiosas), esperanza, propósitos de vida y perdón. "Las personas que finalmente logran perdonar se sienten realmente libres de vergüenza, culpas y pensamientos negativos. Estas personas son capaces de sostener nuevas relaciones, tener una familia, trabajar y llevar una vida funcional", manifiesta Aragón.

Retomar la sexualidad

Cuando una mujer ha sido víctima de una abuso sexual, queda un trauma en su sexualidad, algunas personas le temen al sexo, a otras les da asco o lo ven como un pecado. Al crecer, esa persona tiene que trabajar sus miedos y trastornos para poder establecer una relación de pareja sana y disfrutar de la sexualidad sin culpas.

"La recomendación básica es buscar ayuda profesional y el camino es trabajar la culpa e irse despojando de los mecanismos de defensa que le impiden recibir cariño o tener relaciones sexuales", expresa Sánchez.

Primero, se trabaja individualmente con la víctima, para que ella se sienta bien consigo misma, con su cuerpo, con el placer y la sexualidad. Si la persona entabla una relación, se involucra a la pareja para que sepa cuál es su función y cómo puede ayudar.

Cuando se establece una nueva relación romántica, se recomienda hablar del trauma desde un principio, a los dos o tres meses, cuando ya la mujer sienta que puede abrir su corazón. "Hay que valorar si es una relación seria y que sea una persona en la que se puede confiar, que ha demostrado que tiene la capacidad para digerir la información y que va a guardar confidencialidad", recomienda Aragón.

¿Cómo superar el trauma?



El primer caso es buscar ayuda. Puede recurrir a las líneas anónimas de tienen las organizaciones que trabajan este problema, buscar a una persona de confianza o un profesional en consulta privada.



Trabajar la autoestima. Una persona que ha sufrido abuso debe empezar a reconocer que su vida vale y tiene un propósito, que puede ayudar a otras personas que han pasado por situaciones similares.



Hablar es la cura. Si no se habla, lo que se genera es una bomba atómica, el dolor se va acumulando hasta que reaccionamos en agresión o auto castigo. Incluso se puede llegar a consumir drogas o alcohol para auto destruirse.

Madres sobreprotectoras

Si una mujer no ha trabajado su trauma y se convierte en madre, puede llegar a sobreproteger a sus hijos. "Hay mujeres que no les permiten a sus hijos salir y cuando los dejan salir, los pasan llamando constantemente, de manera que ni los niños, ni su madre, ni la familia completa llega a tener una vida tranquila", dice Aragón.

Al vivir en encierros, los niños se van desconectando con la sociedad y se producen una serie de trastornos adicionales en la salud mental de todos los miembros de la familia.

Cuando esos niños se hacen adultos y se tienen que enfrentar a la vida, el mundo se los come porque no han generado mecanismos de defensa y no saben cómo lidiar con los peligros. Eso puede generar inseguridad y baja autoestima.

Por eso es fundamental, que las mujeres que fueron víctimas de abuso trabajen de la mano de un experto en su sanación para evitar que se reproduzcan los temores generación tras generación.

Fuentes: Cindy Aragón, sicóloga (tel.: 8393-5111); Fernanda Sánchez, sicóloga (tel.: 2271-5200); Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) y Organismo de Investigación Judicial (OIJ).